Toros

Sentirse libre, no «asesino»

Los toros regresan a Palma de Mallorca con la corrida “monstruo”, y una buena entrada en los tendidos

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Volvieron los toros a Palma de Mallorca, a la bellísima plaza, o lo que es lo mismo regresó la libertad después de una tomadura de pelo al más puro estilo carnavalesco, que se permitieron el lujo de llamar la “ley balear” y burlarse de una tradición española con la que se identifican muchas personas, ajenas otras tantas. Un año duró el experimento político de creerse superior y quitar o poner allá donde no tienen derecho. Fue el propio Tribunal Constitucional el que se encargó de derrumbar la ley sacada de la manga y devolver la libertad a los ciudadanos. Libres para pagar su entrada e ir a ver el espectáculo, libres de no pisar nunca jamás una plaza de toros. Una libertad condicionada, envenenada, como las muchas trabas que ha sufrido la empresa a la hora de lograr los permisos para la celebración del festejo, apenas 24 horas antes de su celebración. En vilo hasta el final. Por otro lado, sin sorpresas, se esperaba.

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Separados por una calle, al otro lado, la frontera divisoria, ocuparon un grupo de antitaurinos la acera enfrente de la plaza de toros, que es en sí un monumento y está de celebración. Le caen los 90. Eran pocos, ¿200? ¿300? Suponían la antesala de la celebración. El coro amenazante y sucio capaz de guiar la entrada de cualquiera con el consabido e infernal griterío de “asesino” o “asesina”. Para todos hubo. Difícil escaparse de una ametralladora moral que cuestiona principios “animalistas” contra la integridad de las propias personas. Incomparable con la expresión libre, previo paso por taquilla, que nos encontramos minutos después dentro de la plaza. La gente decide, cuando la dejan.

Anécdotas aparte, la de los antis y sus gritos edificantes, Mallorca presentó una buena entrada, a pesar de la caída del cartel de Roca Rey, que es la figura del momento, el torero peruano que tira de taquilla, que casi asegura el “no hay billetes” colgado el día que se anuncia, fue sustituido por El Fandi para rematar la corrida monstruo. De ocho toros que nos llevaría hasta entrada la madrugada. Morante de la Puebla, Julián López “El Juli” y José María Manzanares darían cuenta de un encierro de la divisa de Juan Pedro Domecq.

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Suponía este regreso la vuelta del ejercicio de la libertad, reflejado en la propia Constitución y pertrechado por los políticos de turno. Ocurrían cosas extrañas, a pesar de los gritos de “asesinos” a la gente se le veía feliz, a su aire. A pesar, también, de que en la propia puerta de la plaza, justo debajo de la inmensidad de la Puerta Grande, un cartel, tirando a cutrón, impresión rápida, letras gigantes a prueba de vista cansada y negritas recordaba la prohibición de la entrada a los menores de 18 años. Dato tan curioso como que para ejercer la tauromaquia como profesional el Estado fija los 16 años como edad permitida. Pero cortar la raíz de la afición es asegurarse que no haya futuro. Bien lo saben en Barcelona, pioneros en estas cosas en el caldo de cultivo del nacionalismo. No quedaba ahí la cosa. Espanto mayor era aquel, con las mismas trazas, quién permitiría que eso estuviera colgado a la entrada de la plaza, a la vista de todos, otro cartel, con tintes de oficialidad o de querer serlo, que decía: “Este espectáculo puede herir la sensibilidad de los espectadores. No se pueden consumir bebidas alcohólicas”. (Como si entrar fuera gratis y no supieras dónde vas). Ambas noticias inauditas. Primera plaza en la que no se pueden consumir bebidas con alcohol. No hay mejor demostración que la empírica que refuerza que la tauromaquia es de los pocos espectáculos en los que se puede beber y se permite la entrada de botellas sin altercado de por medio. Registro del bolso a la entrada. Haciendo historia. La primera vez de muchos de oficio. Por un momento pensé que era Leiva quien aguardaba al otro lado del muro.

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Ya dentro, vuelta a la normalidad, espectacular la plaza. Por dentro. Por fuera. Gente de todas las edades fueron llenando el coso, que afora casi 12.000 localidades. Cada cual ocupando su asiento como quien encuentra su sitio más allá del lugar elegido en la plaza. Es otra historia. Era otra historia esta vuelta a la normalidad. A los toros en Palma. Con las dificultades sibilinas de la encrucijada política, con el robo de la afición en la infancia, con la traición de no poder compartir en familia. El regreso es un éxito, como lo es la multa sufrida por este boicot a la fiesta saltándose el derecho de los ciudadanos y el propio poder de los gobernantes a instancias de la denuncia de la Fundación Toro de Lidia.

Con una ovación estalló el público cuando con más de diez minutos de retraso dio comienzo el festejo nocturno. Ocho toros quedaban por delante. Ocho ejemplares de Juan Pedro Domecq. Morante, El Juli, Manzanares y El Fandi. La Fiesta, como siempre y como nunca. Gritos de “libertad” en profunda contradicción y tan lejos de la encrucijada “asesina”.

Cuando reinaba la calma, al acabar Morante con el primero, saltó un antitaurino al ruedo. No llegó al minuto de gloria, pero las provocaciones van camino del infinito. Y más allá.

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