Infame pasividad ante la matanza de cristianos

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El relato se repite con una cadencia amarga. La persecución contra los cristianos en decenas de países que practican mayoritariamente otros credos empeora de forma alarmante entre la pasividad o la complicidad de autoridades autóctonas. Es una realidad que constata también la desesperante actitud de las democracias occidentales que miran para otro lado ante el martirio de decenas de inocentes en alejados rincones del orbe sencillamente por causa de su fe cristiana. En este macabra ruleta rusa le correspondió ayer a una iglesia metodista de la ciudad paquistaní de Quetta. Un ataque de varios terroristas del Estado Islámico en plena celebración de la misa provocó 10 muertos –entre ellos dos asaltantes– y 44 heridos. La rápida intervención de las fuerzas de seguridad evitó una matanza mayor. De nuevo la sangre derramada de los cristianos ensombrece los preparativos de la Navidad y nos recuerda que, como todos los años por estas fechas, la amenaza se acrecienta y que los fieles en Cristo en países como Somalia, Afganistán, Pakistán, Sudán, Siria, Irak y tantos otros deben extremar la seguridad ante un enemigo despiadado. Desgraciadamente, ser cristiano hoy en países preferentemente de mayoría musulmana puede costar la vida. Que 215 millones de personas en el mundo sufran persecución por profesar esta fe, esto es uno de cada doce, es un baldón para la humanidad en pleno siglo XXI, en el que se suponía que la libertad religiosa estaría garantizada.