Cuento de la muerte y los niños

Convivían todos en una vasta habitación a la que se llamaba la leonera. Su madre, mi abuela, se sentía abrumada por las exigencias de mi abuelo, un macho superior que la tenía esclavizaba, obligándola a vivir solo para él

Mis abuelos maternos vivieron frente a la casa de un tal Don Paco Vélez, que hubo de pasar por la desgracia de tener un hijo jorobado y deforme. Todo un error de la naturaleza, con el que se gastaron un dineral en traumatólogos y psiquiatras, porque el monstruo tenía una inteligencia normal y desde muy temprano hubo de tener un seguimiento médico, además de maestros particulares, que le enseñaron a leer, las cuatro reglas aritméticas y algo de historia y de geografía, así como a relacionarse bien con su entorno social.

Esta relación comenzó por mi tío Felipe Nieva, tres años menor que mi madre, que a la sazón ya tenía diecisiete y se ocupaba de todos sus hermanos menores. Convivían todos en una vasta habitación a la que se llamaba la leonera. Su madre, mi abuela, se sentía abrumada por las exigencias de mi abuelo, un macho superior que la tenía esclavizaba, obligándola a vivir solo para él.

Felipe se juntaba con el jorobado Pipo Vélez debajo del puente de la Veguilla, un cauce seco que se había convertido casi en estercolero. Allí se sentían libres de la supervisión familiar, hablando de todos los atrayentes misterios del sexo, tan determinantes en la adolescencia. El jorobado Pipo Vélez se lamentaba: –«¿Y quién me va a querer a mí? No estoy hecho para gozar de tanta felicidad y te puedo jurar que un día me mato, me quito la vida con la escopeta de caza que cuelga mi padre sobre la campana de la chimenea». Una vez, al despedirse, profirió muy serio y abrazando a Felipe: – «Esta noche».

Ni corto ni perezoso, Felipe se metió en casa de los Vélez para comprobar si la escopeta de su padre estaba en su lugar habitual y vio que faltaba. Se dirigió a su hermana mayor, llamada Devota, y le preguntó si no la tenía Pipo en su poder. Devota le contestó muy alterada: –«Vienes a meterme el diablo en el cuerpo. Ese niño no tiene ya asistencia médica y me mantengo siempre en vilo. Quién sabe lo que un desesperado puede hacer con una escopeta. Aunque, por lo pronto, estoy muy tranquila. La guarda mi padre, que se va de caza por la mañana muy temprano».

Como ya he dicho, mi madre cargaba con aquel compromiso de la educación de todos sus hermanos menores y no hallaba descanso en la atención a sus totalitarias exigencias. Una noche, Felipe hablaba solo y sollozaba, por lo que mi madre le preguntó si le dolía la tripa. –«Me duele que Pipo Vélez se va a matar esta noche». Intervino Conchita, la menor de todos: –«Si Pipo se mata, se morirá como el perrito y le echarán tierra encima. Ya no podrá comer natillas ni arroz con leche». –«Cállate, Conchita –profirió Felipe–, tú eres pequeña y tontita y no entiendes nada de estas cosas, ni de la muerte ni de la vida». –«Deja de incordiar a la niña –dijo mi madre–, y ahora dime qué quieres que yo haga». –«Que te eches por encima un abrigo y avises a los Vélez de que están en peligro de perder a su hijo». –«Tú no sabes lo que me pides. Que me presente en casa de los Vélez para darles una noticia espantosa. Tengo que consultar con mamá. Espera un momento que ahora vuelvo. Me tenéis hecha una azacana, y no sé de dónde saco tiempo para leer los Episodios Nacionales».

Al cabo de un tiempo, volvió Pilar a la leonera y le dijo a Felipe: –«Mamá me ha dicho que tendría que estar loca para presentarme a los Vélez a estas horas con tan malas noticias, solo por suposiciones tuyas. Se acabó. Todos a dormir, y ahí quedan esas mariposas encendidas para que no tengáis miedo de noche». Apagó la luz eléctrica y se dispuso a dormir.

Con el alba, una fuerte corriente de aire frío despabiló a todos. Las llamas de las mariposas se inclinaban apagadizas. Pilar se arrebujaba y decía: –«Ay, Dios mío, qué fresco ahora, ¿de dónde viene esa corriente?». Felipe se tiró de la cama. –«El soplo de la muerte. Esa corriente de aire viene a avisar de que Pipo se ha matado ya. Puedes estar segura».

Pasado un rato, escucharon una ambulancia y conversaciones de los vecinos, luego un agudo grito de mujer y después, el silencio. Y en efecto, al amanecer, bajo el puente de la Veguilla, Pipo Vélez se suicidó. Lo encontraron unos vecinos sobre un charco de sangre, con la cabeza destrozada. Pepito y Matías, que dormían juntos en una misma cama de matrimonio, se daban patadas bajo las sábanas. «Muérete, como Pipo Vélez». –«Muérete tú, basurita».

Muy luego, mi madre me contaba la pesadilla de aquella noche, que aún la mantenía impresionada y arrepentida. Siempre pensé en escribir una comedia corta sobre aquella noche memorable en la que Pipo se suicidó y tan estrechamente se relacionaron los niños con la muerte.