¿Qué necesidad tenía Esperanza?

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Esperanza Aguirre se enfrenta al reto más difícil de su larga y variada vida política. A estas alturas tiene tantos seguidores entusiastas como detractores irreductibles. Es una mujer que suscita, en cuanto abre la boca o incluso cuando está callada, división de opiniones, como ocurre en la plaza de toros, donde cuando se aplaude al toro en el arrastre es para pitar al torero y al revés, algo que va en la condición de español. Esto quiere decir que con ella de nuevo en el ruedo, tras su retirada después del percance de su enfermedad, se anima el cotarro y en los tendidos se mezclan los pitos con los pañuelos blancos. Ella conoce bien el terreno que pisa, se sabe de memoria los entresijos de la política madrileña y las emboscadas de la política. Se maneja bien en los callejones. Ha visto muchas veces brillar las navajas a la luz de las farolas. Ha perdido el miedo. Contra viento y marea ha sobrevivido y ahí la tienen, de nuevo en el cartel. Ahora le toca, ya abuela, volver a patearse la calle. Sabe que esta vez no lo tiene nada fácil. Le van a echar en cara, de entrada, haberse juntado con malas compañías en sus anteriores equipos de gobierno, que ahora son carne de banquillo. Ella ha quedado incólume. En este caso tendrá que esmerarse más al elegir a sus colaboradores de campaña y de Gobierno. Ni siquiera podrá contar, después de quedar plantado y sin novia, con Ignacio González –Nacho para los amigos–, su mano izquierda, su seguidor más fiel al frente de la Comunidad y del partido, víctima de las encuestas y de las intrigas.

Si mis informantes no me engañan, a Aguirre su designación para encabezar la lista del Ayuntamiento de Madrid no le ha pillado de improviso. Hacía tiempo que Mariano Rajoy se lo había dejado caer. Las especulaciones y las interpretaciones maliciosas empiezan a la hora de buscar las razones de esta decisión: para unos es una hábil maniobra del político gallego, cuyas relaciones con la candidata no han sido siempre efusivas, y que se reduce a los siguiente: si, contra los malos augurios, Esperanza Aguirre consigue salvar la Alcaldía de la capital, todos contentos, Rajoy y el PP volverán a sacar pecho y a vitorear a la heroína en el balcón; si, por el contrario, cae derrotada y vuelve a su condición inicial de concejal, un incordio menos, se acabó su poder en el partido. Para otros, a los que puede que no les falte razón, todo es más simple. El inquilino de La Moncloa, con las encuestas en la mano y conociendo bien el paño, tras repasar fría y concienzudamente los informes de Arriola, el oráculo, se ha dado cuenta de que es la mejor candidata. Entre otras razones porque Esperanza Aguirre es la que puede movilizar al amplio sector liberal-conservador, que mostraba hasta ahora preocupantes síntomas de desánimo y hasta de cabreo con la política de La Moncloa, y no sólo por los recortes y la austeridad, sino sobre todo por incumplimientos tan flagrantes como el de recular en la reforma de la ley del aborto y otras promesas olvidadas. Así se recompone algo el equilibrio y se recuperan posiciones perdidas.

Nadie podrá negarle a esta mujer experiencia y capacidad de gobierno. En esto los nuevos candidatos juegan con desventaja. Será una campaña en la que la novedad se enfrentará a la experiencia. Tampoco es fácil competir con ella en el terreno del pensamiento dialéctico. No acostumbra a recular ni a morderse la lengua. Así que el resto de candidatos saben ya a estas horas que se van a encontrar con una adversaria de cuidado, cuya ambición política es tan fuerte como su capacidad de resistencia. Pero, aun reconociendo que se trata de una auténtica política de raza, muchos no entienden qué necesidad tenía Esperanza Aguirre de meterse en berenjenales y enfrentarse a estas alturas al reto más complicado de su vida.