Paloma Pedrero

Timadores

Últimamente recibo a diario llamadas de teléfono, incluso al móvil, y correos electrónicos en los que me aseguran haber ganado un premio. Saben mi nombre, y así me llaman. Dicen por ejemplo: Paloma, has ganado un bote de pastillas de alcachofa. Se saben mis apellidos también y hasta mi dirección postal. Están empeñados en que adelgace, me vuelva joven y me haga rica. ¡Pero si yo no quiero nada de eso! Hace un par de días, una mujer que parecía una máquina parlante, me espetó al teléfono, nada más confirmarle mi identidad, ¡Enhorabuena, señora Pedrero, ha sido ganadora del concurso de Ikea! Ah, gracias, le dije, ¿y qué he ganado? Entonces la mujer me soltó una retahíla larguísima y al final me pidió el número de mi visa para pillarme cuarenta y nueve euros. Sin pudor, oigan, con toda su voz parlante. Sentí, como siempre me ocurre con estos pobres empleados, una mezcla de pena y de rabia. Pena porque imagino su situación de necesidad, rabia por vivir en una sociedad que hace perder la dignidad a sus gentes . Si yo pudiera, si mi quehacer cotidiano no fuera la poética, dedicaría parte de mi tiempo a cazar timadores. Porque, queridos míos, esos datos que maneja la señora parlante del euromillón (me ofrecía esos boletos a cambio de mis 49 euros) los han obtenido a través de un concurso que realizaba Ikea al hacer tu compra. Es decir, que las empresas están violando la confidencialidad y venden o intercambian datos ilegalmente. La locura por vender es tan grande que engañar y timar se ha convertido en parte del juego de casi todos. Nos roban el tiempo y el dinero impunemente. Sociedad enferma.