Teología de la Historia

El número 13 en la Historia de Fátima

No es difícil calcular las consecuencias que hubiera tenido que Hitler hubiera dispuesto de la bomba atómica antes que EE UU

Imagen cedida por el Museo Hiroshima Peace Memorial que muestra la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima / Archivo
Imagen cedida por el Museo Hiroshima Peace Memorial que muestra la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima larazonfreemarker.core.DefaultToExpression$EmptyStringAndSequenceAndHash@5b2ae4a8

El pasado sábado 19 de agosto comenzamos esta serie de artículos referidos a la Teología de la Historia lo que, dicho en otras palabras, se refiere al «Sentido cristiano» que posee. En concreto, lo hicimos poniendo de manifiesto cómo, en singulares coyunturas de esta, pareciera que Dios ha querido dejar «su firma» en esos tiempos. Esos momentos fueron auténticos parteaguas históricos que vinieron acompañados de particular tribulación, y pese a ello, confirmaron que, como dijera George Huber, «el brazo de Dios» guía la Historia, fortaleciendo la fe y la esperanza de los creyentes, para que quien quiera «ver y entender» pueda hacerlo.

Ese «brazo del Señor de la Historia» suele dejar su «firma», valiéndose de llamativas coincidencias que, como dijo San Juan Pablo II , no son en absoluto fruto de la casualidad, sino que tienen un señalado sentido en sus providenciales designios. El gran Papa Woytila lo vio y afirmó así, al coincidir el grave atentado terrorista que sufrió en la plaza de San Pedro del Vaticano a manos de Ali Agca el día 13 de mayo de 1981, fiesta de la Virgen de Fátima. Sin duda él supo ver en esa singular relación un llamado del Cielo a recordar y cumplir lo que la Virgen había anunciado en su mensaje del 13 de julio en 1917 en la Cova da Iría y reiterado a Lucia el 13 de junio en Tuy (Galicia) de consagrar Rusia a su Inmaculado Corazón para evitar la que sería Segunda Guerra Mundial.

[[H2:El comunismo y los «errores de Rusia»]]

Eran tiempos en los que la Primera conflagración mundial (1914-1918) se había producido, provocando enormes daños con millones de pérdidas de vidas humanas y desastres de todo tipo. De algún modo fue consecuencia de los pecados de los hombres, y la respuesta debía ser una llamada a la conversión para evitar «una guerra mayor» y la expansión de los «errores de Rusia» por el mundo. Esos «errores» serían los derivados del comunismo, después de que en octubre de aquel 1917 la Gran Rusia se transformará en la «Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas»: la URSS.

Lo cierto es que no hubo ni conversión de la Humanidad en aquel periodo de 20 años (1919-1939) ni tampoco se hizo la Consagración solicitada y, en consecuencia, ese tiempo se convirtió en un auténtico «periodo de entreguerras», como es denominado. Ya comentamos en otro artículo cómo, pese a todo ello, Jesucristo concedió una gracia extraordinaria 25 años después, estando ya desencadenada esa «guerra mayor» en 1942, y «para acortarla». Esa Gracia fue la consagración del mundo –¡no de Rusia!– a su Inmaculado Corazón por el Papa Pío XII, tal como la Providencia dispuso que así sucediera, supliendo con su Misericordia el incumplimiento humano.

La dimensión profética de Fátima

No es difícil, a posteriori, comprobar las consecuencias para el mundo que hubiera significado que Hitler hubiese dispuesto de algo más de tiempo para conseguir la bomba atómica antes de que EEUU la tuvieran en 1945, lanzándola sobre Hiroshima y Nagasaki, derrotando así a Japón y finalizando la Segunda Guerra Mundial.

Sin duda, el mundo hubiese sido otro muy distinto al surgido entonces, al estar todo Occidente, con epicentro en Europa, sometido al nazismo. Este sumario y somero recorrido por nuestra reciente Historia nos sitúa ante la decisiva importancia que para la Humanidad ha tenido (y todavía tiene) el mensaje de Fátima de 1917.

Precisamente esa actualidad la reafirmó el Papa Benedicto XVI en su viaje a Fátima el 13 de mayo de 2010, afirmando públicamente que «se equivocan quienes consideran que la dimensión profética de Fátima pertenece al pasado y está terminada». Es un recordatorio muy necesario en el mundo actual, con Rusia en guerra en la frontera oriental de Europa y con Israel también en Oriente próximo contra la organización terrorista Hamás, que mantiene estrechos vínculos con la República Islámica Iraní. Para ayudar a discernir en estos convulsos tiempos la presencia actuante del Señor de la Historia dejando «su firma» en forma de esas no «meras coincidencias», vamos a reseñar las llamativas y reiteradas de ellas producidas con ocasión del fallecimiento de quienes pueden considerarse providenciales y muy importantes instrumentos humanos, elegidos por Maria para el conocimiento y cumplimiento de su mensaje: la Hermana Lucia y el mismo papa polaco. La primera falleció el domingo 13 de febrero de 2005 en el Carmelo de la localidad portuguesa de Coímbra, donde ingresó como religiosa carmelita en 1948. Por su parte, el Papa fallecería el sábado 2 de abril de aquel mismo año 2005 en su apartamento pontificio del Vaticano.

El 13 no es un número de mala suerte

El número 13 está asociado de manera indeleble, por propia decisión de la Virgen María que quiso aparecerse por vez primera a los tres pastorcillos el 13 de mayo de 1917, y les comunicó que acudieran a aquel mismo lugar –la Cova da Iria– el día 13 de cada mes. El 13 de octubre les diría quién era y haría un gran milagro como le habían solicitado para que la gente creyera.

Será la propia hermana Carmelita Lucia, quien poco antes de su partida al Cielo, escribió, por obediencia debida, que se había preguntado el porqué de que la Virgen quisiera aparecerse siempre en ese día. Lo afirmaba en un escrito titulado «el mensaje de Fátima a través del tiempo y de los acontecimientos», que fue publicado por su Padre Provincial carmelita, el 13 de febrero de 2006, exactamente un año después de su fallecimiento. En dicho escrito ella afirmará que fue por representar esa cifra: el 1, la unidad, junto al 3, la Trinidad. De hecho, Fátima es profundamente «trinitaria» con la oración del Ángel de Portugal que se les aparecerá en 1916 enseñándoles a rezar a ese gran Misterio.

Asimismo, la revelación que tuvo Lucia en Tuy el 13 de junio de 1929 fue de la Santísima Trinidad, y ella afirmaría que se le dio «luz para penetrar en dicho Misterio», pero que «no estaba autorizada a contarlo». La advocación de la nueva Iglesia consagrada en 2005 es esa misma. Con esta premisa, podemos intentar escrutar si las muertes tan próximas de Lucia y del Papa tenían algún aviso implícito respecto a la actualidad del mensaje de Fátima.

Siendo el número 13 el elegido por la Virgen para aparecerse allí, e identificado por su principal mensajera su significado, bien podía ser éste el signo que, en su caso, lo acreditara. Y efectivamente tal parece ser la voluntad de Ella, con una llamativa presencia de la cifra 13 en esos sucesos como veremos a continuación. Ya vemos que Lucia falleció el domingo día 13, del mes 2º del año 2005. La suma de los dígitos correspondientes –1, 3 / 2/ / 2, 0, 0, 5/– es exactamente 13. San Juan Pablo II falleció el 2 de abril siguiente –2/4/2,0,0,5/–, cuya suma es también 13, y precisamente en el primer sábado de mes, devoción prometida por la Virgen el 13 de julio de 1917 «para evitar que tantas almas se condenaran al infierno por no haber quienes rezaran por ellas».

Promesa cumplida en Pontevedra el 10 de diciembre de 1925 al revelárselo allí a Lucia. La hora oficial de su muerte fueron las «21.37», cuya suma –2+1+ 3+7–, es también 13. Entre las fechas de sus respectivos «dies natalis» los días transcurridos fueron 49, ( 4+9) que también suman 13.

El siguiente Papa, Benedicto XVI será el 265 sucesor de Pedro, cuyos dígitos –2+6+5– suman también 13. Quizás sea que el diablo, siempre presto a malograr el bien que, por medio de Su Madre, Él quiere conceder a los hombres, ha querido atribuirle a esa cifra un sentido totalmente contrario, presentándolo como un número de mala suerte.

La Virgen María, que se reveló en Fátima como Nuestra Señora del Rosario, es un ancla de salvación al que acudir en «tiempos recios» como los actuales, –que diría santa Teresa– rezándole el Rosario en auxilio de Su querida España.