Historia

Rubalcaba, en busca de Jardiel

Una paradoja muy española es ser precario y, a la vez, ostentoso. Decir «varios» (caballos, criados, castillos) cuando en realidad sólo son dos. Tal es la precariedad. Y el reparto, que esto otro es, me parece a mí, más importante: sólo hay dos hipermercados del poder. ¿Cómo llamaríamos a esta concentración cuando para apuntalar a la gran banca se usa el término sistémico? La banca sólo se encarga de la abnegada tarea de ordenar el dinero, y no ya de la regulación de nuestra propia vida en comunidad. Escriba usted la respuesta porque los adjetivos aquí se dilatan y siendo domingo no hay que exagerar. Hay otras opciones de Gobierno, claro, como caminos tiene el Señor, pero ¿sólo dos se acuerdan de llevar las miguitas de pan para saber ir y volver a la Moncloa? Por mantener esta ficción, algunos han pensado incluso en mandarle la Cruz Roja al PSOE: no hay partida de billar con un solo jugador. Nos hemos acostumbrado a vivir en el sucedáneo de la alternancia, que siempre ha sido esperar a que se pase el enfado para volver con el novio. Como país, (re)elegimos a aquellos que ya nos habían traicionado. Los volvimos a elegir, porque uno está ocupado en vivir, en ver como todo envejece y se repite y sobrelleva las mangancias como quien sobrelleva un mal de ojo. La característica de esta nueva erupción del PP, surtida de otras desgracias de esta España solanescamente española, es su ubicación temporal: está fuera del ciclo natural de reposición, del turno de Cánovas y Sagasta. En fin, de que, como decíamos ahí arriba, se nos haya olvidado el enfado. Encima, ni Rubalcaba ni su cuadrilla son personajes de Jardiel Poncela, a los que se les despican las muelas y les vuelve a crecer el pelo, en un retorno a la lozanía y a un espíritu virginal. Si la sospecha de don Alfredo es la natural de un peatón que se ve esquilmado, él no puede presentarse como un recién llegado a la Tierra. He aquí el nuevo problema.