Parresía

Soluciones al campo

No ayuda que Europa sea más benevolente con las condiciones que tienen que cumplir los productos extracomunitarios que con los suyos

Que no se le pueden poner puertas al campo nos lo demuestran estos días, los agricultores y los ganaderos. Piensan que ha llegado su momento, que no tienen nada que perder, porque ya bastante han vendido a pérdidas estos últimos años, y se han lanzado a las calles como si no hubiera un mañana. Seguirán ahí este fin de semana y, si hace falta, lo que nos queda del mes.

Visto lo visto en las últimas horas –el cerco a la casa de la presidenta navarra, María Chivite, a la sede del Principado o del Gobierno Vasco–, veremos qué incidentes se registran el sábado en Valladolid, donde pretende celebrarse la gala de los premios Goya, o en Madrid, con la sede del PSOE de nuevo en la diana de algunos. Y en otras muchas ciudades porque, si algo nos ha demostrado esta movilización, es su espontaneidad en los recorridos. Como en toda protesta de grandes proporciones, se producen efectos colaterales indeseables, que ya estamos empezando a sufrir (retenciones kilométricas que nos complican la vida, mercancías que no llegan, con el consecuente desabastecimiento de las grandes superficies). Y otro problema añadido: cuanto más crece la algarada, más asociaciones ultras se apuntan, intentando politizarlas. ¡Hasta los hackers rusos han intervenido para desestabilizarnos, atacando webs de varias instituciones españolas! Ojo con el Kremlin y su manía de torpedear a los europeos, de aumentar los problemas de nuestras democracias. Puigdemont y la trama rusa del Procès preocupan en Bruselas, tal y como se ha demostrado en la Eurocámara. Se le acumulan los obstáculos al expresident fugado y, por extensión, a Pedro Sánchez y su pretendida amnistía al independentismo catalán para continuar en La Moncloa.

Volviendo al campo, el nivel de furia que demuestran los manifestantes no es más que el reflejo de un sector primario que desde hace tiempo se siente abandonado y desencantado con las instituciones, infravalorado por la sociedad. Y más, en un país como el nuestro, dependiente energéticamente y con un clima árido, en estado de emergencia por la sequía.

En este aspecto, queda muchísimo que hacer. Por ejemplo, invertir más en la desalación, en la construcción de infraestructuras hidráulicas, posibilitar los trasvases entre regiones –lo siento, pero el agua debería ser una cuestión de Estado– y fijarnos, por cierto, en esos otros países que invierten en técnicas de regadío eficiente, para reducir el coste del regadío. Eso, por un lado. Tampoco ayuda que Europa sea más benevolente con las condiciones que tienen que cumplir los productos extracomunitarios que con los suyos. En el fondo, si los europeos queremos ser sostenibles y ecológicos al 100%, tendremos que despedirnos del producto barato. O cambiar las reglas del juego de la cadena alimentaria.