Los pueblos

La Razón
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Hay en España más de 3.000 pueblos deshabitados. Media España está en venta. Cada pueblo, asentado en la ladera o recostado en el abrigo del valle, es una obra de arte, un microcosmos del universo. Es mejor contemplar el caserío desde la distancia. Así se diluyen los estropicios de las naves, garajes y silos, con horribles tejados de uralita, levantados sin orden ni concierto, impunemente, en los últimos cincuenta años, que agreden el paisaje rural de Castilla y de otros territorios cercanos. Casi tanto como los gigantescos molinos metálicos, que se han apoderado de lomas y de cerros, agrediendo y desdibujando el paisaje. Si viajas en tren de alta velocidad o circulas por autovía, tendrás que perder la esperanza de esa contemplación.

No hay tiempo ni lugar. El viaje es un paso fugaz, sin contenido. El pueblo se reduce a un nombre en una señal de tráfico que te desvía de la carretera. Después de pasar cien veces por el mismo lugar, nunca sabrás si el pueblo que figura en la señal, a veces con nombre sugerente, sonoro o curioso, queda a la derecha o a la izquierda, si está en lo alto de un cabezo o en una hondonada, si se asienta en un alcor o cuenta con un riachuelo apacible con álamos en la orilla. Y te dará lo mismo. Sólo importa llegar.

Aquí me refiero al viajero sin prisa, con ganas de disfrutar del camino. A ése le recomiendo que observe desde una cierta distancia cualquier pueblo que descubra en lontananza. Notará que sus casas apretadadas unas con otras, sin orden geométrico preciso, los tejados rojos, la cal de las fachadas alternando con la parda mampostería, la torre de la iglesia, como aglutinante y vigía, el verdor que rodea el caserío, la lanzada de árboles, los caminos, que no parecen otra cosa que prolongación de las calles, todo ello compone un conjunto armonioso y admirable. Todos los pueblos son distintos y todos tienen atractivo para el observador que es capaz de percibir la gracia del conjunto.

Esto es más interesante en un tiempo en que cada vez hay más pueblos vacíos que se venden a precio de saldo. La irrepetible identidad de un pueblo –su historia centenaria, sus costumbres, leyendas y tradiciones, su paisaje y hasta sus ruinas– no debería dejar indiferente a nadie. Y la muerte de los pueblos nos interpela a todos.