Linchar a Urdangarín

Si el yerno del Rey resultara condenado por la Justicia, caiga sobre él todo el peso de la Ley. Pero mientras tanto, hasta que el tribunal no sentencie en firme, es inaceptable que se linche a Iñaki Urdangarín con un furor selvático, que se le condene socialmente como a un apestado y que algunos medios de comunicación se ensañen con él sin tasa ni escrúpulos deontológicos. Desde que estallara el escándalo, hace casi tres años, al duque de Palma se le ha negado el derecho a la presunción de inocencia. Y no porque su conducta haya sido particularmente vil o repugnante, en un país donde hay 400 políticos imputados por corrupción y sólo cuatro están en la cárcel, no; a Urdangarín, en otro tiempo un admirado triunfador, se le ha impuesto una pena accesoria por ser yerno de Don Juan Carlos. Así que si hemos de recordar y de exigir que la Justicia es igual para todos, también lo debe ser para una persona que vistió la camiseta española y le dio días de gloria a la Selección nacional de balonmano. Resulta pasmosa y escalofriante la inquina que se ha propagado por todos los sectores sociales contra él. Según alguna encuesta, hasta el 96% de los españoles lo condena sin paliativos. Tanta unanimidad es sospechosa y propia de las turbas, no de una opinión pública abierta y ecuánime. Ni siquiera los etarras han concitado tanta aversión. Algo grave le pasa a una sociedad que sólo logra el consenso a la hora de odiar a alguien que ni siquiera ha sido juzgado. Tal vez sea el temor a que el yerno real sea declarado inocente y a quedarse sin el chivo expiatorio sobre el que descargar las frustraciones económicas, las iras colectivas o las angustias ante un Estado del Bienestar que se desmorona. Al menos a los herejes, la Inquisición procuraba salvarles el alma. A Urdangarín, ni eso.