Francisco, a la Hungría de Orban: «Abrid los brazos»

El Papa reclama en Budapest «acogida al que viene de fuera» tras reunirse con el primer ministro europeo más reacio a los migrantes

Francisco saluda a Viktor Orban durante su encuentro en el Museo de Bellas Artes en Budapest
Francisco saluda a Viktor Orban durante su encuentro en el Museo de Bellas Artes en BudapestVATICAN MEDIA HANDOUTEFE

Solo han sido siete las horas que ha pasado el Papa Francisco en Hungría, las suficientes para comprobar, en primer lugar, que la recuperación de la operación de colon a la que se sometió en julio ha ido según lo esperado. De lo contrario, no podría haber superado una jornada maratoniana que incluyó hasta cinco alocuciones, misa multitudinaria, encuentros institucionales varios y dos vuelos, el que le trasladó de Roma a Budapest y el que hizo lo propio hasta Bratislava, donde continúa esta gira europea.

Aunque esta presencia húngara del todo fugaz tenía como único motivo participar en la clausura del Congreso Eucarístico Internacional que tuvo que posponerse hace un año por la pandemia, las miradas de unos y otros estaban puestas desde hace tiempo en el encuentro con el Papa con el polémico primer ministro Viktor Orban. Incluso en el «no encuentro», ya que incluso se dejó caer hace unos meses que la cita no tendría lugar. Se le dio tal credibilidad que los obispos húngaros tuvieron que salir al paso con un desmentido. Algunos colegas centraron toda la atención sobre una ausencia hubiera resultado injustificable por muy diversas que sean las posiciones de Bergoglio y Orban sobre las cuestiones ligadas al problema de la migración.

Después de una brevísima ceremonia de acogida en el aeropuerto, la caravana papal se desplazó a toda velocidad hacia el centro de la capital, donde su Museo de Bellas Artes acogió la cita con el presidente de la República Janos Ader y el polémico primer ministro, ubicado en un segundo plano. Al Papa, le flanqueaban el cardenal Pietro Parolin como secretario de Estado –primer ministro eclesial– y Paul Richard Gallagher –el equivalente al ministro de Exteriores del Vaticano–. A priori, la media hora larga de la audiencia no permite suponer que la atmósfera haya sido tensa. Tras la cita, la Santa Sede lanzó un comunicado oficial en el que se limitó a comentar que en la reunión solo se habló «del papel de la Iglesia en el país, el compromiso para la salvaguardia del ambiente, la defensa y la promoción de la familia». Ni una mención a los migrantes, tema que también eludió Orban en sus valoración en redes sociales: «He pedido al Papa que no deje morir a la Hungria cristiana».

Si de puertas para adentro el Pontífice decidió abordar el asunto, no ha trascendido. Pero sí aprovechó su estancia en uno de los países europeos más reacios a la acogida de refugiados para aleccionar a su equipo, esto es, a los obispos húngaros. Ante ellos no dudó en hacerles un encargo: «Les pido que muestren siempre un rostro acogedor hacia los que vienen de fuera, un rostro fraterno, abierto al diálogo». Un Papa no necesita ser más explícito para marcar el camino. Les recordó que su país en poco tiempo se ha transformado en un «entorno multicultural». «Esta realidad es nueva y, al menos al principio, da miedo. La diversidad siempre da un poco de miedo porque pone en peligro la seguridad adquirida y provoca la estabilidad conseguida», reconoció el Papa, que instó a los pastores a «abrirnos al encuentro con el otro y cultivar juntos el sueño de una sociedad fraterna». Además, les reclamó que arrimen el hombro para impulsar una «democracia que necesita consolidarse». De puertas para adentro, también les llamó a poner en marcha «un renovado anuncio del Evangelio» frente a quedarse «detrás de un vestido de tradiciones religiosas que pueden esconder lados oscuros».

Durante el rezo del ángelus, de nuevo el Pontífice parecía abordar sin apuntar con el dedo de nuevo la cuestión de los refugiados. «Deseo que la cruz sea vuestro puente entre el pasado y el futuro. El sentimiento religioso es la savia de esta nación, tan unida a sus raíces», iniciaba su meditación que proseguía así: «Pero la cruz, plantada en la tierra, además de invitarnos a enraizarnos bien, eleva y extiende sus brazos hacia todos».