Lo que se cuece en La Moncloa

La comida, como sublime ejercicio de placer, tiene algo de íntimo, casi pecaminoso –la voluntad a menudo flaquea ante las tentaciones gastronómicas– y parece dejar al descubierto el aspecto más vulnerable y primario de los seres humanos. Conocer las «debilidades» gastronómicas de una persona puede convertirse en una jugosa información –hasta el refranero popular lo avala con aquello de que «al hombre se le conquista por el estómago»–, pero puede elevarse a la categoría de asunto de Estado cuando el comensal es ni más ni menos que un jefe de Gobierno. El chef Julio González de Buitrago, que ocupó durante más de treinta años la cocina del palacio presidencial, revela a los lectores los secretos culinarios de los dirigentes y sus familias en el libro «La cocina de La Moncloa» (Espasa), un manual que combina el estilo de los recetarios con las memorias y el anecdotario para aderezar el relato de su experiencia al frente de estos singulares fogones. Descubrir la pasión de Zapatero por las almendras fritas (le gustaba comerlas «a toda hora, en cualquier lugar. Estaban por todas partes, en despachos y salones», relata el chef en el libro), que Aznar no comía patatas fritas, que los Suárez disfrutaban comiendo un par de veces a la semana los tradicionales huesos de San Expedito o que a Felipe González le pirraban las gambas «pero evitaba comerlas porque le sentaban muy mal», son sólo algunos de los atractivos de este manual.

Cuentan que Amadeo Bordiga, uno de los fundadores del Partido Comunista italiano, sostenía que si se conociese lo que una persona ha comido antes de pronunciar un discurso podría interpretarse mejor el contenido del mismo. Descodificar al político por su relación con los fogones resulta un jugoso ejercicio además de ser una de las formas más eficaces para conseguir conocer a los dirigentes más allá del artificioso posado oficial. Y hay mucho del carácter de los ex presidentes españoles que se puede deducir sólo por la primera indicación que ha transmitido al personal de cocina de la Moncloa: la esposa de Zapatero, Sonsoles Espinosa, «me advirtió desde el minuto uno de que no quería en su dieta diaria ni natas, ni dulces, ni fritos. Para el almuerzo, verduras, y para la cena, ensaladas. Los 365 días del año. Mucho pescado y poca carne», recuerda González de Buitrago. A la mujer de Suárez, sin embargo, «nunca le interesó la cocina, pero sí le preocupaba mucho la alimentación de su marido, que comía muy poco», y Carmen Romero delegó en su esposo muchas de las cuestiones domésticas: «Felipe González era una gran aficionado a los fogones y se dejaba caer por allí con relativa frecuencia (...). Entre el guiso y la charla, el presidente se tomaba con nosotros un vino y una tapa de jamón, que cortaba él mismo sobre la marcha, para ofrecernos a todos». Pilar Ibáñez, la esposa de Leopoldo Calvo-Sotelo, «se ocupó personalmente de dirigir las compras y organizar los menús de la familia», prohibió que se utilizase el jamón ibérico para los bocadillos de los niños –«Los niños no lo saben apreciar, son ganas de desperdiciarlo», decía– e incluso actuaba de espía para el chef, con el que compartía las recetas que degustaba en el extranjero durante sus visitas oficiales.

Arroces y churrasco

También Ana Botella fue otra de las primeras damas que tomó las riendas de La Moncloa desde el primer momento –sus requisitos para elaborar la tortilla trajeron de cabeza a los cocineros de la residencia presidencial–: «Doña Ana me comentó en un aparte que las comidas de la familia debían ser variadas, que les gustaban especialmente los arroces y el churrasco, y que había una regla sagrada que debía cumplirse a rajatabla: el presidente tomaría todos los días del año helado de café de la marca Häagen-Dazs, en el almuerzo y la cena». Un desafío que no siempre fue fácil de cumplir y que obligó a que en una ocasión el helado se enviase desde Madrid por avión «para evitar sobresaltos», relata González de Buitrago.

Las, en ocasiones, exigentes directrices de las consortes, sazonaban de anécdotas una cocina poco dada a la monotonía. De hecho, el chef relata que «Sonsoles se fue un par de días por un asunto familiar y el presidente me pidió que preparara un buen potaje de garbanzos con gambas y, para el segundo día, un rabo de toro. Yo me esmeré especialmente, dadas las pocas veces que el hombre podía disfrutar de una buena comida sin pensar en las calorías. Se chupó los dedos. Creo que aquellas escasas treguas le hacían feliz». También los pequeños de la casa tenían su protagonismo entre los fogones. Las hijas de Zapatero eran habituales en la cocina, aunque según relata el cocinero «siempre andaban a vueltas con las dietas» y sus meriendas se elaboraban con «veinte gramos de pan con jamón de York y/o queso de Burgos». Los de Felipe González a menudo «andaban trasteando en la cocina» donde se guardaban las chocolatinas y chucherías que más les gustaban y se volvían locos con las hamburguesas y los yogures.

El chef destaca que, pese a las variaciones presupuestarias (la etapa de Zapatero fue la más austera en 25 años, mientras que la de Aznar fue «la época de mayor esplendor cortesano» en La Moncloa), en general, «la cocina de Presidencia del Gobierno es otra cosa, y no admite experimentos. Es una cocina políticamente correcta» y las apetencias culinarias de los dirigentes del Gobierno no han rozado nunca la estridencia. De hecho, los Suárez disfrutaban con comidas tradicionales como las patatas con carne, las lentejas y el cocido madrileño, del que se aprovechaban los garbanzos sobrantes para freír, ya que eran una de las comidas favoritas del presidente. A Aznar le pirraban los salmonetes, además del marisco (especialmente los percebes y las centollas) y el arroz a banda y el negro. Felipe González prefería los guisos tradicionales en invierno y los gazpachos y las frituras andaluzas para el verano, mientras que durante el Gobierno de Zapatero se consumió más fruta que nunca. Aunque cuando Mariano Rajoy llegó a la Moncloa González Buitrago ya se había jubilado, sí revela que su esposa, Viri, pidió pescados al estilo gallego para su primer menú en la residencia presidencial. Curiosidades a las que hincarles el diente y que convierten «La cocina de la Moncloa» en una auténtica «delicatessen» literaria.