La mascarilla podría inmunizar frente a la gravedad de la Covid-19

En ausencia de una vacuna, el uso de esta medida de protección parece ser lo más efectivo para reducir los ingresos, según una investigación del Centro Médico de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

Hay una teoría, denominada teoría de la variolación, “rescatada” de la época de la viruela y que consiste en la exposición deliberada a un virus con el fin de generar una respuesta inmunitaria protectora. Cayó en desuso cuando se erradicó la enfermedad en 1979, pero algunos investigadores la han “rescatado” para plantear dos suposiciones: que las dosis más bajas del virus provocan una enfermedad menos grave, y que las infecciones leves o asintomáticas pueden estimular la protección a largo plazo contra reinfecciones. Hace dos meses, la revista científica New England Journal of Medicine publicaba el primer artículo al respecto, donde se exponía que el uso de mascarilla, al reducir la cantidad de virus que entra en las vías respiratorias, podría minimizar las posibilidades de que el usuario enferme. Es decir, el contagio se puede producir (dado que la filtración no es perfecta) pero la persona sería asintomática o desarrollaría una enfermedad leve.

Lo complicado en este punto es probar esas teorías. Existen varios estudios internacionales (especialmente asiáticos, ya que ellos generalizaron el uso de mascarillas desde la epidemia de SARS) que muestran que la enfermedad que transmiten pacientes infectados que usaron mascarillas no fue grave. Y así lo ha mostrado también una investigación del Centro Médico de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) en la que se ha recopilado información de tres brotes ocurridos en Madrid durante la primera ola de la pandemia. El estudio, liderado por Vicente Soriano, director de la institución, ha permitido “comparar la tasa de transmisión y de hospitalización en varios brotes de Covid-19” y constatar esa menor gravedad en quienes utilizaron mascarilla, detalla el especialista a EFE.

Uno de los brotes analizados se produjo en una casa de religiosas a las afueras de Madrid, donde se infectaron 21 de 25 convivientes. Ninguna de las religiosas que resultaron infectadas requirió hospitalización pese a que cerca de la mitad tenían más de 65 años, y ello fue gracias a que cuidaban su higiene, las medidas de distanciamiento social y el uso de mascarillas. Por el contrario, en el caso del segundo brote, en el que un grupo de diez personas se reunieron durante y tres horas en un espacio cerrado, sin mascarillas ni distanciamiento, se constató que se infectaron todas, y cuatro de ellas fueron hospitalizadas (una de ellas permaneció seis semanas en la UCI).

Así, la conclusión sería que la mascarilla contribuye a reducir el riesgo de que “contagiemos o seamos contagiados” y, en ese último caso, “si nos infectamos será con formas menos graves de la enfermedad, ya que el inóculo (concentración de virus a la que nos exponemos) es más bajo”, señala Soriano.