El párroco que sí plantó cara a ETA (y tuvo que exiliarse)

Jaime Larrinaga vive solo a seis kilómetros del cura sancionado por justificar a los terroristas, pero entre ellos hay un abismo: él necesitó escolta

«De un día para otro pasé de ser el mejor cura de la zona a un apestado», confiesa LarrinagaNacho CuberoLa Razón

«¡Cómo no le voy a conocer! Si es el cura de pueblo de al lado. Estuve concelebrando misa con él hace mes y medio». Juntos en el mismo altar, en la mesa de la comunión, con la distancia sanitaria exigible. Aunque el trecho que separa su visión de la realidad vasca parece mayor. Entre uno y otro distan seis kilómetros, los que llevan por la Nacional 240 de Lemona a Yurre. A un lado, Mikel Azpeitia, el párroco que hace una semana dejó de serlo, sancionado por el Obispado de Bilbao, después de justificar a ETA en un documental. En el otro extremo, Jaime Larrinaga, que también tuvo que abandonar su puesto. Ahora ha vuelto a su localidad natal alavesa después de media vida en el exilio por dar precisamente un paso al frente contra el terrorismo y el nacionalismo.

Cuando se le menciona a Azpeitia, Jaime se contiene. Punto en boca. Para que de sus labios no salgan palabras que echen más leña al fuego. No porque luego se tenga que confesar, que también. «No quiero levantar más polvareda. Respeto a los amigos y a los enemigos, a quien piensa como yo y a quien opina diferente. No condeno a nadie ni quiero que me condenen a mí». Se frena, aunque no puede controlar el dolor que le remueve por dentro, por el mero hecho de saber que diariamente el polémico cura se cruza por las calles de Lemona con la viuda y los hijos de una víctima de ETA.

Durante más de treinta años como párroco de la localidad vizcaína de Maruri no tuvo problema alguno. Como cualquier otro cura euskaldún, «en las misas alternaba el uso del castellano y el vascuence, y en las homilías buscaba no herir sensibilidades. A nadie le puse nunca un veto para entrar. Es más, por allí iban y venían curas de Herri Batasuna». Pero el asesinato de Miguel Ángel Blanco marcó un antes y un después. Sintió que había que mover ficha ante el silencio del clero.

En 2001, de la mano de los jesuitas Antonio Beristain y Fernando García de Cortázar, dio un paso al frente. Crearon El Foro El Salvador junto a un grupo de católicos, entre ellos Iñaki Ezquerra: «Simplemente denunciábamos algo tan cristiano como los asesinatos de ETA y solo pedíamos que dejara de matar. Sentíamos que la Iglesia tenía que tener una palabra y no mirar para otro lado». Fue su Getsemaní. «De un día para otro pasé de ser el mejor cura de la zona a ser un apestado». Comenzaron entonces las presiones de sus colegas sacerdotes, el rechazo del PNV «primero en abstracto y luego en concreto», el buzoneo en el pueblo presentándole «como peligroso y enemigo del País Vasco»…

Aguantó todas estas intimidaciones estoicamente. Pero todo se precipitó con la detención de un comando en la comuna francesa de Tarbes. Su nombre apareció entre los papeles como posible objetivo de la banda. «Como tantos amenazados, me acostumbré a mirar todos los días debajo de mi coche para ver si había una bomba y a ir con escolta a dar clase en Getxo». Al cura profesor no le dejaban ni a sol ni a sombra. «En la iglesia se quedaban vigilando en el pórtico o en la sacristía», rememora sobre la tensión reinante.

El entonces obispo de Bilbao, hoy cardenal Ricardo Blázquez, le ofreció marcharse a Madrid, Salamanca o Roma porque se temía por su vida. Optó por la capital para lo que en principio sería un año sabático. Pero poco aguantaría quieto. Conoció el proyecto de unas religiosas en la gran sabana venezolana y allí se plantó. En Wolken, en el Estado de Ciudad Bolívar. «Nunca creí que tuviera vocación misionera, pero allí fui durante nueve años, a una región pobre y miserable donde solo llegaba el obispo una vez al mes en avioneta». Aquello fue más que una terapia para él. «Junto a los indios he vivido mis mejores años de sacerdocio».

A los 80 años, Jaime está jubilado de sus tareas pastorales. No por voluntad propia. «Vivo pidiendo la amnistía, como los presos», deja caer. «¡Qué se le va a hacer! Por aquí hay muchas pedanías sin sacerdote y yo podría ayudar, pero no es posible, no lo ven conveniente, me han cerrado las puertas de algunas iglesias». De hecho, no se acaba de sentir con libertad para ejercer en los alrededores de su casa. «Con todo sufrimiento me escapo los fines de semana a celebrar en Bilbao, para cumplir como sacerdote del Pueblo de Dios, participando como un cristiano más en la eucaristía. Por lo demás, me dedico a leer, a celebrar bodas, bautizos…». Y a acompañar a las víctimas del tiro en la nuca. Así, no hay responso en memoria de Gregorio Ordóñez donde Jaime no pronuncie una oración en su memoria. Ahora, con la tranquilidad de saber que nadie le interrumpirá ni le insultará. Como sí ocurría hasta hace nada.

Con toda la metralla abertzale a sus espaldas, se reafirma en todo lo dicho y hecho por ellos: «Si de algo me arrepiento es de no haber alzado la voz antes. Durante mucho tiempo me pregunté cómo podía celebrar la eucaristía entendida como sacramento del amor cuando ya se estaba matando a hermanos nuestros solo por el hecho de ser político o policía».

Que no quiera entrar al trapo sobre el caso Lemona no significa que haya rebajado un ápice su condena de la violencia. «Hay que escoger: o estás con los asesinos o estás contra los asesinos. En otras cuestiones puede haber matices, pero ahí no hay punto intermedio. El mayor pecado es matar a una persona, porque es matar a Dios, matar a Cristo», sentencia Jaime. «Ahora ETA no mata, pero se está educando en el odio a España. No tengo más que salir a la calle para ver carteles a favor de los terroristas, a los que se presenta como ‘gudaris’, como héroes y patriotas», lamenta sobre un nacionalismo al que considera que se ha convertido en una religión: «Están idolatrando el concepto de Euskadi».

Para el sacerdote, «la dictadura del terror no desaparece de un día para otro, sigo viendo a familiares con miedo, que se sienten señalados como si fueran ellos los culpables, como si molestaran con su dolor». Desde ahí, considera que «las víctimas del terrorismo siguen con la herida abierta porque sienten que la Iglesia no se ha portado bien con ellos». Aunque reconoce el esfuerzo que se hace en favor de la reconciliación, cree que urge una petición eclesial pública de perdón más sonora y firme. «Ahora que se habla de reconstruir la convivencia, las víctimas tienen que estar en el centro», asevera.