Las prostitutas que no caben en el feminismo: «Nos excluyen porque no somos la mujer que esperan»

La manifestación del 8-M estuvo dividida por la corriente abolicionista del trabajo sexual. Quienes lo defienden, insisten: «Contra la trata estamos todas»

Una mujer en la calle Montera de Madrid
Una mujer en la calle Montera de Madrid FOTO: Jesus G Feria La Razón

Marcela lleva un gorro de pelo sintético y guantes negros para no coger frío mientras espera clientes en una rotonda del polígono de Villaverde. Aunque en los meses de invierno suele estar de pie para moverse un poco y entrar en calor, la tarde del miércoles esperaba sentada en una silla a que alguien pasara con el coche y le preguntara el precio de sus servicios. «Yo soy muy clásica en el sexo. Si me piden algo raro les digo: “no, mi amor” y no insisten. Por lo general la gente es maja». A sus 40 años, lleva desde los 14 ejerciendo la prostitución. Fue la edad a la que se marchó de su casa en Guayaquil (Ecuador). Eran seis hermanos, hijos de madre soltera y había demasiada necesidad: «Yo quise volar, siempre he sido muy rebelde», asegura.

Dice que ya desde pequeña se fijaba en las mujeres que se ofrecían en una zona de «cuatro cuadras» de su barrio natal y siempre le llamó la atención lo guapas que iban. «Primero probé a servir en una casa de ricos pero eran muy altivos y me fui. Solo duré en una semana». Junto a una amiga, decidieron probar en el mundo de la prostitución. «No tengo mal recuerdo de mi primera experiencia. Fue caballeroso y me pagó muy bien», sostiene.

De Casa de Campo a Villaverde

Fue en el 98 cuando llegó a España y, tras instalarse con unas conocidas en una pensión de la calle Jardines, comenzó a ejercer en Casa de Campo. «En Montera pasa demasiada gente que no reclama servicios: niños, gente mayor... Aunque lo tenía al lado, no sé, me sentía incómoda y no llegué a trabajar ahí». Su visado tenía tres meses de vigencia pero reconoce que le gustó España y quiso quedarse. No ha sido hasta 2010, sin embargo, cuando ha conseguido la nacionalidad española pero asegura que a lo largo de todos estos años que nunca se ha planteado trabajar en otra cosa. «Soy feliz así: vivo en Chamberí, cerca de Ayuso. Solo me podría interesar ser actriz y el mundo del artisteo; lo demás, no me llama nada la atención».

Marcela explica cómo ve ella la prostitución: «La mayoría de los clientes que vienen están bastante bien, siento placer y me pagan», sostiene, pero lo que más dice valorar es la libertad que le da: «Si un día no quiero venir, no vengo, o echo menos horas. Hago lo que me da la gana con mi horario y con mi cuerpo». Eso sí, deja claro cómo lo ven ella y muchas de sus compañeras: «Yo no vendo mi cuerpo, presto un servicio con una parte de mi cuerpo que es igual que cualquier otro». Esta visión de la prostitución choca frontalmente con la de las abolicionistas.

Blanquear a los “puteros”

Ellas, sin embargo, creen que el trabajo sexual debe ser derogado sin vigencia legal por defender la dignidad de las personas. Por eso están en contra de que se puedan sindicar como trabajadoras del sexo, porque eso sería reconocerlo como un trabajo, algo que no consideran. Creen que es una forma de violencia extrema contra la mujer ejercido desde un sistema patriarcal y consideran incompatible los derechos humanos y, en particular, de las mujeres con que un hombre pueda comprar sus servicios sexuales. Es decir, opinan que sería normalizar la explotación del cuerpo de la mujer y «blanquear» a los explotadores y “puteros»: el «lobby putero y el lobby proxeneta».

“No somos víctimas”

Pero Marcela y muchas como ella insisten en que no son víctimas de ninguna explotación. «Siempre mezclan la trata de mujeres con el trabajo sexual y no es lo mismo. En contra de la explotación estamos todos ¿cómo alguien va a defender eso? Pero de la sexual y la laboral, que en muchas de las asociaciones que vienen a “rescatarnos”, como ellas dicen, tienen a gente trabajando jornadas larguísimas a sueldos ridículos. Eso también es explotación», apunta. El trabajo, eso sí, ha bajado mucho; algo que no concuerda con las cifras que manejan las asociaciones abolicionistas, que hablan de un incremento de «puteros».

Marcela asegura que desde la entrada en vigor de la Ley de Seguridad Ciudadana 4/2015, la llamada «Ley Mordaza», el trabajo se resintió porque comenzaron a multarlas: a prostitutas y a clientes. Aunque ella «presume» de ser la más multada de todas. «Soy a quien han puesto más sanciones de todo el polígono: siete multas en año y medio, aunque no he pagado ninguna. La última, aquí en la calle Resines, que ponía que era por ejercer al lado de una iglesia y no hay ninguna en toda la calle. Además, me molestó que en la multa de el cliente pusieran mis datos ¿Por qué tiene que saber él como me llamo etc?»

Las app de citas les quitan trabajo

Entre las multas, la crisis y el coronavirus, el negocio ha empeorado porque los precios los han mantenido. Eso y el auge de las webcam y las aplicaciones para ligar. «Muchos clientes te lo dicen: es que me meto en páginas como “Adopta a un tío” y quedo con chicas para tener relaciones gratis». Y plantea: «Con eso no pasa nada porque es gratis ¿no? Si dos desconocidos quedan para tener relaciones no pasa nada, el problema es el dinero ¿Es eso? Si no hubiera dinero de por medio y estuviéramos aquí haciéndolo gratis, no pasaría nada. ¿Iban a venir a decirnos que nos estamos denigrando?».

Tanto Marcela como sus compañeras trans se quejan de la doble moral que existe en la sociedad y de que muchas asociaciones les han dado la espalda. «Venían por aquí ofreciéndonos preservativos pero, si esto nos explota, ¿por qué me das material para que nos sigan explotando?» Las chicas de este polígono, con Marcela a la cabeza como presidenta, intentaron crear una asociación llamada AFEMTRAS: Asociación Feminista de Trabajadoras Sexuales, pero no les dejaron registrarla por la utilización de las dos últimas palabras. Fue antes de la creación del primer sindicato de trabajadoras sexuales, llamado «Otras», después de que el Supremo permitiera sindicarse en una histórica sentencia el 2 de junio del pasado verano.

El Supremo no “legaliza” la actividad

Lo que decía entonces el ato tribunal está muy claro: reconocen el derecho a sindicarse sin que ello determine la «legalidad o ilegalidad» de la actividad. Eso sí, subrayaban que solo la prostitución ejercida por cuenta propia, no ajena. El sindicato, que en su web aseguran que «no somos víctimas, no necesitamos rescates ni tutelas, solo derechos laborales, como establece el artículo 28 de la Constitución», se reunieron el pasado 8-M en el parque de El Retiro, por hacer un acto el Día Internacional de la Mujer ya que no iban a acudir a la manifestación para evitar peleas con las abolicionistas. «Ya hemos tenido varias enganchadas y pasamos. Debería ser un día para estar unidas pero ellas van contra nuestros derechos», decía una de ellas. Su portavoz, no obstante, no quiso hablar con este diario. Se quejan de que durante el confinamiento, por ejemplo, el Ministerio de Igualdad solo hizo un plan para las víctimas de trata.

“No es lo mismo trata que trabajo sexual”

Y Marcela insiste: «no es lo mismo trata que trabajo sexual. Si al final gana el abolicionismo e implantan el modelo sueco, que es lo que quiere hacer esta ministra de Igualdad, yo tendría que marcharme a ejercer fuera». Y explica cómo ve ella feminismo: «Yo no quiero ser dependiente del sueldo de un hombre. He tenido parejas y nunca me han dicho que deje mi trabajo. Cuando me lo han sugerido he dejado la relación. Un hombre no va a decidir mi vida y no voy a ser sumisa. Y resulta que ahora va a venir una mujer a decirme que lo que hago está mal y que mi forma de vivir cabida dentro del feminismo ¿Quién es nadie para decirme si soy feminista? Creo en la igualdad pero también en la libertad de decidir lo que te de la gana hacer».

Sus compañeras y ella se han sentido tan decepcionadas con las asociaciones y ONG que atienden a las mujeres que ejercen en la calle que lanzan críticas muy duras contras ellas. «Muchas lo hacen por dinero. Si dices que eres abolicionista y que quieres rescatar a víctimas de trata de la calle te llueven subvenciones del Gobierno, de la Comunidad, del Ayuntamiento... Mucho dinero, hazme caso. Pero ninguna dice que defiende nuestro trabajo porque ahí no les dan dinero. Es triste pero es así. Nosotras lo vimos hace muchos años ya y por eso ahora no les cogemos ni los preservativos», dice irónica.

“Todas valemos lo mismo”

También han sentido que muchos partidos políticos les han dado de lado. «Del PP y el PSOE también lo sabíamos pero Ciudadanos y Podemos se reunieron con nosotras antes de entrar a gobernar. Podemos se comprometió a ayudarnos y mira cómo han enfocado el tema cuando han llegado al Gobierno: con una ley más radical que los otros partidos porque directamente quiere abolirnos. Luego lo justifican con que ahora solo multan al cliente: si tu tienes una cafetería y me multas al que venga a tomar café, me estás hundiendo a mí. Carmena también se comprometió y luego ni nos ha recibido. Así que ¿qué esperar de nadie? Lo único que nos molesta es que nos quiten la voz y haya algunas que decidan qué es el feminismo ¿Yo soy menos feminista? ¿O es que soy menos mujer porque no soy como ellas quieren? Nos sentimos excluidas: si no eres como nosotras, no te dejamos hablar ni que vengas a nuestra manifestación». «Hay mujeres de todos los tipos y ninguna somos quién para decirle a otra que ella es menos. Es como si aquí decimos a una compañera que si no haces tal tipo de servicio eres menos que otra. No, aquí cada una que haga lo que quiera. Todas valemos lo mismo. Lo mismo. Eso que quede claro».