Salud

Insomnio, la pandemia del milenio

Según la OMS, entre un 10% y un 20% de la población mundial lo sufre de forma crónica. De él se dice que fomenta la creatividad: el primer cuento de Kafka fue resultado de sus vigilias y Frank Lloyd Wright se inspiraba a las cuatro de la mañana para pintar sus cuadros.

Eduardo Rubio, pintor y dibujante, cuenta a La RAZÓN cómo aprovecha sus noches de insomnio para crear
Eduardo Rubio, pintor y dibujante, cuenta a La RAZÓN cómo aprovecha sus noches de insomnio para crearlarazon

Según la OMS, entre un 10% y un 20% de la población mundial lo sufre de forma crónica. De él se dice que fomenta la creatividad: el primer cuento de Kafka fue resultado de sus vigilias y Frank Lloyd Wright se inspiraba a las cuatro de la mañana para pintar sus cuadros.

A las tres y media de la madrugada las luces del dormitorio de Eduardo Rubio llevan un buen rato encendidas. Este pintor y dibujante mexicano afincado en España es uno más de esos 770 millones de ciudadanos de todo el mundo que padecen insomnio crónico. «Nunca fui muy bueno para dormir, pero insomnio como tal lo padezco cuando mi nivel de estrés supera cierto límite que puedo sobrellevar». Cuando buena parte del país disfruta de su sueño más profundo, su cerebro decide despertar, algo que ocurre hacia las tres o las cuatro.

Hace ya tiempo aprendió que el mayor error era resistirse, contar ovejas o dar vueltas en la cama, por lo que tomó una sabia decisión: «¿Por qué seguir tumbado cuando mil ideas empiezan a inundar mi cabeza? En momentos de excitación o entusiasmo con algún proyecto, se me ocurren mil cosas y no puedo parar. Si son medianamente claras, y sabiendo que va a ser imposible retomar el sueño, pienso que la mejor opción es coger el lápiz y la libreta. Es más productivo ponerme en pie y dibujar o escribir sobre aquello que me ronda». Desde entonces, despertarse en mitad de la noche se ha convertido para Eduardo en una suerte de encuentro creativo consigo mismo. A solas y a media luz sigue las palabras de Fernando Pessoa que decía que el mundo es para quien lo conquista y no para quien lo sueña. De sus noches en vela no dejan de emerger personajes con los que proyecta una exposición que podría llevar por título «Los habitantes del insomnio». Dice que empezó en un momento en que su sueño era especialmente malo.

«Cuando lograba conciliarlo, a menudo tenía pesadillas. Entonces dibujaba unos personajes híbridos, mezclados a veces con gemelos siameses o animales sobre fondos negros. Al principio no me detenía a pensar en el significado de las imágenes, pero, poco a poco, comenzaron a aparecer elementos repetitivos que pude ir relacionando con algunos sentimientos. Podían ser miedo, ansiedad, recuerdos de infancia y a veces cierta melancolía dulce». Muchas páginas de la literatura universal, discursos políticos y cuadros gloriosos se han gestado en el silencio de noches insomnes como las de Eduardo. El arquitecto Frank Lloyd Wright, por ejemplo, diseñaba a las cuatro de la madrugada. La descripción que hizo Kafka de ese andar a golpes con el sueño –más fatigoso aún que el propio hecho de estar en vela– es magistral: «Noche de insomnio. Es ya la tercera de la serie. Me duermo bien, pero una hora después me despierto como si hubiese metido la cabeza en un agujero equivocado. Estoy totalmente desvelado, tengo la sensación de no haber dormido nada o de haberlo hecho sólo bajo una fina membrana; de nuevo veo ante mí el trabajo de volver a dormirme y me siento rechazado por el sueño».

Kafka no dormía y ya su primer cuento fue resultado de una de esas vigilias de escritura casi patológica entre lágrimas, temblores y alguna hemorragia nasal. Él achacaba su insomnio al fragor de ideas y estados que le sensibilizaban al caer la noche y que le capacitaban para cualquier cosa sin encontrar reposo. Los biógrafos creen que pudo encontrar en su dificultad para dormir una inesperada fuente de inspiración. Millones de personas comparten con las biografías de estos artistas la falta de sueño. Y no hablamos de una mala noche, sino del segundo problema de salud mental en el mundo o, como ya ha advertido la Organización Mundial de la Salud (OMS), de la pandemia de este milenio. Entre el 10% y el 20% de la población mundial tiene un problema crónico. Un tercio lo sufre de manera puntual.

¿Qué está ocurriendo? En primer lugar, el cerebro trabaja durante toda la noche con el material que le vamos dando a lo largo del día. Yinong Chong, experta en epidemiología estadounidense, indica que la generación en torno a los cincuenta años es la más castigada. La compara con la carne de un bocadillo aplastada entre padres ancianos con buenas expectativas de vida, pero con necesidad de asistencia, hijos que no despegan e ingresos cada vez más ridículos. Deberíamos invertir alrededor de un tercio de la vida en dormir, pero las preocupaciones nos asaltan a mitad de la noche dejándonos en vela. Según la Sociedad Española del Sueño, la dificultad para dormir puede estar detrás de muchos trastornos mentales, malas decisiones y muchas patologías, como problemas cardíacos, obesidad y diabetes. Existe una predisposición genética que podría afectar a casi un tercio de los insomnes. El estudio más reciente, realizado por un equipo de investigadores de la Universidad Libre de Amsterdam, en Holanda, ha identificado una turba de 956 genes responsables. Es un hallazgo muy novedoso ya que confirman que la causa no está sólo en los circuitos cerebrales que regulan el sueño.

Además de este factor, del estrés y otras circunstancias, los expertos observan con preocupación los hábitos nocturnos que estamos adquiriendo. Nos vamos a la cama más allá de la medianoche y siempre encontramos alguna razón para permanecer despiertos y conectados. Son costumbres que desconciertan al cerebro porque le hacen creer que aún es de día y deja de segregar melatonina, una sustancia decisiva en nuestros ritmos circadianos. La ciencia está probando fármacos con melatonina para ganar la batalla al insomnio, pero no acaba de estar clara su efectividad. Eduardo, nuestro protagonista, cuenta que los probó. «Me funcionaban, pero prefiero no depender de nada para dormir», indica. Ahora está practicando una rutina que, según dice, le da buen resultado: «Me levanto temprano, hago deporte y estudio dibujo. Esto me genera tranquilidad y la sensación de conciencia tranquila. Me va impulsando para tratar de ser productivo el resto del día, preparando mis clases, terminando algún encargo de ilustración o trabajando en alguna pieza original. También evito cenar demasiado». Su objetivo sería dejar atrás esas largas temporadas en las que se resignó a trabajar exclusivamente de noche.

El artista sabe que el precio de no dormir puede ser alto. Es fácil imaginar cómo transcurren las horas sin pegar ojo, pero ¿cómo es el día después de una noche en blanco? Un experimento del Instituto de Investigaciones del Sueño detectó que el déficit de sueño se compensa con una jornada de microsueños muy peligrosos, sobre todo al volante. Una encuesta, patrocinada por la cadena Westin Hotels & Resorts, preguntó a 12.500 de sus clientes por la factura de una mala noche. El 29% respondió que, probablemente, tendrían una discusión con el jefe y otro 25% apostó que con la pareja. Además, un 51% escogió dormir a pierna suelta frente a una noche de buen sexo. Con razón dice el psicólogo neoyorkino Arthur Spielman que «el sueño es el nuevo sexo».

¿Cuánto podríamos estar sin dormir? El psiquiatra californiano J. Christian Gillin, autor de numerosas investigaciones sobre los trastornos del sueño, la cronobiología y el humor, responde que, exactamente, 254 horas. O sea, once días. Existen leyendas de personas que han superado este tiempo, pero faltan referencias claras. En los episodios más extremos se dice que terminaron con alucinaciones, ataques de paranoia y dificultades psicomotoras. Silvio Berlusconi declaró que los asuntos judiciales le dejaron 55 días sin dormir, pero su médico, Alberto Zangrillo, se encargó de aclarar que alguna cabezadita a media tarde sí daba. Todos los seres vivos –incluido Il Cavaliere– necesitan dormir, sumirse en ese estado de inconsciencia para que el organismo pueda repararse. Las ratas de laboratorio, por ejemplo, en la segunda semana de vigilia pierden la vida. Aunque bien pensado, si uno llega a los 90 años durmiendo como mucho cinco horas diarias, siempre le quedará el consuelo de haber vivido despierto al menos 7,5 años más que el resto de los mortales. No servirá de consuelo, pero es un dato alegre para los insomnes como Eduardo.