Monarquía sin monárquicos

El nuestro es, sin duda, un país curioso. A ningún francés se le ocurriría decir que Francia debe ser una República sin republicanos o que el Reino Unido debe ser un Reino sin Monarquía. Sin embargo, es lo que se dice aquí, en España, y no por una persona irrelevante, sino por uno de los personajes más poderosos e influyentes de la sociedad española, como es Juan Luis Cebrián. En un artículo publicado el domingo en «El País» Cebrián sostiene que la Monarquía española debe seguir dejando de lado a los monárquicos porque éstos constituyen el principal peligro para la Monarquía.

Si esto significara –bromas aparte– que la Monarquía ha de mantenerse al margen de cualquier partidismo, alejada de cualquier posición política que no sea la que requiere la vigencia de la Constitución y la continuidad de la nación, no habría ningún problema. Todos estamos de acuerdo en esta reflexión. Sin embargo, para decir eso no hace falta adoptar el tono hiriente, y un poco amenazante, del artículo de Cebrián. En realidad, lo que esto sugiere es que tal vez Cebrián no esté reivindicando la neutralidad de la Corona –objetivo común a todos, conviene repetirlo– sino más bien su alejamiento de ese lado del espectro político que representan los monárquicos, que él mismo identifica, en un reflejo característico, con la derecha.

Más allá de esto, la afirmación refleja una buena parte de lo ocurrido en estos últimos casi cuarenta años con respecto a la institución de la Corona. (La observación es extensible a otras instituciones básicas). Y es que, efectivamente, no se ha prestado un mínimo cuidado no ya al fomento del espíritu monárquico ni del monarquismo entre los españoles, algo probablemente imposible en sociedades como las nuestras, sino a enseñarles lo que la Monarquía ha significado en el nacimiento de la nación española, cómo la Corona ha promovido su continuidad y cómo, desde antes de mediados del siglo XIX, ha venido siendo garantía de la libertad de todos. En realidad, se les suele enseñar lo contrario.

El resultado de este proceder está a la vista: Monarquía sin monárquicos, efectivamente; permanente puesta en cuestión de las bases mismas de nuestra convivencia y una nación en perpetuo proceso de (de)construcción. Las afirmaciones de Cebrián tienen explicación histórica y responden a los problemas propios de una generación. El nuevo reinado podría servir para empezar a despejar ese espíritu tan difícil de entender y volver al significado primero, sencillo y claro de las cosas. Entre ellas, España, la Corona y la democracia.