Obsesión por ganarse a los enemigos

La Razón
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Dos pelean si uno quiere. A no ser, claro, que el agredido se pliegue. Obama llegó al poder creyendo firmemente en la mucho más habitual formulación inversa de ese dicho, lo que llenó muchos corazones europeos de esperanzado entusiasmo y le valió, a los pocos meses, un premio Nobel noruego sin precedentes: premiaba intenciones, no hechos. Esa creencia requiere no parar mientes en sus condicionamientos, que, entre otras cosas, implican que una gran potencia, no digamos hiperpotencia, se comporte como si no lo fuera. Todo su primer mandato se lo pasó pidiendo disculpas por serlo y prometiendo comportarse como si no lo fuera. Sería muy bueno, pero va contra su naturaleza, que «los imperios del mal» participasen de esa idea. Pero será un desastre que quien nos ganó dos guerras mundiales, la tercera o fría, y está en primera línea contra el terrorismo, abdique de su papel de garante de un mínimo de orden mundial y contenedor de aspirantes a un sistema de equilibrio entre autoritarios corruptos, o peores, y demócratas liberales, con las correspondientes hegemonías de los primeros en sus respectivas áreas.

El deseo compulsivo de Obama, convertido en doctrina, es ganarse a los enemigos de su país, suponiendo siempre que éste es el principal responsable de esa enemistad y que el acercamiento depende en todo momento de la mano incansablemente tendida de Washington, el cual, mientras aquélla no se produce, debe sufrir estoicamente todos los desplantes y considerar las agresiones verbales como una maniobra de distracción dirigida a aplacar a los radicales del bando hostil y entretenerlos mientras se negocia el que pretende ser definitivo entendimiento. Compulsión y doctrina que hemos visto llegar a su paroxismo estos días con la firma de ese documento provisional sobre el programa nuclear iraní, que limitaría durante diez años las actividades en ese sentido, a cambio de retirar las sanciones que han llevado a la negociación en la que el régimen islámico se ha salido con la suya, con escasas y sobre todo efímeras restricciones por su parte que, además, según revela todo su historial, violarán todo lo que puedan, y podrán bastante. Y diez años no son nada.

El programa nuclear iraní comenzó hace 30 años y el tira y afloja con el oeste hace doce. Nada hay de normal ni en la limitación nuclear ni en su plazo de vencimiento. En la defensa del acuerdo y de la estrategia negociadora, Obama se ha quedado con una pequeña guardia pretoriana de analistas incondicionales y de, naturalmente, funcionarios, pero la mayor parte de los estudiosos de cuestiones internacionales de su propio partido han puesto el grito en el cielo.

Otro ejemplo de la misma política se ha puesto de manifiesto en esta Cumbre de las Américas. La Casa Blanca ha acelerado su proceso de reconciliación con el régimen castrista con vistas a la reunión de Panamá. En su defensa se puede decir que respondía a una demanda, de intensidad variable, de toda la parte latina, pero una vez más es Estados Unidos quien lo da todo y el achacoso y multifracasado régimen de los Castro recibe un balón de oxígeno e inmerecidas garantías de inmunidad, pero hay datos fiables de que una gran mayoría de cubanos lo ansían y esperan milagros de libertad y prosperidad de la nueva relación.

Junto al apretón de manos entre el dictador de La Habana y el presidente de la primera democracia del mundo, el morbo de la reunión lo proporciona el ínclito Maduro, para el que el buenismo de Obama con los «malos» de toda laya no ha sido suficiente. Su necesidad de exhibir un enemigo taimado e implacable para justificar el abismal hundimiento del país le ha puesto las cosas imposibles al inquilino de la Casa Blanca. El principal sostén de Caracas es La Habana, pero a los Castro no se les exigirá el precio de retirarle su apoyo.

Queda por tratar la otra parte de la «doctrina Obama», que consiste en asumir la culpabilidad de la aversión de los regímenes más impresentables o más fracasados de la tierra a todo lo que EE UU representa. Consiste en una renuncia tácita pero muy efectiva desde el punto de vista práctico, al uso de la fuerza frente a amenazas que se están fraguando, por obvias que sean. En realidad, lo primero tiene mucho de corolario de lo segundo. Esta oposición de facto a todo lo que pueda significar guerra no es privativa del actual presidente, sino que es patrimonio de todo el Partido Demócrata. Procede de Vietnam, en cuyo fracaso los demócratas colaboraron activamente y se ha ratificado con Irak, guerra que el partido proclamó perdida y cuya semivictoria, a pesar de todos los pesares, Obama se encargó de dilapidar. En Afganistán, tres cuartos de lo mismo. Era la guerra buena, para no ser acusados de derrotistas sistemáticos. Ahora hay que retrasar la retirada para evitar una dilapidación todavía mayor. En la muy reciente entrevista en «The New York times» que reproducimos en las páginas anteriores, Obama dice que su doctrina es «ofrecemos nuestra amistad, pero conservamos todas nuestras capacidades». Se refiere a las militares. Pero las recorta sustancialmente y además no está dispuesto a emplearlas. Sólo bombardeos aéreos, preferiblemente drones.