Sociedad

¿Nuestros alimentos están diseñados para que nos hagamos adictos?

Gran parte de las calorías que ingerimos procede de productos... no de alimentos

Muchos de los "alimentos" que consumimos manipulan el cerebro para volverse adictivos... a la vez que causan estragos en nuestro organismo.
Muchos de los "alimentos" que consumimos manipulan el cerebro para volverse adictivos... a la vez que causan estragos en nuestro organismo.

Poco a poco, el mundo va a mejor. En unas décadas, la humanidad ha conseguido que el acceso a alimentos y agua potable en muchas partes del planeta, esté por fin consolidado. Pero a la vez que disminuye la inseguridad alimentaria a nivel global (el hambre), hay otra realidad que avanza de forma preocupante: desde el año 1975, el sobrepeso se ha multiplicado por tres en todo el mundo, según la Organización Mundial de la Salud.

Desde el año 1975, el sobrepeso se ha multiplicado por tres en todo el mundo, según la Organización Mundial de la Salud.
Desde el año 1975, el sobrepeso se ha multiplicado por tres en todo el mundo, según la Organización Mundial de la Salud. FOTO: Dreamstime La Razón

Estamos hablando de que en el año 2016, 1.900 millones de adultos (el 40% de la población mundial) tenía sobrepeso; y de estos, 650 millones eran obesos.

Este no es un dato baladí. La obesidad aumenta el riesgo de padecer numerosos problemas de salud, entre ellos cáncer, enfermedades cardiacas, hipertensión, (...).

El periodista y escritor canadiense, Mark Scharzker, publicó hace unos días “The End of Craving” (”El fin del deseo”), donde analiza por qué los hábitos alimenticios de la humanidad está empeorando tanto... y en tan poco tiempo. Scharker concluyó que muchos de los alimentos y bebidas que consumimos manipulan el cerebro para volverse “adictivos”... a la vez que causan estragos en nuestro cuerpo.

Lo que se come, se cría

Para analizar el problema, el periodista se centró en la población de Estados Unidos y en sus hábitos alimenticios. Y es el mejor campo de investigación, porque la tasa de adultos con obesidad es de las más altas del mundo. Y además, es un problema que va a peor. Buen ejemplo de ello es el tamaño de las raciones de comida de los restaurantes de comida rápida del país, que en los últimos 30 años ha crecido, nada más y nada menos, que en un 24%.

La obesidad infantil supone un alto riesgo para la pervivencia de nuestro sistema sanitario.
La obesidad infantil supone un alto riesgo para la pervivencia de nuestro sistema sanitario.

En su investigación encontró que el 58% de las calorías que ingiere cada adulto estadounidense procede de productos, no de alimentos. Es decir, de ultra procesados industriales comestibles. En el caso de los menores de edad, el problema es todavía más terrorífico, porque ascienden hasta un 67% de su dieta.

Es posible que hayas escuchado mil veces esto de “ultra procesados”... pero que no sepas realmente a qué nos estamos refiriendo. Aquí va un consejo: para identificar qué productos son “ultra procesados” solo tienes que hacer una cosa: basta con coger casi cualquier comida que se venda en paquete y darle la vuelta para mirar el etiquetado.

Conservantes, colorantes, savorizantes y otros elementos con nombres como metilcelulosas, proteínas microparticuladas, Solka-Floc, maltodextrinas, carragenina, (...) Todos estos “ingredientes secretos” hacen que el producto guste mucho a los ojos, a la nariz y a las papilas gustativas... pero que sean una auténtica bomba para nuestro organismo.

La obesidad altera nuestra disposición a que nos guste la comida
La obesidad altera nuestra disposición a que nos guste la comida

De acuerdo con Schatzker, ese tipo de comidas ultra procesadas crean “una divergencia entre el contenido nutricional que el cerebro percibe al consumir alimentos, y los nutrientes reales que llegan al estómago”.

Para explicar esta divergencia entre consumo y nutrición, el autor recodó el experimento de la profesora de la Universidad de Yale, Dana Small; que ofreció a los participantes en su estudio 5 bebidas diferentes, cada una con un recuento calórico diferente, que iba desde el 0 hasta el 150... pero todas con el mismo grado de dulzor.

En aquel estudio, la profesora Small comprobó que había una diferencia abismal entre lo que la lengua percibía y lo que el estómago recibía. La bebida de 150 calorías debería haber desencadenado una mayor actividad cerebral, pero no fue así. Fue la de 75 calorías la que más actividad produjo, mientras que la de 150 no registró absolutamente nada.

Es como si el sistema se diera por vencido y no supiera qué hacer”, explicaba la investigadora. Una fuente de este desajuste son las “falsas grasas” que engañan al cerebro para que resulte apetecible, pero no saludable. De esta forma, se estimula el deseo de consumir más... con los consecuentes hábitos autodestructivos.