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Por un Parlamento gobernable

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15 de febrero de 2015. 06:04h

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15/2/2015

La encuesta de NC Report sobre intención de voto en las próximas elecciones generales, que hoy publica LA RAZÓN, muestra una ligera recuperación de las expectativas electorales del Partido Popular, que es la formación política que mejora en mayor medida sus proyecciones con respecto al sondeo anterior, publicado el 20 de diciembre de 2014. En efecto, mientras que el PSOE y Podemos retroceden hasta el 22,8 y el 22,5 por ciento, respectivamente, los populares crecen un 0,7 por ciento, hasta alcanzar el 29,3 por ciento de los sufragios estimados. De este modo, la encuesta muestra la fotografía de un Parlamento muy fragmentado, sin una mayoría clara de gobierno, lo que no deja de ser una pésima noticia para la futura estabilidad política del país; estabilidad que ha sido, durante la crisis, uno de los pilares sobre los que se han asentado el giro económico y el retorno al crecimiento. Por ello, aunque aún faltan muchos meses para la convocatoria de las elecciones generales – y, previamente, han de librarse las municipales y autonómicas, cuyos resultados no dejarán de influir en el cuerpo electoral–, conviene trasladar al ánimo de la opinión pública la trascendencia de mantener una Cámara de Diputados estable, esencialmente bipartidista, que continúe el impulso de la recuperación que tanto esfuerzo ha requerido de los españoles. Por supuesto, no se trata de una petición que pueda considerarse insólita o una muestra de rechazo a las formaciones minoritarias, sino que procede de la constatación de una realidad esencialmente política: la de que el bipartidismo se encuentra detrás del éxito y la estabilidad de las grandes democracias del mundo. Es, sin embargo, a los dos grandes partidos nacionales –PP y PSOE– a quienes compete la mayor responsabilidad a la hora de desvirtuar la campaña de demonización contra «la casta», que se ha instalado en parte de la sociedad española, y que, en demasiadas ocasiones, oculta el rechazo al sistema democrático que prevalece en Occidente. No es una labor que pueda realizarse desde la pura pugna electoralista, agria y plagada de los mismos maximalismos que se pretenden combatir. España está en un punto de inflexión que no admite experimentos ni aventurerismos políticos, que, por otra parte, han probado largamente su ineficacia allí donde han triunfado. Que no necesita partidos que prometen la felicidad por un simple acto voluntarista, ni formaciones que sí tienen su sentido en otros ámbitos, como el regional, pero que constituyen una incógnita cuando se proyectan a escala nacional. El futuro Parlamento debe ser capaz de prestar la estabilidad que la nación precisa para seguir en la senda del crecimiento y vencer definitivamente la crisis, que es la mejor manera de fortalecer la democracia.

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