Obama ante la historia

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Faltan semanas para que Obama desaloje la Casa Blanca. Buen momento para el balance. Algunos le reprochan que cambiara el discurso de 2008, soñador, abrasivo, épico, por el higiénico realismo con el que ha gobernado. Todavía no entienden que en el origen de casi todos los males late un reloj quimérico. Las utopías, cuando trascienden el ámbito poético o religioso para hacerse BOE, vomitan sangre. Obama fue todo lo contrario de lo que esperaba el sector adolescente del partido demócrata. Un mediador. Un hombre cabal. La antítesis, para entendernos, del «showman» antipolítico tan celebrado en las mejores discotecas del pensamiento doctrinario. Sí, sabía hablar, pero su sensatez lo inhabilitaba para abrazar ese histerismo utópico, entre demente y falaz, que anima las jaleadas sobreactuaciones de un Bernie Sanders. Como la historia tiene días de caminar borracha, le sucederá un mastuerzo adicto a las teorías conspirativas, un analfabeto funcional, un hortera. Obama heredó una economía deshecha por la crisis de las hipotecas subprime y un déficit desbocado. Dona al pirómano de Trump unos números majestuosos. Como escribe Jonathan Rauch en la revista «Atlantic», pensamos en los legados presidenciales en términos grandilocuentes, pero su principal victoria consiste en evitar traspasarle crisis irresueltas a su heredero. Como ejemplos de tipos que abandonaron la presidencia con el país dislocado cita a Lyndon B. Johnson (Vietnam), Richard Nixon (Watergate), Jimmy Carter (inflación desbocada) y George W. Bush (desastre económico). En cambio «Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy, Ronald Reagan, George H. W. Bush y Bill Clinton dejaron una mesa relativamente limpia y mantienen una buena reputación a pesar de sus defectos». La economía vive días excelsos, por más que los loritos repitan consignas funestas. La reforma sanitaria, con todas sus trabas, ha permitido que millones de personas gocen de atención médica. El país es más seguro que nunca, aunque el fantasma del terrorismo siga colgado de las vigas del subconsciente como un vampiro. Bajo su mandato, EE UU aceptó el papel que le corresponde por historia y poderío en la lucha contra el cambio climático. No abandonó a sus aliados en el endemoniado tablero de Putin y cía. Mantuvo su pulso contra el yihadismo sin embarcarse en otra guerra ni devastar la legalidad nacional e internacional. Alcanzó un acuerdo con Irán, «y aunque la acusación de que el pacto no bloquea de forma permanente las ambiciones nucleares iraníes podría demostrarse correcta, equivoca por completo la cuestión decisiva: para un presidente transformar una crisis en un problema es un gran logro». Dicho de otra forma, Obama le ha comprado tiempo a Trump. Las llamadas telefónicas, la negativa a que sus hijos abandonen el control de un emporio económico con intereses que no siempre coincidirán con los del país, las acusaciones de fraude electoral sin base empírica y el uso atolondrado del Twitter indican que, en efecto, la situación es tan buena que el nuevo presidente puede dedicarse a sus frivolidades con relativa pachorra. A ver si al final hubiera sido preferible que no se lo pusiera tan fácil.