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Niels Högels, el enfermero que mataba por aburrimiento

El mayor asesino en serie de Alemania tras la II Guerra Mundial disfrutaba probando sus habilidades con los pacientes: provocaba el fallo cardíaco para reanimarlos. Así causó la muerte de al menos 100 personas

  • En el juicio, el enfermero dijo que la noche que mató a un hombre tras ser operado fue una de las «más aburridas de mi vida»
    En el juicio, el enfermero dijo que la noche que mató a un hombre tras ser operado fue una de las «más aburridas de mi vida»
Berlín.

Tiempo de lectura 4 min.

04 de noviembre de 2018. 02:03h

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Rubén Gómez del Barrio.  Berlín. 4/11/2018

La casualidad delató al mayor asesino en serie de la historia criminal alemana desde la Segunda Guerra Mundial. Hasta entonces, Niels Högel fue, a los ojos del resto de sus colegas, un enfermero que creció en Wilhelmshaven, en el norte de Alemania, al que le gustaba jugar al fútbol y que nunca tuvo problemas en la escuela. Sus modelos a seguir eran su padre y su abuela, ambos enfermeros. Junto a su currículo intachable, presumía de haber conseguido reanimar en el último momento a varios de sus pacientes aquejados de un fallo cardíaco. Pero todo saltó por los aires en 2005 cuando fue descubierto en pleno acto homicida. Nadie en el hospital de Delmenhorst, en el norte del país, intuyó ni mucho menos desconfió de él. Pero aquel año, la casualidad personificada en una enfermera destapó a Högel en el preciso instante en el que suministraba a un paciente una inyección con una dosis letal de un fármaco para reducir el ritmo del corazón. No era la primera vez. Con tal solo 22 años y recién graduado, Högel se aficionó a provocar paros cardíacos. Ese paciente sobrevivió pero el enfermero fue inmediatamente detenido y, en el año 2008, condenado a siete años y medio de cárcel por intento de asesinato.

El tema no quedó ahí. Poco después, y en medio de todo el escándalo mediático que suscitó el caso, una mujer se puso en contacto con la Policía para expresar sus sospechas de que su difunta madre también podría haber sido víctima del enfermero asesino. La posibilidad llevó a las autoridades a exhumar varios cuerpos de pacientes y a encontrarse de bruces no solo con la confirmación de las sospechas de la mujer, sino con rastros del medicamento empleado por el enfermero en otros cadáveres. El escenario más horrendo saltó por los aires pero ahora se sabe que la masacre de Niels Högel fue todavía mayor. De acuerdo con un psicólogo que evaluó al enfermero, matar no fue nunca su objetivo. Él buscaba una reanimación exitosa. Cuando alcanzaba su propósito, se sentía satisfecho y trabajaba sin contratiempos por unos días; sin embargo, los deseos de probar sus habilidades regresaban. «Para Högel, era como una droga», explicó el experto.

Esta semana, en la apertura del proceso judicial, Högel se confesó autor de la muerte de cien pacientes aunque la cifra podría ser más alta, ya que hay indicios de otros posibles crímenes del procesado. «Lo declarado hasta ahora es lo que ocurrió», aseguró Högel, quien cumple ya una condena a cadena perpetua, dictada en 2015. Pese a que se enfrenta la posibilidad de ser condenado a prisión de por vida, el hombre no mostró remordimiento. Más bien se vanagloria de ser el mayor asesino en serie en Alemania desde la sangrienta Segunda Guerra Mundial.

El nuevo proceso contra el enfermero empezó con un minuto de silencio para sus víctimas, cuyos nombres fueron leídos a continuación. Uno de ellos fue Bernhard Brinkers. Su caso, el número 27 del proceso, relata que «el acusado, sin ningún tipo de orden médica ni indicación, suministró al paciente lidocaína destinada a una reanimación». Aunque el corazón de Brinkers luchó contra la muerte, finalmente se detuvo la noche del 14 de septiembre de 2001. Cuando el fiscal recitó la fecha de su defunción, su hijo Frank –un hombre alto con gafas sin montura y ojos azuleS–, petrificado en un asiento de la sala, no pudo evitar la emoción.

Conmocionado recordó la noche en que su padre, de 63 años y víctima de un ataque al corazón, fue trasladado en helicóptero desde el hospital de Lingen a Oldenburg. «El paciente sigue en la sala de recuperación, no sé nada más», le dijo una enfermera. Se le habían formado coágulos de sangre en el corazón pero, en sus pensamientos, Frank sabía que estaba en buenas manos. Esa misma noche, sobre las diez, sonó su teléfono. Aunque la operación fue un éxito, hubo complicaciones que derivaron en un paro cardiaco. «No sabemos cómo pudo suceder», le dijo el médico. Tampoco lo entendió Frank. Durante 15 años creyó que en el hospital hicieron todo lo posible para salvar a su padre pero el 8 de diciembre de 2016 recibió otra llamada. Un investigador de la comisión especial «Cardio» le contactó para comunicarle que su padre podría haber sido víctima de un crimen. En un juicio posterior, Niels Högel admitió que la noche que asesinó a Bernhard fue, según palabras textuales «una de las más aburridas» de su vida.

Los expertos de la comisión «Cardio» exhumaron un total de 134 cadáveres con el fin de detectar si los cuerpos presentaban restos de medicamentos usados por el enfermero. Con todo, los investigadores reconocen que la lista de víctimas nunca se podrá establecer con certeza porque muchos de los pacientes fallecidos fueron incinerados, a lo que se suma el hecho de que algunos casos se remontan a muchos años atrás y que quizá los familiares puedan tener problemas para recordar los detalles exactos de las muertes de sus seres queridos.

Los hechos se produjeron entre los años 2003 y 2005 en dos clínicas, en las ciudades de Delmenhorst y Oldenburgo, y Högel utilizó un total de cinco medicamentos distintos. Toda Alemania sigue perpleja por un caso que ha puesto en la mira de la opinión pública la responsabilidad de los hospitales donde Högel trabajó y a los que se acusa de no actuar a tiempo para poner fin a la actuación del asesino.

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