Declaración de guerra a la cruz

La Razón
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El autodenominado Estado Islámico ha traspasado la última frontera en su enfrentamiento contra las democracias occidentales y contra aquellos sectores del islam que se mantienen dentro de la ortodoxia musulmana al negar cualquier legitimidad de creencia o ejercicio a quienes profesan la fe en Cristo. Es un salto cualitativo en su estrategia terrorista, que elimina el último escrúpulo religioso que pudieran albergar sus seguidores y que abre la puerta al ataque indiscriminado a cualquier cristiano, así como a sus sacerdotes y sus centros de culto. Se borra así la escasa consideración que mantenía el integrismo islamista hacia los creyentes de las otras dos religiones monoteístas, que pueden ser tratados ahora como los ateos o los politeístas. Estamos, así mismo, ante una respuesta directa de los cabecillas del Dáesh a las palabras del Papa Francisco sobre el asesinato del padre Jacques Hamel, en las que Su Santidad negaba que nos halláramos ante una guerra de religiones. El texto de los islamistas –publicado en su boletín de propaganda en lengua inglesa «Dabiq»– no sólo afirma lo contrario, sino que expone un completo relatorio del derecho que, a su perturbado juicio, asiste a los musulmanes de imponer su religión al resto de la humanidad y declara que la guerra santa no terminará hasta que la bandera negra del islam ondee en Roma y en Constantinopla. La amenaza no incluye sólo a los cristianos, sino que se hace extensiva a todos aquellos musulmanes que colaboren de cualquier forma con los infieles o que, como en el caso del imán Ahmed al Tayeb, la máxima autoridad del islam suní, legitimen la figura del Papa y de sus obispos. Al Tayeb, rector de la mezquita de Al Azhar, en El Cairo, no sólo es una figura muy respetada entre los musulmanes, sino que se ha mostrado contrario a cualquier interpretación extremista del Corán y ha propiciado con su reciente visita a Roma, donde se reunió con Francisco, la reanudación de las relaciones que habían quedado suspendidas tras la intervención del Papa Emérito, Benedicto XVI, en Ratisbona. No es momento, sin embargo, de perderse en especulaciones sobre la mayor o menor influencia que pueda tener entre las comunidades musulmanas suníes –que llevan décadas sufriendo la lacra del yihadismo radical– esta nueva declaración del grupo terrorista, pero sí que obligará a las fuerzas de seguridad occidentales a considerar como objetivos potenciales de los terroristas todos aquellos lugares que tengan significado religioso, ya sean templos, ermitas o centros de peregrinación. A medida que se precipita la derrota de los islamistas en los campos de batalla de Irak y Siria, es de esperar que intensifiquen sus ataques en Europa y Estados Unidos, así como que busquen nuevos santuarios territoriales en Oriente Medio, como ya estamos viendo en Afganistán y Pakistán. Si bien la respuesta a esta nueva declaración de guerra a la cruz y sus fieles no puede ser exclusivamente de carácter militar o policial, sino que debe procurar la colaboración política y religiosa de los países islámicos, lo cierto es que es imperativo arrojar a los islamistas de los territorios que ocupan para desarticular sus centros de mando y acabar con la estructura de recluta y formación de militantes, ya que, no hay que olvidarlo, la extensión del terrorismo islamista en Europa debe mucho a la movilización de extremistas que supuso el éxito inicial del califato.