Explosión de contagios: ¿Mismo error que el pasado verano?

Varios estudios indican qué hicimos mal para evitar repetir errores: aconsejan aprovechar la vacunación y graduar la desescalada

Thumbnail

Echando un vistazo a las noticias de la última semana, todo parece apuntar a la misma dirección: la Covid-19 está resurgiendo. El ministerio de Economía de Japón ha elaborado su última previsión de evolución de las cuentas del país en la que se señala que el riesgo de rebrote de la pandemia pone en peligro los cimientos de la recuperación japonesa. Las autoridades de salud del Estado de Alabama (EE UU) están preparándose para un aumento considerable de casos después del verano a la luz de los rebrotes actuales y del dato de que más del 60 por 100 de la población del estado sigue sin vacunar. Un experto de Oxford Economics (Lloyd Chan) ha publicado una larga lista de debilidades en las cadenas de retail en toda Asia provocadas por diferentes brotes locales de coronavirus.

La OMS acaba de reconocer que Europa sigue en riesgo de una nueva ola de proporciones aún indefinidas el próximo otoño. Lo más sorprendente de todos estos acontecimientos es que no son nuevos. Tras la primera gran ola de la pandemia durante la primavera de 2020, toda Europa y buena parte del mundo experimentaron oleadas nuevas a lo largo del verano: un verano que a todas luces parecía destinado a ser tranquilo. No fue así. La relajación de las medidas de contención y el aumento de la movilidad de los ciudadanos en los viajes estivales fueron determinantes para el desarrollo de la segunda gran ola global.

Ahora, parece que volvemos a tropezar en la misma piedra. El escenario, obviamente, no es el mismo. Con 44,5 millones de dosis de vacuna administradas en España y cerca del 42 por 100 de la población vacunada en pauta completa, cualquier brote al que hoy nos enfrentemos provocará efectos muy diferentes a los que vivimos el pasado verano con una población sin inmunizar. Pero también es cierto que la ola actual presenta algunas peculiaridades inéditas: la distribución de los casos por franjas de edad es diferente y afecta de manera preocupante a los más jóvenes, la saturación asistencial está lejos de producirse y la presencia de nueva variantes del virus sigue arrojando incógnitas sobre su incidencia en la gravedad de la situación.

En este escenario, ¿podemos aprender algo de los errores cometidos el verano de 2020?

Un estudio publicado esta semana por la revista «Nature» y liderado por investigadores del Departamento de Microbiología del Instituto Rega de Leuven, Bélgica, ha tratado de identificar los grandes fiascos cometidos en Europa la pasada temporada de verano y objetivar hasta qué punto las decisiones tomadas por las administraciones, la relajación de las medidas individuales o la aparición de nuevos linajes viales tuvieron la culpa del desastre experimentado en otoño.

Es obvio que tras la contención lograda en primavera con las medidas de control sanitario más estrictas que se recuerdan en el continente, el número de infecciones en toda Europa comenzó a subir al final de verano y condujo a una segunda ola de proporciones gigantescas. El fenómeno no debía de haber pillado desprevenido a nadie. Ya en abril, la Comisión Europea elaboró un informe en el que recomendaba el levantamiento moderado y controlado de las medidas de control a la luz de estudios científicos de primeros de año que alertaban de que este virus es especialmente propenso a aparecer en oleadas.

Pero a la velocidad a la que se produjo la resurgencia del verano de 2020 demuestra que esas recomendaciones no fueron tomadas en serio. La apertura de las fronteras, el turismo masivo y la relajación del uso de medidas individuales hicieron su trabajo. Los estudios genéticos demuestran además que una nueva variante localizada por primera vez al principio del verano pasado en España, el linaje B.1.177,20A EU1, se extendió por prácticamente toda Europa con facilidad. Pronto se convirtió en dominante aunque no estaba asociada a una mayor transmisibilidad, a priori.

La situación actual es idéntica en ese sentido. Muchos países de Europa se enfrentan a un verano de fronteras abiertas o semiabiertas y España está dispuesta a hacer todo lo posible para convertirse en la receptora de turismo internacional que siempre fue. Además, contamos con la presencia también de la nueva variante Delta que, en este caso, sí parece asociada a una mayor transmisibilidad.

Cuando se estudian los genomas de los virus detectados en enfermos de 10 países diferentes de Europa que contrajeron la enfermedad en verano de 2020, parece evidente que el aumento de la movilidad es un factor que permite predecir con certeza el modo en el que se va a producir una nueva ola. Eso es lo que han hecho los científicos autores del artículo de «Nature».

Al seguir el camino evolutivo de la variante B.1.177 se observa que los primeros casos detectados aparecen en España al comienzo del verano pero se extienden rápidamente por Europa a través de Reino Unido, como puente. El momento de expansión crítica coincide con las fechas en las que España comenzó a abrir sus fronteras a casi todos los países de la UE (últimas semanas de junio). A partir de ese momento, el Reino Unido se convirtió en «altavoz» de la variante para hacerla resonar por todo el continente.

Los modelos permiten establecer el grado de importaciones y exportaciones del virus que experimentó cada país. Suiza, Noruega, Países Bajos y Bélgica fueron naciones en las que se produjeron más importaciones que exportaciones. España, Francia e Italia están entre los países que exportaron más virus que el que importaron.

La situación actual se parece demasiado a la pasada en 2020 como para no tenerla en cuenta. Pueden cambiar los escenarios y los actores, pero la probabilidad de una quinta o sexta olas, muy pronunciadas, a lomos de las nuevas variantes y la movilidad turística poco limitada es muy alta.

Afortunadamente, los programas de vacunación actuales son una variable inexistente en 2020 que puede arrojar cierto optimismo. Pero el estudio de Nature arroja también luz sobre un fenómeno poco conocido en este terreno. Modelos genéticos realizados en el Reino Unido demuestran que la vacunación por franjas de edad tiene muchas virtudes y algún inconveniente. Si bien es cierto que permite limitar el impacto de la gravedad del mal en las edades más vulnerables, la vacunación incompleta de franjas de edad menores aumenta el riesgo de grandes resurgimientos.

El panorama es, en resumen, incierto. Tenemos una situación idéntica a la de 2020 en lo que se refiere a la presencia de las nuevas variantes del coronavirus, el riesgo de rebrote y la recuperación de la movilidad turística. Y algunas diferencias en cuanto a vacunación y saturación asistencial. En este escenario lo expertos recomiendan que potenciemos las virtudes de la situación y reduzcamos los riesgos. ¿Cómo? Graduando al máximo la relajación de las medidas y poniendo el pie en el freno de la desescalada. Al menos, frenando algo más de lo que lo hicimos el último verano.