«WhatsAppitis», el último mal tecnológico en menores

Los pediatras alertan de que ya tienen menores en consulta con este problema de ciberadicción

Es obvio que estamos ante la primera generación nativa digital, que, al revés de lo que marca la historia, enseña a sus padres. Han nacido y crecido valorando la importancia del tacto porque sin este sentido los aparatos que les rodean no tendrían ninguna utilidad. Eso sí, como todo, cualquier uso excesivo conlleva consecuencias. Hace sólo unos meses, la revista «The Lancet» alertaba del primer caso de «WhatssAppitis» en Granada: una médica de Urgencias de 34 años acudió a Urgencias del Hospital Virgen de las Nieves de Granada dos días después de Nochebuena. Se había levantado con un dolor repentino en las dos muñecas, pero no se había dado ningún golpe ni había realizado ninguna actividad que explicara el problema, el único motivo que encontró la doctora Inés Fernández-Guerrero (autora del estudio) es que se había pasado varias horas respondiendo a los mensajes de felicitación navideña. Increíble pero cierto: «La paciente sostuvo su móvil, que pesaba unos 130 gramos, durante al menos seis horas. En ese tiempo, realizó continuos movimientos con ambos pulgares para enviar mensajes», explica la doctora en el artículo. Le diagnosticaron una tendinitis y el principal tratamiento que le indicó fue la «abstinencia» total del móvil. Una prescripción que no cumplió ya que días más tarde, por Nochevieja, la paciente volvió a hacer uso del aparato. El desarrrollo de esta nueva enfermedad preocupa a los doctores, pero especialmente a los pediatras.

«En consulta ya tengo dos casos de menores con "WhatssAppitis". La madre de uno de ellos me ha llegado a decir que su hijo manda unos 1.000 mensajes al día. ¡Una barbaridad!», afirma Jesús García Pérez, jefe de la unidad de Pediatría Social del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid y presidente de la Sociedad Española de Pediatría Social (SEPS). Los menores han convertido las redes sociales en su prioridad y «ese envío constante de mensajes tiene efectos secundarios como inflamaciones en el tendón que recorre el pulgar y la muñeca». Aunque la obsesión por la tecnología ya conlleva un problema físico, lo que más preocupa a los expertos son sus consecuencias psicológicas y sociales. «Uno de los dos chicos que tengo en tratamiento me ha afirmado, espero que en broma: ''Un día se fue internet y tuve que salir de mi habitación y conectarme con mi familia. Me sorprendió porque parecían gente maja''. Sólo con este comentario ya me di cuenta de que el chico se estaba aislando y este es uno de los síntomas a los que los padres deben prestar atención». Y no solo a ése. Se suelen conjugar varios cambios conductuales que indican la «ciberadicción»: no respetar las comidas ni las horas de sueño, cambio drástico del carácter, pérdida de empatía y, en muchas ocasiones, «mienten sobre las horas que dedican a la tecnología o esconden alguna de sus actividades», añade el doctor. En principio, todas estas actitudes sólo afectan al menor, pero «en ocasiones, cuando no reconocen que tienen un problema, también roban».

Estas primeras pistas acerca de la obsesión que los niños pueden tener con las redes sociales no se detecta a la primera, «suelen llegar a la consulta por un problema de actitud en casa o en la escuela, faltan al colegio e incluso abandonan los estudios, pero hasta que no hablamos con ellos y con sus padres no detectamos el verdadero problema». El experto asevera que es un problema muy nuevo del que no existen estudios clínicos que «nos ayudarían a entender mejor el problema porque aunque no existe diferencia entre chicos y chicas a la hora de usar en exceso la tecnología. Sus actitudes varían. Por ejemplo, ellas suben más fotos a la red que ellos».

Lo que está claro es que detrás de esta obsesión por estar permanentemente conectados existe un problema mayor: «Es importante evaluar la autoestima del menor, los posibles problemas familiares que puedan tener o si está padeciendo maltrato entre iguales. Eso sí, como resalta García Pérez, que también preside la Asociación Madrileña para la Prevención del Maltrato Infantil (Apimm), «es importante no demonizar al menor. Nuestro trabajo es crear un tratamiento personalizado que también implique a sus padres para conseguir que cambie su conducta».

Los padres, como asegura Jorge Flores, coordinador de Pantallas Amigas, también son parte del problema: «Estamos preocupados por el uso abusivo de las nuevas tecnologías pero detrás de este problema suelen fallar las conductas de los padres. Recurren fácilmente al móvil-niñera». Esta actitud la comprueba cada día García Pérez en su consulta: «Antes tenía que llamar la atención a los padres porque sus hijos correteaban por la sala de espera y solían optar por darles un caramelo, ahora ese caramelo es el teléfono o la consola. Ya no se escucha ni un grito». Por ello, para evitar estas actitudes, el pediatra siempre plantea a las familias un plan que «fomente la comunicación y la confianza entre menores y sus progenitores. También es importante contar con un aliado dentro del círculo de amigos del menor». Todo ello para que los progenitores sean capaces de identificar actitudes como ansiedad ante el no uso del teléfono o del ordenador, irritabilidad e incluso evitar que pierdan amistades.