La pasión turca

La Razón
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El presidente del Parlamento turco ha propuesto eliminar el laicismo de la Constitución; «somos un país musulmán y debemos tener una Constitución religiosa». El AKP en el Gobierno es islamista pero precisará de más apoyos para esta reforma revolucionaria que hará temblar los huesos de Mustafá Kemal Ataturk, verdugo del califato y el sultanato y padre de la República. Los turcos son básicamente ochenta millones de musulmanes sunnis y reciben un generoso tratamiento de país bicontinental, a caballo entre Europa y Asia Menor, como si España también lo fuera por sus plazas africanas. Más de un miembro de la OTAN mantiene una asociación con la Unión Europea y una unión aduanera, aunque su larga pretensión de integrarse en el Club se eterniza por los vetos ocultos de muchos socios, principalmente Francia. En Berlín existe un canal local de televisión en turco, y habría que estudiar seriamente el impacto de millones de turcos acudiendo libremente a los mercados de trabajo del Continente. El pío, dudoso y nebuloso presidente Erdogan ya ha pedido visados europeos a cambio de recoger el éxodo sirio y de otros refugiados itinerantes desde Afganistán a Sudan. Churchill definió Turquía como «el hombre enfermo de Europa», y la gigantesca obra de Ataturk salvó a la nación otomana de un final aciago. A partir de 1923, en un Imperio derrotado y desmembrado, Ataturk destituyó al Sultán, proclamó la República, separó lo público de los asuntos religiosos, sustituyó las madrassas por escuelas laicas, prohibió el fez a los hombres y el velo a las mujeres, la sahira o ley musulmana la sustituyó por el Código Civil suizo, el Código Penal italiano y el Código de Comercio alemán. Sin detenerse a respirar cambió el alfabeto árabe por el latino, adoptó el calendario gregoriano, legalizó el alcohol, prohibió la poligamia y estableció el voto femenino. Fue una revolución increíble llevada a cabo por el Ejército y sustentada por el prestigio de Kemal al frente de una división en Gallípoli contra el insensato desembarco aliado propiciado, precisamente, por Churchill. Ataturk se propuso occidentalizar Turquía, achacando su «enfermedad» al fundamentalísmo musulmán. Un adelantado. Hoy Erdogan derriba aviones rusos o compra petróleo al Califato que dice combatir, y bombardea a las milicias kurdas que si le combaten. Cuando su mujer aparece junto a él cubriéndose la cabeza surgen las sospechas de que a Turquía le ha vuelto a subir la fiebre. Desde que por dos veces cercaran Viena (salvada por la caballería polaca) la pasión turca vuelve a ser el amor-odio de Europa.