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Fernando Sebastián, un cardenal eminente

El cardenal Fernando Sebastián, arzobispo emérito de Pamplona y Tudela, falleció ayer en Málaga
El cardenal Fernando Sebastián, arzobispo emérito de Pamplona y Tudela, falleció ayer en Málaga

Murió ayer al atardecer, en Málaga, donde residía desde su jubilación, Fernando Sebastián, religioso claretiano, obispo y cardenal, una de las mentes más lúcidas del clero español posconciliar. Nació en Calatayud el 14 de diciembre de 1929, ordenado sacerdote en 1958, elegido decano de la Facultad de Teología de Salamanca y años más tarde rector de la misma, en uno de sus momentos más complicados de su historia. En 1979 fue nombrado obispo de León y de 1982 hasta 1988 fue secretario general de la CEE, años de su organización, que coincidieron con el gobierno socialista y con una sociedad cada día más plural y secularizada.

Durante estos años la CEE publicó algunos de los documentos más importantes de su centenaria historia. Entre ellos «Cristianos en la vida pública», documento que con lucidez presentó el problema al tiempo que ofrecía criterios nítidos para una reconstrucción del tejido social cristiano. En 1988, la Nunciatura anunció su nombramiento como arzobispo coadjutor de Granada, extraño movimiento que no cuajó porque el arzobispo de Granada no quería un coadjutor de tanta categoría, de forma que en 1993 fue nombrado arzobispo de Pamplona donde pasó quince años.

Nunca en su vida pidió un cargo ni se quejó ni comentó sus nombramientos. Fue dócil en todo momento a lo que le pedía la Santa Sede y allí donde ejerció su ministerio dedicó su inteligencia y sus actitudes para anunciar con modestia y brillantez el Evangelio. Sus años en Navarra no resultaron fáciles, ya que esta autonomía, por razones fundamentalmente políticas, vivió un deterioro social y religioso relevante, pero su arzobispo manifestó sus mejores dotes religiosas y de gobierno en la cercanía exigente a su pueblo y en la entrega absoluta a sus necesidades. Siempre fue claro, generoso, cercano. Sus sacerdotes no siempre coincidieron con él, pero le estimaron, le respetaron y, en su mayoría, siguieron sus recomendaciones.

Estudió los primeros años en Vich, pero, muy joven, sus superiores, conscientes de su capacidad intelectual, facilitaron sus estudios en Roma y Lovaina. Ese encuentro con la Europa democrática y con el pensamiento teológico centroeuropeo favoreció y encauzó su espíritu abierto y su aceptación del espíritu conciliar. A lo largo de su vida mostró su capacidad de reconocer los cambios existentes en la sociedad española y de aceptar la necesidad de presentar el mensaje evangélico de un modo que fuera comprendido y aceptado. Se esforzó a lo largo de su ministerio pastoral por fomentar la reconciliación de los españoles: «Comprendí que la reconciliación entre los españoles y la estabilidad política de nuestro país requerían el reconocimiento de los derechos políticos de todos los ciudadanos, superando definitivamente los enfrentamientos de la Guerra Civil». En distintas ocasiones tuvo encuentros difíciles con los ministros de los gobiernos de Felipe González, pero siempre respetaron su sinceridad y claridad. Fue hombre de Tarancón y colaboró en la actuación de la Iglesia durante la transición política. El discurso de Tarancón en los Jerónimos fue obra del cardenal con la ayuda de algunos colaboradores, pero la redacción final fue suya. Sus memorias, escritas hace dos años, constituyen una joya de espiritualidad, de análisis y de reflexiones que iluminan y aclaran. El Papa Francisco le conocía personalmente, había leído algunos de sus escritos y confiaba en él. Cuando lo creó cardenal en 2014 fuimos conscientes de que la más alta instancia eclesial reconocía de manera solemne la aportación de don Fernando a la teología y a la historia de la Iglesia española contemporánea.