Ucrania es un ucronismo

El fisco provoca afinidades electivas y disparidades conflictivas, como las del gran Gerard Depardieu, nacionalizado ruso, que está rodando una película, precisamente, en Chechenia. Vladimir Putin se lo agradecerá porque como agente secreto guardará memoria de que voluntarios ucranianos rusohablantes tendían emboscadas a las columnas de Moscú durante las dos guerras chechenas. Al margen de que Kruschev «regalara» Crimea a Ucrania, ésta formó los cimientos de Rusia, y Ucrania guarda memoria de las bárbaras colectivizaciones de Stalin que provocaron hambrunas genocidas, como Putin también habrá estudiado que multitud de ucranianos recibieron con alborozo a la «Wermacht». Putin es un oficial de la siniestra KGB y no se le puede coger del brazo ni para recoger una herencia, pero no es un demente apocalíptico. El «thin-tank» que le fabrica los pensamientos al zar ruso establece el concepto de «Eurasia» desde Lisboa a Vladivostock, la protección de las minorías rusas en los países emergentes tras el derrumbe de la URSS y la amenaza latente que provoca la expansión de la Unión Europea y la OTAN en contra de la disolución del Comecon y del Pacto de Varsovia. De la Guerra Fría al desequilibrio congelado. El mariscal Von Manstein escribió que Stalingrado era una ciudad que Hitler no quería tomar y Stalin no pretendía defender. A Ucrania le ocurre algo parecido: Putin no quiere anexionarla, la UE no quiere tenerla de socio; sólo de cauce para el gas y el petróleo rusos, y en lo último que piensan Obama y la OTAN es en un choque caliente con Rusia, aunque fuera convencional. A más de una ciénaga de corrupción, Ucrania es económicamente una piedra al cuello de cualquiera que intente socorrerla. Nos olvidamos de Chernóbil, pero aquel no fue un incidente sino el fruto de un mantenimiento tecnológico propio de Sudán del Sur. No habrá guerra porque un conflicto por Ucrania no lo quiere nadie. Teatraliza el presidente Turchinov aludiendo a la III Guerra Mundial.