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Navarro Valls

Será difícil olvidarle. Sobre todo a los que le tratamos durante muchos años. La primera vez que nos encontramos fue en agosto de 1978. Acababa de morir el beato Pablo VI. Joaquín era ya corresponsal de «ABC» y el «Ya» me envió a Roma para cubrir la muerte del Pontífice y la elección de su sucesor. Volvimos a vernos cuando falleció Juan Pablo I y fue elegido Sucesor de Pedro el polaco Karol Wojtyla. Pero nuestra relación se hizo más intensa cuando llegué a Roma en 1985 como corresponsal del desaparecido periódico de la Editorial Católica y él había sido nombrado director de la Sala de Prensa de la Santa Sede. En esas dos décadas hicimos juntos muchos de los viajes papales y vivimos codo a codo todos los episodios trepidantes del Pontificado hasta la dolorosa agonía y muerte de San Juan Pablo II. Joaquín le dio un vuelco total al cargo que se le había encomendado. No fue tarea fácil porque tuvo que hacer frente a las resistencias de un aparato curial acostumbrado a ignorar a los medios de comunicación y a atrincherarse en el silencio. Contaba, eso sí, con la confianza del Papa y de su fiel secretario personal Stalislaw Dziwisz. La primera batalla que ganó fue emanciparse del Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales y tener hilo directo con la Secretaría de Estado y con lo que entonces se llamaba «el apartamento», es decir, el Santo Padre y su círculo más íntimo.

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En esos años de lucha su «oficina» (como solía llamarla) se convirtió en una institución dinámica, abierta y habilísima en el tratamiento de la información. Conocía muy bien a los periodistas puesto que había sido elegido presidente de la Asociación de la Prensa Extranjera (cargo en el que le sucedí años más tarde) y se manejaba muy bien en ese ambiente. Personalmente aparecía siempre muy templado, seguro de sí mismo, elegante en sus comportamientos y con las dosis necesarias de ironía y buen humor. En sus años de juventud fue muy aficionado a la tauromaquia y llegó a participar en algunas tientas. Quizás de ahí le venía su arrojo y su respeto ante el adversario que ya no eran las vaquillas, sino el Mihura de la información a nivel planetario porque logró que las noticias del Vaticano diesen la vuelta al mundo.