Vergüenza

La Razón
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Los días de vacaciones tienen estas cosas. Olvidas tu puesto en la garita y al repasar la prensa vieja descubres artículos como el editorial de «The New York Times». Donde cuentan que Otegi fue a la trena por díscolo, que protestaron mucho las organizaciones humanitarias y haría bien el presidente Rajoy en tolerar la natural inclinación de los vascos por la independencia. Desde el respeto a las reglas del juego, faltaría más. Leído varias veces uno no puede sino preguntarse qué pensaría un lector tipo del asunto en, pongamos, el Soho. Una carnicería de guerrilleros. Un desfase postfranquista. Un mariachi de luchadores por la libertad. ¿800 muertos dice usted? A ver, ya me dirán, la lucha antiimperialista nunca fue indolora. ¿Una Constitución democráticamente aprobada que impide la segregación de una parte del territorio nacional sin consultar a la totalidad de la ciudadanía? Bien, sí, pero algo habrá que hacer con la melancolía de los gudaris y de alguna forma habrá que encauzar la política/sentimiento y esa excrecencia del XIX que consiste en diseñar patrias a partir de identidades étnicas y etílicas, que tanto da. El editorial de mi querido NYTimes, por tantas razones todavía un gran periódico, encarna y cifra casi cuarenta años de editoriales miopes, cuando no tóxicos. Algunos todavía nos leen con la mueca miserable de aquellos viajeros románticos convencidos de que España era una Carmen de Mérimée rebozada en ajo y sangre de toro. Qué decepción llegar a la Terminal 4, en Barajas, salir a Madrid y descubrir que el laberinto español vuela muy lejos de sus delirios. Que no andamos en un sinvivir de levantar patrias como vivacs para dormir a la intemperie del odio, bajo un cielo de dinamita. Que la peña no parece dispuesta a montar otra escabechina municipal a mayor gloria a fin de que ellos firmen sus tesis doctorales. Miren. Aquí sólo hubo dos equipos. El de las víctimas y el de los verdugos, incluido ahí todo un extenso catálogo de canallitas que le explicaban al huérfano, al mutilado y a la viuda que es todo «mu complicao». Como si fuera difícil de entender que el fin no justifica la morgue, la fregona empapada en vísceras, el lamento de tanta familia rota y tanto éxodo. Lo que vivimos en el País Vasco fue, sencillamente, una repetición del monstruoso virus nacionalista que tanto arrasó Europa. Una merienda de psicópatas que amontonaba cadáveres de policías, soldados, jueces, periodistas y ciudadanos de variado oficio y pelaje a mayor gloria del paraíso en la tierra según las coordenadas de un GPS totalitario. No sabe uno si tomar como una excrecencia del tópico o una coña macabra la advertencia del Times. Que Rajoy debe permitir que Otegi defienda sus ideas de forma pacífica y blablablá. Pero queridos. Si ahí tienen las urnas, siempre estuvieron, y ahí los micrófonos. Ignorar que más de 300.000 personas, entre matarifes, sepultureros e hinchas, eligieron la vía del cementerio, demuestra hasta qué punto algunos editorializan desde una desvergüenza que limita al norte con el surrealismo involuntario y al sur con la más cruda xenofobia.