La preguntita

El referéndum catalán será el 9 de noviembre. Se aprovecha el 25 aniversario de la caída del Muro para levantar otra frontera. «La Vanguardia» destacaba la fecha con conciencia de epopeya. La separación entre Cataluña y el resto de España se evidencia también en climas emocionales opuestos. Allí están entusiasmados, aquí el personal pasa a tope, que dirían mis hijos. A muchos españoles la independencia de Cataluña se la «refanfinfla». El lector de LA RAZÓN es en esto diferente, pero seguro que percibe a su alrededor gente a la que la preguntita secesionista ha dejado completamente fría. Saben, desde luego, que el referéndum es ilegal y que, si lo convocan, se suspenderá la autonomía, pero una vez oído lo que ha dicho el presidente, vuelven a conversar de Eurovegas o de fútbol, sobre todo de fútbol. Las preocupaciones de la mayoría son llegar a fin de mes, encontrar trabajo, sacar adelante a los hijos. Está cada vez más extendido un cierto cansancio con respecto a la «causa nacional catalana». Hemos soportado tantos muertos de ETA, estamos tan agobiados por el paro y la corrupción que nos deja fríos un congreso para reivindicar patrias agraviadas o una fila humana para trazar gloriosas naciones. Pasamos. En Cataluña, por el contrario, se vive una atmósfera épica. En palabras de mi nacionalista amigo Josep Miró, «aquí hemos visto el final del túnel y tenemos esperanza y alegría». La pericia de los gobernantes actuales de Cataluña ha consistido en convencer de que los problemas de la crisis se solucionarán con la independencia. Yo sé que muy pocos catalanistas van a leer este artículo, pero recomendaría recelar de la «alegría y esperanza» fundadas en proyectos políticos. No quiero ser aguafiestas, pero en esta vida no existen paraísos terrenales. Ya no voy a entrar en consideraciones sobre la permanencia o no en la Unión Europea o la corrupción de cierta clase política catalana. Simplemente recuerdo que en todas las primaveras nacionalistas hay siempre alegría y esperanza. Yo lo he visto en la Serbia de Vojislav Seselj y en el Kosovo de la UCK. Unos y otros se creían perseguidos y agraviados, reclamaban largas raíces históricas, buscaban la ampliación territorial con las zonas linguísticas y étnicas afines. Menuda liaron. Escribo con cierta tristeza porque sé que es inútil intentar atemperar a un converso al nacionalismo. Ha encontrado una causa y una razón para vivir. Un horizonte. Los cristianos lo llamamos idolatría. El lenguaje de los conversos es exaltado. Jaume Sobrequés, responsable del congreso «España contra Cataluña» me dijo ayer que «necesito la independencia de Cataluña para poder amar a España libremente».