Pídele cuentas al Rey

Días después del 23-F y para evaluar daños cenábamos el general Sabino Fernández Campo, a la sazón secretario de la Casa Real, el teniente general Manglano, responsable de los servicios secretos, el poderoso editor Jesús de Polanco, el director Juan Luis Cebrián, y yo, no sé si en calidad de testigo. Sabino, cuya lealtad al Monarca era proverbial, hizo una crítica generalizada a los medios de comunicación por nuestros incansables ditirambos hacia don Juan Carlos. «Es malo para la sociedad –decía–, que puede creer que el Rey es una especie de "Supermán"para encauzar las catástrofes. Y es perjudicial para él si le convencéis de que es providencial». Viniendo de otro el comentario hubiera suscitado reservas, pero proviniendo de Sabino lo único que emergía era el sentido común del estudioso de Maquiavelo.

En este interregno entre la abdicación y la coronación asistimos a las más cursis y cortesanas zalemas hacia el Rey en ciernes y su esposa. Es el mar de fondo del analfabetismo constitucional, texto que ni siquiera ha leído pausadamente una vez la mayoría de los españoles, lo que permite a los líderes de la indigencia cultural calificar la Constitución de «el papelucho del 78». El malévolo líder socialista Indalecio Prieto decía de don Salvador de Madariaga que era tonto en cinco idiomas, y aquí tenemos ayatolás catódicos, lerdos «cum laude» por varias universidades. Don Juan Carlos se lleva en la mochila, entre muchas otras cosas nobles que no se saben, la restauración de las libertades y su encendida defensa. Quien será Felipe VI carece de poderes ejecutivos y no tiene otra palana que la de la mediación, el derecho consuetudinario a ser informado y expresar su criterio. No está en manos de Isabel II resolver lo de Escocia, los problemas étnicos y culturales de emigración o el euroescepticismo rampante por la derecha de los conservadores. Quienes pueden rescatar España de su postración están en Moncloa, ministerios y Cortes Generales, no en La Zarzuela.