Adif

En busca de la normalidad

Tres jóvenes que viajaron ayer en la misma ruta que el tren accidentado muestran a LA RAZÓN su billete
Tres jóvenes que viajaron ayer en la misma ruta que el tren accidentado muestran a LA RAZÓN su billetelarazon

Los viajeros vuelven a ponerse en marcha. A pesar del trágico accidente que ha asolado Santiago, el intenso trabajo de los trabajadores de Adif ha conseguido que por las vías donde hace tres noches morían decenas de personas, vuelvan a circular vagones llenos de pasajeros. Eso sí, todos los trenes que circulaban, lo hacían más lentos de lo habitual, sobre todo cuando llegaban a la fatídica curva. «Directamente nos paramos al entrar en la curva», comenta Sandra Rodríguez, gallega que estudia Periodismo en la capital. «Vuelvo a casa después de graduarme». Tenía su billete Madrid-La Coruña desde el lunes y «cuando vi las imágenes del accidente me entró un poco de respeto, pero sabía que tenía que cogerlo». Llegó pasadas las siete de la tarde a su casa. El mayor trago lo superó al llegar a la estación de Chamartín: «Todos hablábamos de lo mismo. Los comentarios se sucedían. Es más una señora se acercó a un policía y le dijo: ''Somos valientes, ¿eh?». Pero ella lo tenía claro: «Estaba inquieta, pero me senté». Una vez en el tren, la tranquilidad se adueño de los pasajeros y las paradas se sucedieron sin problemas. Tras varias horas de trayecto, de repente, el tren redujo drásticamente su velocidad. Se acercaban a la curva. «Vi como la gente se levantaba de sus asientos, estaban expectantes». De repente el tren se paró por completo. Habían llegado a Angrois, al lado de la «maldita» curva. Los operarios seguían trabajando en un lateral. «Los amasijos de hierro seguían allí y la gente trabaja sin parar, mientras el tren avanzaba con lentitud». Las ventanillas se llenaron de curiosos: «¡Esta es la curva!», se oía dentro del Alvia. La policía controlaba que vecinos y curiosos no se acercaran a ver los restos del suceso. Aún estaban las dos máquinas –la delantera y la de cola– apartadas en el lateral. Tras superar el trago, llegaron a Santiago y, minutos más tarde, a La Coruña. Jaime, Almudena y Jaime hacían el camino contrario que Sandra. Los tres madrileños, estudiantes del colegio Maravillas, volvían de su segundo año de Camino de Santiago. En la estación de tren, otro peregrino les acompañaba. Se despedían. Habían puesto fin a una semana intensa. El jueves habían abrazado al Apóstol y cada uno tenía organizado un verano diferente. «Sabemos que el camino de regreso es seguro, aunque me da un poco de mal rollo después de lo que ha pasado, pero seguro que existen medidas de seguridad e irán con cuidado», dice ella, que mira con miedo los veinte minutos que distan de su entrada en el tren. Los «jaimes» parecían menos afectados, pero uno de ellos aseguraba que «nuestra entrada a la Plaza del Obradoiro ha sido triste porque esta vez ha sido mucho más apagada. La tragedia se palpaba». Otro de los chicos del grupo que habían acudido a despedirles, Nacho, se había convertido en la radio del equipo: «Mi padre me ha ido contando lo que ha pasado, pero queríamos huir de las imágenes, ya sabemos que son muy duras». Todos confían en la seguridad de los trenes españoles. No los ponen en duda: «No pasará nada. Le hemos rezado al Santo para que nos proteja». Jaime Vaquero lo tenía claro: «Me voy a dormir porque yo creía que al ir en otro carril no íbamos a pasar por allí y ahora prefiero no verlo». Pero el joven, al final, miró, es más hizo fotos y al llegar a Madrid llama a la redactora: «Ha sido todo tranquilo. Sólo había un chico extranjero haciendo fotos. El azafato nos ha tratado con cariño, sabía que necesitábamos sentirnos cómodos. Son circunstancias especiales».