Oír hablar de algo

No será la última vez que en estas fechas navideñas venga a la mente la insistencia con que Nadejda Mandelstam, la viuda del poeta Ossip Mandelstam, en su libro, «Contra toda esperanza» se refiere al puro recuerdo de la Navidad, que, en el mundo en el que ella vivía estaba proscrita, pero que, para ella era algo decisivamente entitativo en la construcción de una personalidad humana, y, por lo tanto, de una gran importancia cultural. Y, como es lógico, su reflexión nada tiene que ver con los estereotipos convencionales y comerciales, transidos de empalagosa bonachonería, que, ahora, parece que se querrían prolongar en estos otros tiempos nuestros, en los que las Navidades pierden hasta su nombre y son llamadas «fiestas del solsticio de invierno» o simplemente «fiestas», a secas, sin significado o «porque sí»; esto es una celebración pasteurizada.

Lo que hace Nadejda Mandelstam es contar unas historias de su tiempo y, al hilo de ellas, recordar lo que constituía un ser humano antes de la Revolución y su nueva conformación por ésta, que es algo que también un escritor húngaro, como Sandor Marai hará igualmente en sus Memorias, por no citar más testimonios o planteamientos de la cuestión en otros escritores.

Habla Nadejda Mandelstam, por ejemplo, de una mujer que se suicida, después de treinta años de remordimiento, porque, con ocho años, cuando detuvieron a su padre, se había negado a decirle adiós. Y cuenta que otra mujer que, con once años, al ver a su padre lleno de inquietud porque habían detenido a un compañero de trabajo, le dijo: «Si te detienen, no creeré que es por error». Ambas –dice Nadejda Maldenstam– actuaban bajo presión social y de la educación recibida que «estigmatizaba a las víctimas y glorificaba a los poderosos». Una educación que luego se reciclaba, cada cierto tiempo, en los llamados «seminarios de filosofía» o enseñanza del materialismo dialectico pasado por la práctica política, y una teoría abreviada de la evolución humana o acerca de que «una alimentación sabrosa y abundante, rica en vitaminas y proteínas, había jugado un cierto papel en la humanización del mono». Y Nadejda. Mandelstam comenta: «La experiencia de una época nihilista es particularmente importante, y hay que tener conciencia de ella, porque el nihilismo conduce a la destrucción de la vida. Se ha manifestado en cada destino individual y en la vida de los pueblos y de la humanidad entera».

Y, desde luego, en el lenguaje, y en especial el lenguaje literario y poético: «Pienso que la pérdida de la intuición lingüística está estrechamente ligada a la laicización y al principio de la semi-instrucción: Mandelstam volvía constantemente sobre esto, tanto en sus conversaciones como en sus artículos. (La semi-instrucción es la peor forma de la ignorancia, y hemos recogido los frutos durante numerosos decenios)». Y cuenta, luego, cómo se hacía la selección de los verdugos entre los más jóvenes y cómo se les compraba con cualquier negociejo, cómo las «facilidades» femeninas se convirtieron en signo de actualidad y de «ir con los tiempos», y cómo se formaba también la tribu de los denunciadores y gritadores en la calle. «Todos querían ser contemporáneos de los hombres de hoy, y temían mortalmente quedarse atrás. Todo el problema era el de los candidatos a agentes de todas aquellas barbaries que estaban detrás del Humanismo».

Y, refiriéndose al poema de su marido «Las hojas secas de octubre», dice que ese poema habla de que «los hombres en proa al ''odio asexuado'' no conocen Belén y no han visto el pesebre...los que han oído hablar en su infancia de la lucha contra la pena de muerte y conocen el establo y la Buena Nueva han experimentado un gran horror hacia el baño de sangre del siglo XX, han tenido tiempo de asimilar la idea de que destruir a sus semejantes es inadmisible... Los hombres de los que se han servido para cometer asesinatos masivos no habían oído hablar de nada». ¿Cómo nosotros? Pues esto es más importante que el Informe PISA.