Los amigos

La Razón
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Y de pronto te avisan y te dan un premio. Te dan un premio tus compañeros de tu gremio y de tu ciudad. De pronto te avisan y te han dado un premio por tu trayectoria profesional y te preguntas si es que estás de capa caída, si eres una vieja gloria, o si estás ya como Gloria Swanson en «El Crepúsculo de los Dioses» bajando por la escalera.

Por todo ello y de todo ello te preguntas y llegas a la conclusión de que, efectivamente, estás hecha una viejuna y te planteas si no sería mejor dejarlo todo. Pero no. Te dan un premio los compañeros de la Asociación de la Prensa de Albacete, que es mi ciudad, mi feudo, mi casa eterna, mi cuevica, mi armario, mi refugio, y te das cuenta de que lo importante es lo tuyo, lo de tu ciudad, tu feudo, tu casa eterna, tu batí cueva, tu armario, tu refugio. Así que cuando ya no crees que puedas agradecer más, cuando ya no te puede superar más la ilusión, resulta que vienen tus amigos a acompañarte. Y los amigos se quedan al fondo, son muchos, vienen con su hijos y sus hijos te quieren, se te abrazan, te das cuenta de que de alguno eres madrina. Y son muchos y te aplauden y dan vivas, se pasan en la efusividad, te abochornas y después caes en la cuenta de que nada en el mundo puede superar ese momento de felicidad. Nada.

Nada ver a tanta gente querida, nada, nada es más bonito y al mismo tiempo más desalentador. Porque los que están, son los que son, pero los que no están, no están. Los que te fallan, lo que se ausentan, los que se dedican a decirte que sí, y es que seriamente no te podían mantener la mirada. Así que alegremos nuestra vida a base de presencias y de presentes, de seres humanos que se posicionan, que se comprometen, que cambian sus vidas y sus agendas por estar, por quererte, por acompañarte, por darte un abrazo eterno, por decirte que eres lo que no eres. Si no fuera por los amigos la vida sería la nada. Así que solo escribo esto para darles las gracias a los que son y se consideran mis amigos, porque de ellos es el reino de mi felicidad.