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José Tomás, la leyenda continúa

Impactante tarde del diestro de Galapagar en Granada después de 21 meses sin torear en ninguna plaza europea

José Tomás sufrió una brutal voltereta que le obligó a visitar la enfermería aunque volvió al ruedo para matar al astado
José Tomás sufrió una brutal voltereta que le obligó a visitar la enfermería aunque volvió al ruedo para matar al astadolarazon

Granada. Primera de la Feria del Corpus. Se lidiaron toros de Victoriano del Río (1º, 5º y 6º), Domingo Hernández, (2º, 3º y 4º) y Juan Pedro Domecq (2º bis), bien presentados en general, serios y con remate. El 1º, de buen juego; el 2º, de ritmo desigual y paradote; el 3º, de buen juego, con transmisión; el 4º, rejado; el 5º, movilidad sin entrega y a menos; y el 6º, complicado. Lleno de «No hay billetes».

Finito de Córdoba, de rioja y plata, dos pinchazos, aviso, estocada baja, tres descabellos (silencio); estocada corta y caída (silencio).

José Tomás, de tabaco y oro, estocada desprendida y trasera, descabello (oreja); pinchazo, estocada, descabello (dos orejas).

Rafael Cerro, de blanco y plata, estocada (oreja); dos pinchazos, estocada (oreja).

Era cuestión de días. Un par o tres los que en la cuenta atrás restaban a los tres meses. 21 en la suma en el vacío. Casi dos años después de ver la obra maestra de José Tomás el 16 de septiembre en Nimes, volvía. No lo hubiera firmado yo hace tiempo. Aquella mañana francesa, en el Coliseo romano, fue todo historia, la suya y la nuestra, y con la fatídica sensación de que detrás de esa inmaculada y genial obra de seis toros seis nos atraparía hasta el cuello, qué desasosiego, el silencio. El desierto. Casi dos años, cual condena, fueron necesarios para quitarme la razón. Ironías del destino, caprichos que dicen, la vuelta de José Tomás coincidió con la coronación de Felipe VI. Dejamos Madrid, el corazón de la historia, y encaminamos al sur, destino la ciudad andaluza. Una multitud se arremolinó en los aledaños de la plaza, un «no hay billetes» esperaba dentro. A quince minutos de que diera comienzo el festejo llegó al coso José Tomás, furgoneta azul, el contraluz en su rostro, y vestido tabaco y oro. Impresionaba. Hay cosas que no tienen explicación. La alegría, esta vez, nos duraría poco. Se fue derramando en la falta de fuerzas del segundo, primero de José Tomás, y después de las vueltas y revueltas que necesitó el presidente asomó el pañuelo verde. Salió un sobrero de Juan Pedro Domecq, que fue toro irregular en el ritmo. La expectación que despierta el torero de Galapagar hace que se redoblen los silencios. Es un espectáculo en sí. La faena fue de menos a más, conteniendo las irregularidades, buscándose, buscándonos, y llegó el trofeo. Correcto. Bien. Pero algo fuera de lo común vivimos en el quinto. Aquello fue transitar en otro mundo, en otros mundos, en los del buen toreo y en los de la épica. En los del lance que conmueve y ese pellizco, ese punto más que te deja noqueado, mudo, sin aliento. Eso es José Tomás. Momentos únicos. Inesperados. Lanceó perfecto a la verónica a ese quinto de 580 kilos, montado arriba que salió cazando moscas y ya lo hizo en los burladeros y pegó un apretón en el caballo. E importaba un comino, porque nada importa a un tipo que es capaz de darse. Se fue a los medios y por estatuarios se jugó los muslos, pero hablamos de emoción y de arte, de profundidad, sentimiento, las bases que hacen que el toreo se rumie, se sienta, y no te deje impávido, aunque al cabo de la temporada superes las cien tardes. Le cogió la medida al animal, que se movía sin entrega, sin humillar, por la derecha, erguido el torero, plantado, taladrado al suelo, la muleta rota por abajo, los pitones por arriba, y bello. También al natural. Así andábamos, cautivados, cuando el toro se rajó, lo había cantado. Midió los tiempos José Tomás pero tuvo el inexplicable descuido de perder la cara al toro. Y ese instante fue desgarrador. Lo cogió de una manera tan agresiva, tan violenta, le vapuleó de tal manera, que dolió en el tendido, se quedó maltrecho, bocabajo, inerte. Qué pavor trepaba por todos los poros de la plaza. Urgía la enfermería como urgía saber qué tenía el torero. Fino salió a darle muerte y antes de que éste lo consiguiera, la plaza se puso en pie, volvió el dios de piedra a no dejar su obra inacabada. Joder, el alma desencajada, si es que eso es posible. Se caía la plaza. Épica, emoción, dignidad, arrestos. Otro planeta, el nuestro, el suyo...

Rafael Cerro brindó el tercero a José Tomás, a él le debía su puesto en el cartel e intentó amarrar la oportunidad con todas las armas que tenía a su alcance. Con la diestra dejó el toreo más reunido y ligado con un tercero que le costaba un punto arrancarse pero luego tomaba el engaño con transmisión y por abajo. Con el sexto echó el resto. Con el capote, larga cambiada de recibo, quite, ilusión. Aguantó los envites iniciales del toro, que no siempre fueron claros y se arrimó cuando el victoriano perdió fuste. No se podía pedir más. No amilanarse en una tarde así ya es todo un éxito.

Finito de Córdoba hizo una faena extra larga a un cuarto que la mereció extra corta. Rajado desde el principio y de poca historia salió el de Domingo Hernández. Otra cosita tuvo el astado de Victoriano del Río que abrió plaza. Sí se desplazó por el pitón derecho con muy buen aire en la muleta de Fino. La faena del torero quedó en los ilusionantes comienzos, en las trincheras, y ahí murió después con tres o cuatro muletazos extraordinarios. Entre una cosa y otra, nada.

El huracán José Tomás arrasaría después. En una feria de segundo circuito, es verdad, pero ayer volvió a alimentar la leyenda, 21 meses después de sublimar el toreo.