«Altered Carbon», el futuro se llama «Blade Runner»

El clásico de Ridley Scott es la principal fuente de inspiración de la nueva serie de ciencia ficción de Netflix

La gran baza de esta serie es su factura visual, que arroja al espectador a la cara su belleza estética
La gran baza de esta serie es su factura visual, que arroja al espectador a la cara su belleza estética

El clásico de Ridley Scott es la principal fuente de inspiración de la nueva serie de ciencia ficción de Netflix.

Decir que «Altered Carbon» se parece a «Blade Runner» es como decir que el Real Madrid actualmente no pasa por su mejor momento: ambas afirmaciones se quedan increíblemente cortas. La nueva serie de Netflix transcurre en el mismo universo distópico que el clásico de Ridley Scott, mugriento y lluvioso y lleno de hologramas publicitarios y de coches de policía voladores. Y no pasa nada. Aquella película, después de todo, ha sido imitada hasta la saciedad en los últimos 35 años, algo por otra parte de lo más lógico: el futuro oscuro, impersonal y automatizado que predijo resulta cada vez más cercano a nuestro presente. Por un lado, las élites increíblemente ricas viven arriba, aisladas en lujosos edificios lo suficientemente altos como para bloquear el sol y hacer que hasta la luz natural sea un bien accesible solo para unos pocos. Por otro, el resto de la gente malvive en calles insuficientemente iluminadas por neones. Es el mundo que retrata «Altered Carbon», no el nuestro. Todavía.

¿Quién mató a Bancroft?

El relato acompaña a Takeshi Kovacs, un soldado convertido en guerrillero y que luego es mercenario, de origen mitad nipón mitad eslavo, que en los momentos iniciales del primer episodio despierta instalado en el cuerpo inconfundiblemente sueco del actor Joel Kinnaman. Kovacs ha sido puesto en libertad tras pasar 250 años en la cárcel y ahora es propiedad de uno de los hombres más ricos de la galaxia, Laurens Bancroft, que le asigna una tarea: descubrir quién mató a Laurens Bancroft.

Si suena a sinsentido es porque lo es, pero tiene una explicación. En el mundo de «Altered Carbon» la consciencia de cada ser humano puede ser almacenada y descargada y transferida de un cuerpo a otro. Pero el coste de hacerlo es considerable y por tanto reservado a los ricos, que pueden permitirse comprar cadáveres anatómicamente superdotados y guardan reservas de clones como quien guarda calzoncillos limpios en el cajón de la cómoda, para meterse en una carrocería nueva en cuanto la suya resulte dañada. Para esa minoría la inmortalidad existe; y algunos, para vencer el aburrimiento derivado de ella, se dedican a jugar con la muerte. La de los demás.

En otras palabras, «Altered Carbon» recurre a una plétora de efectos visuales y a apuntes sobre los peligros del avance tecnológico para adornar lo que en esencia es una intriga detectivesca de toda la vida. La estrategia, para nada inusual en el contexto de la ciencia-ficción –de nuevo, ya lo demostró «Blade Runner»–, explica que Kovacs sea una máquina expendedora del tipo de «one liners» que tanto nos gustaba oírle a Philip Marlowe, y que a lo largo de los 10 episodios se vea inmerso en una laberíntica conspiración que conecta una terrible forma de tráfico sexual con varios fantasmas de su propio pasado.

Mientras le sigue los pasos, «Altered Carbon» se esfuerza en evitar que el espectador se pierda en los recovecos de su peripecia argumental. Los personajes casi siempre abren la boca bien para explicar la trama o bien para escupir filosofía de estar por casa encapsulada en frases del tipo «la tecnología avanza pero la humanidad no». Pese a ello, la intriga se hace extraordinariamente larga –en el tiempo que Kovacs tarda en resolver un misterio, Jessica Fletcher resolvía diez– y tan absurdamente densa que lo más práctico es olvidarse de los detalles y dejarse llevar de un lado a otro entre las escenas de violencia gratuita y las de desnudez gratuita –pasando por las de estupidez gratuita–. Episodio a episodio, en efecto, vemos cuerpos humanos rajados, agujereados, despedazados y golpeados; los contemplamos teniendo sexo o dándose duchas o simplemente quedándose en pelotas, y a veces los vemos pelearse con todo al aire. El despliegue carnal llega a saturar.

Virguerías visuales

En última instancia, la gran baza de la serie es de índole estética: en ningún momento deja de arrojarnos a la cara nuevas virguerías visuales. Quizá sus creadores traten así de compensar su desinterés en explorar a fondo todos los asuntos que van apilando como libros de Philip K. Dick sobre una mesita de noche, como las implicaciones sociales de convertir a la gente en archivos mp4 o las consecuencias de la humanidad o los peligros que jugar a ser Dios acarrea. Sin embargo, con ello no logran esconder la insalvable distancia a la que se encuentran «Blade Runner», «Matrix», «El quinto elemento» y todos esos otros títulos que «Altered Carbon» tan alegremente toma como modelo.