Copa del Rey

Con su permiso
Federico Mayor Zaragoza se ha ido discretamente, como el hombre elegante que era; sin avisar
Se va Mayor Zaragoza y la despedida es apenas una brizna de emoción como impostada en los medios, atentos a otras huellas que alguien borra para no comprometer su ya dudoso prestigio en lo público. O eso le parece a Julia. Hay personas que pasan por el mundo arrastrando los pies en la creencia de que el áspero siseo de la suela sobre el empedrado es el sonido que les eleva a los estantes de la historia y no ese ruido vulgar y molesto que en realidad producen. Hay otras cuyo caminar decidido y firme apenas hace ruido, pero deja una huella que no desaparecerá con el tiempo ni siquiera cuando se intenta borrar. En el silencio del Monasterio de Yuste se atesoran las huellas primitivas de la lengua en que usted y yo nos estamos entendiendo. Sobre las pieles de terneros jóvenes ha permanecido durante siglos la huella escrita de nuestra lengua, y cada año la institución encargada de darle esplendor, aliada con otra responsable de difundirla y contar y celebrar nuestra cultura (la RAE y la agencia EFE a través de Fundéu) reúnen, al amparo de la Fundación San Millán de la Cogolla, a quienes con ella trabajan para seguir pensando en alto cómo hacerla crecer, cómo elevarla. Acude a cerrar el encuentro la Reina, en un gesto más que simbólico de apoyo y compromiso con nuestro idioma. Se suma a la celebración una Monarquía que en los tiempos presentes pisa más fuerte que ninguna otra institución que gestione lo público, en el ánimo y el reconocimiento de la ciudadanía. Eso que alguna izquierda llama la gente y no es sino la amalgama de caracteres, orígenes e intereses que los administradores públicos tienen que diligenciar.
Julia está convencida de que la huella que entre la población deja la labor formal y no solo protocolaria de representación de la Jefatura del Estado es mucho más profunda, consistente y duradera que cualquier otra de nuestro sistema político. Resulta imposible argumentar en buena ley, con una mínima consistencia, que la Monarquía Parlamentaria que encabeza Felipe VI como Jefe del Estado no realiza su papel constitucional con eficacia y garantías incluso superiores al mandato legal. Ni que la heredera del Trono no está formándose con rigor y compromiso para administrar esa responsabilidad en el futuro. Difícilmente puede uno pensar en una jefatura del estado más eficaz y hasta representativa de lo que este país es y quiere. Huella presente. Certeza de huella futura.
Como la que se vislumbra tras el adiós a Federico Mayor Zaragoza que a Julia le sigue pareciendo escaso. Quizá sea porque fuera hombre de poco boato y mucho pensamiento. Y se le ha querido respetar en eso. Quién sabe. Le parece a ella que no, que copan las páginas y los espacios otras huellas de otros caminantes, de esos que arrastran los pies y no dejan más que ruido. Mayor Zaragoza se ha ido discretamente, como el hombre elegante que era; sin avisar, sin que una enfermedad le atase a la agonía de un lecho de dolor. Manteniendo hasta el último día (da fe Julia de una conversación con él a la que asistió la víspera de su muerte) su lúcida voluntad de mejora de su país, de su cultura, de su educación, de su salud. A los 90 años seguía peleando por un mundo justo y digno, por una España más saludable y mejor educada. Estuvo en política, desde el impulso a la Transición, y llevó su esfuerzo más allá de banderas partidarias, apoyando y suscribiendo iniciativas sin atender al origen de sus autores siempre que fueran en la dirección que sabía adecuada. Nadie podrá llamarle jamás sectario. Fue un hombre machadianamente bueno que trabajó por la salud individual y social de su país. Con una mano se pueden contar los hombres así y aún le sobran a Julia los dedos.
Como las dudas que se extienden sobre los mensajes borrados por el fiscal general del Estado en su teléfono móvil entre los días 8 y 14 de marzo, que es cuando se sustanció la ya famosa filtración del correo en el que el novio de Ayuso ofrecía un acuerdo a la Agencia Tributaria. Dice Sánchez que hay que pedirle perdón al señor fiscal por haber dudado de su palabra, por la especie de que salió de él la filtración del ya famoso documento. Y a Julia se le antoja un punto excesivo. Primero, porque es la prueba de que el señor Sánchez ya ha sentenciado, como si fuera un juez que declara inocente al reo dado que supo borrar hábilmente las huellas de su crimen. Y, en segundo lugar, porque la sentencia misma absolutoria obvia el hecho fundamental: que las huellas fueron borradas, luego antes hubo mensajes que pudieran ser incriminatorios. Pudieran. Pero, en todo caso, decir que no había mensajes es como afirmar que en una bañera no se cometió crimen alguno porque se ha limpiado magníficamente. No, piensa Julia, la falta de huellas no implica la ausencia de pasos.
Pistas que se borran, huellas que se conservan, caminos ejemplares. Todo en una misma semana, todo en un mismo envoltorio de actualidad a toda prisa. Julia cierra los ojos, apaga la tele y piensa con qué se queda, qué le hará poder seguir aspirando a ser mejor persona.
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