Rajoy no pone la gasolina

La Razón
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El brote sedicioso del Parlament es una irresponsabilidad política que consuma el órdago a la Constitución. Además, este nuevo salto ahonda la fractura abierta entre catalanes y su relación con el resto de españoles. A Rajoy le ha tocado cruzarse en el camino del independentismo. No cabe otra: acción, reacción. Es su cometido activar la respuesta del Estado al desafío a la legalidad.

En cuanto el Tribunal Constitucional tumbe la resolución rupturista, la pelota estará de nuevo en el tejado de la presidenta de la cámara catalana, Carme Forcadell, y por ende de Junts pel Sí y de la CUP. Mientras, seguirán surgiendo voces –incluso en el PP– críticas con la manera de Rajoy de apurar los tiempos y con la poca exhibición de fuerza coercitiva del Gobierno. Sin embargo, lo cierto es que Rajoy está convencido de que hubiera sido irresponsable por su parte dar una respuesta desmedida o precipitarse ante la «desconexión». El presidente es de los políticos que representan el estanque cuyas ondas concéntricas apenas alteran la superficie del agua por fuerte que sea el impacto. Incluidos los de Artur Mas. O sobre todo los de Mas, tan deseoso de pasar a la historia como el gran mártir nacionalista de Cataluña.

Preso del secesionismo que él mismo alumbró arrinconado por el 3%, Mas huye ahora perseguido por la presión de la CUP y los mazazos que para Convergència son los Pujol. Las consecuencias están a la vuelta de la esquina. Durante estas semanas, consellers y destacados miembros convergentes han buscado disuadir al «Molt Honorable» del suicidio político. Sin éxito. Por eso, precisamente, en este instante lo que mejor le vendría al aún presidente de la Generalitat es envolverse en el victimismo por un ejercicio exagerado del Gobierno. Podría así provocar el cierre de filas a su alrededor. Pincha en hueso: no será Rajoy quien surta de gasolina a la máquina separatista. La crisis abierta le ha dado la oportunidad a Rajoy de comportarse como el líder de todo el país. Además, le sienta bien la firmeza, aunque perciba esas voces que reniegan de su prudencia y moderación. Cierto: la política nunca queda al margen, menos todavía a 40 días de las generales. Pero ha elegido actuar como hombre de Estado. Renunciando, incluso, a sobreactuaciones provechosas para su partido.