Si las mujeres deciden

Diputada y secretaria de Acción Institucional de Podemos

La Razón
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Aún recuerdo el impacto que me causó la lectura de la magnífica novela ‘2666’ de Roberto Bolaño sobre los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez, México. El engañoso interrogante sobre los cadáveres de centenares de mujeres asesinadas, torturadas y violadas, que acaban como basura en los terraplenes de las cunetas. Restos del abismo ético en los descampados de la vergüenza. Jóvenes, madres, hijas. Condecoradas en su humanidad con el último tiro de la desgracia.

Dejo la recomendación y recuerdo el esclarecedor informe de Amnistía Internacional acerca de Ciudad Juárez para descubrir que el universo criminal es el mismo siempre: No hay conspiraciones, ni grupos armados, ni psicópatas asesinos en serie... hay una sociedad que ha inculturizado un machismo extremo que no considera a las mujeres parte de la sociedad sino un objeto de ella, que carece de reconocimiento como ser humano y que por lo tanto las niega como sujeto de derechos, que permite violarlas, agredirlas, matarlas... sin apenas conciencia de estar haciendo algo prohibido.

Ciudad Juárez es el epítome del relato de la discriminación y el privilegio de una cultura enferma que permite a unos pocos de sus miembros desaplicar sus propios criterios de justicia a una parte de la humanidad. Mujeres, racializadas, empobrecidas. Las que son nada y todo a la vez. Mercancía para la diversión, tragedia cuando esa diversión es violencia. Ciudad Juárez, Pamplona, el portal de tu casa...

La normalización de la ausencia de reconocimiento de las mujeres como sujeto de derechos, su negación como parte de la comunidad de igual valor social, económico, cultural, ese desconocimiento antropológico de las mujeres que llamamos machismo, nos mata. Empobrece, limita, humilla, agrede, viola y mata. Claro que mata.

Hay que decirlo. Ahora. Cuando una parte de la sociedad vuelve a reivindicar el mal “sin complejos” –amablemente, sí, con ese conocido cinismo victimismo que nos estomaga al mirar el siglo XX-, que reivindica el horror como parte de una identidad tradicional, envuelta en la excusa de una lucha política enferma y destructiva. Hay que recordarlo. El patriarcado –como el racismo, el clasismo, como cualquier discurso de desprecio y odio hacia cualquier grupo social- no es solo la normalización de esa falta de respeto, es la normalización de la criminalidad.

Es la misma normalización de la criminalidad que hemos visto en España en muchos otros ámbitos. No es casualidad que la misma derecha que desprecia lo público, lo que es de todos, lo que se rige por la democracia y no por la propiedad, acabara aglutinada en el partido político más corrupto de Europa. Y no es casualidad que ahora se desgaje en tres mitades de acuerdo en lo esencial: el patrioterismo, el machismo, la opacidad y el mercado neoliberal. Asumámoslo. Hay una parte de este país que mira el machismo y la corrupción con normalidad. Lo público no es de nadie porque es de todos. En todas partes cuecen habas, tú más y lo mismo importa robar unas cremas que regalar todas las viviendas sociales de un ayuntamiento a un fondo buitre para que suba los alquileres y haga negocio con las familias más necesitadas. No existe la política, no existe el respeto a lo público, a la colectividad que nos nombra como muchos, como sociedad, como país. Existe la limosna al vecino, al pobre, al extranjero. La moral. No, no es casualidad.

¿Cómo no va a haber una perspectiva de género en la corrupción? España no es una sociedad corrupta. Afortunadamente en España es impensable deslizar un billete a un policía, ofrecer una prebenda a un funcionario... Y sin embargo tenemos unos niveles de corrupción iguales o superiores a los países en los que estos fenómenos sí ocurren.

¿Cómo es posible que tengamos estos niveles de corrupción política en una sociedad que no practica en su día a día la corrupción? ¿Por qué la corrupción es un fenómeno de las altas esferas, de las direcciones empresariales, de los gabinetes gubernativos y las direcciones funcionariales?

Sería un error identificar la corrupción con el mito de la picaresca española. Es lo que aducen los corruptos. “Todos lo hacen”. Pero cualquiera que se haya sumergido, siquiera un momento, en la historia de la corrupción en España –en la historia reciente de España- sabe que no es cierto: la corrupción florece en los ramilletes del poder, en la opacidad de la relación cómplice, en la impunidad de la protección mutua, en el espacio cerrado de la trastienda de la política, del mercado, de la comisaría, de la redacción...

Son pocos, son amigos, son socios. Son hijos de sus padres y nietos de sus abuelos. Se conocen. Son corruptos. Son hombres. Una minoría de hombres que tiene la opción de estar ahí, en esos espacios no normalizados de decisión. En las cervezas de después. Alguna mujer se cuela. Muy pocas. Como en la vieja sociedad, las mujeres de alcurnia se permiten la excentricidad de entrar en los clubs masculinos. Y nunca “hasta el final”.

La corrupción es un secreto de hombres que se conocen y donde aquellos honrados han sido ya expulsados del secreto. Las mujeres rara vez tuvieron siquiera la oportunidad de serlo. Nunca estuvieron en esa negociación, en esa relación, en ese estadio de complicidad que fundamentalmente se encuentra al otro lado el techo de cristal.

Burdeles de las afueras, volquetes de putas, el sórdido ambiente de corrupción machirula donde el desprecio a la mujer forma parte de la tarjeta de visita. Los espacios de decisión se hacen oscuros, con esa clandestinidad forjada frente al espejo hipócrita de la respetabilidad social y familiar del patriarcado de clase. Lo conocemos.

No nos engañemos. Si en los últimos años ha cambiado la visión ética sobre la corrupción, si hemos asistido a la exigencia y asunción de responsabilidades políticas y jurídicas por la corrupción, ha sido porque han existido unas pocas personas valientes que han salido a contarlo, a denunciarlo. Personas que se han enfrentado a a grandes grupos delictivos con las exiguas armas de su honradez y una valentía más inconsciente que heroica.

Y ahí sí. Ahí sí hay una sorprendente presencia de mujeres, muy por encima de su presencia en el ámbito de su profesión. Muy por encima incluso de su presencia en la sociedad. ¿Sorprendente? ¿Cuántas mujeres había en la policía municipal de Palma de Mallorca para que Sonia Vivas acabara denunciando? ¿Cuántas mujeres había en el Ayuntamiento de Boadilla del Monte para que Ana Garrido acabara denunciando? ¿Cuántas ingenieras había en Aquamed para que Azahara Peralta acabara denunciando? ¿De dónde viene la fuerza de Patricia López para explicar día tras día la cloaca en que se convirtió la cúpula de la policía? ¿Quién empuja la valentía de Clara Reinoso y Arantxa Mejías? De Elisa Pinto, María Teresa Navarro... Tantas mujeres, muchas anónimas, centenares de heroínas de la normalidad democrática, del respeto a lo público, a la justicia, a la mínima moralidad. Heroínas del respeto. Sin más.

Si las mujeres deciden, si el feminismo es una visión de una sociedad más justa, las cosas serán entonces diferentes. Si alguien no quiere ver en este cambio la fuerza del feminismo por irrumpir en la sociedad en términos de igualdad y justicia, allá él. Porque el feminismo ya es imparable.