Las momias de Palermo, una imagen desconocida de la cultura siciliana

En las catacumbas de los Capuchinos de Palermo, centenares de cuerpos momificados aguardan a la visita de los turistas. Se trata de una faceta poco conocida de su historia y más importante de lo que creemos

Una extraña sensación domina a las personas, al mirar de cerca el cadáver de alguien que nunca conocieron en vida. Una sensación extraña y grotesca, cargada de curiosidad. En casos como este, descubrimos el rostro de la muerte liso y llano, sin sufrir las emociones que provoca la partida de un ser querido. Es difícil personificar a un difunto desconocido, algo se ha desprendido de ellos junto con la vida y no somos capaces de mirarlo como se mira a un persona de carne y hueso, sino como algo vacío, opaco, desprovisto de humanidad. Su buen o mal humor, su facilidad para la felicidad, sus sueños y el tono de su voz, cada aspecto de su personalidad que lo convierten en individuo a los ojos animales del hombre, nos son desconocidos, y ese desconocimiento nos lleva a esta extraña y grotesca sensación cargada de curiosidad.

Los cadáveres momificados en el convento de los Capuchinos de Palermo arrancan este tipo de sensaciones. Sus visitantes no necesitan más que pagar la entrada para descender las desgastadas escaleras que llevan a las catacumbas y observar, con el detenimiento que cada uno elija, decenas de cadáveres embalsamados desde el siglo XVI hasta principios del siglo pasado. Miran los ojos del visitante, con una intensidad y una fijeza que no se atreverían a demostrar a la hora de inspeccionar cualquier cuerpo vivo.

La cultura de la muerte en Sicilia

Antes de zambullirnos en la profundidad de las catacumbas sería útil conocer la percepción de la muerte en Sicilia. Escondida bajo una gruesa y vistosa capa turística, la isla cuenta con una cultura marcada y bien diferenciada de la del resto de Europa, producto de su importancia estratégica en el Mediterráneo y el amplio número de civilizaciones que la poseyeron. Cartagineses, romanos, vándalos, ostrogodos, normandos, aragoneses, franceses, alemanes, italianos, cada uno aportó su granito de sangre y fuego en esta isla coronada por el volcán Etna. A estos granos de barbarie los cubre el volcán cada cierto tiempo, con su capa de azufre y de ceniza, como si pretendiese borrar el lienzo para que otros lo vuelvan a dibujar.

La personalidad siciliana es un hermética y difícil de descifrar, con las evidentes excepciones. Lo sé porque mi familia procede de esta isla y somos herméticos y difíciles de descifrar. Nos guardamos las risas para los amigos y la familia. Añadida esta personalidad cerrada a los siglos de calamidades violentas en la isla, se creó con el paso de los años una sociedad influenciada por las rencillas personales, enemistades entre familias y un código de honor no escrito que derivó en última instancia en el auge de las mafias sicilianas. La muerte en Sicilia tornó casi en una costumbre, pese al periodo de calma relativa que ha experimentado las últimas décadas, gracias, en parte, a la influencia del turismo.

¿Qué ocurre con las culturas que normalizan el concepto de la muerte? Que la muerte se normaliza, así de simple, pasando de ser un final inevitable pero también terrorífico, a un final inevitable y naturalizado por la sociedad. Unida a una fuerte tradición católica, adornada por decenas de iglesias y monasterios diseminados por la isla y el olor de sus inciensos, no debería extrañarnos que el siciliano de los siglos pasados renegara de la tradición habitual con los difuntos - meter el cuerpo en un ataúd y esconderlo de nuestros delicados sentimientos, bajo suelo - para embalsamarlos y exponerlos al público que nada temía a esa muerte inevitable.

En las catacumbas del convento

Una vez entendidas las causas que nos impulsan a descender las escaleras del convento Capuchino, podemos entrar en las catacumbas y observar los cuerpos con la intensidad que nos ofrece nuestro ticket de entrada. Nos embarga un olor dulzón. No todos los cuerpos están embalsamados. Algunos, los más antiguos, ya han perdido todo rastro de piel y se limitan a esqueletos vestidos, cruzados de brazos y mirando al suelo como si estuviesen sumidos en una profunda reflexión. Otros conservan la piel y los cabellos casi intactos, los pelos de la barba, incluso, y una pequeña niña embalsamada en 1920 que responde al nombre de Rosalia Lombardo parece estar durmiendo un dulce sueño.

Siguiendo la meticulosidad de los embalsamadores, las momias están divididas en secciones, en función de sus atributos en vida: sacerdotes, niños, frailes, profesionales, vírgenes, hombres, mujeres y ancianos. Incluso puede encontrarse el hijo de un rey de Túnez que se convirtió al catolicismo. Es extraño pensar que, si bien la muerte debería librarnos de las cargas que nos imponen las circunstancias de nuestro nacimiento, en las catacumbas de Palermo esta liberación no parece darse. Sus bien delimitadas secciones lo demuestran.

La técnica de momificación en estos cuerpos no difiere de otras que se hayan reproducido a lo largo del mundo y de la Historia. Una vez extirpados los órganos internos, cada cuerpo se rellena con hierbas aromáticas para ocultar el mal olor, se deja secar en las catacumbas y unas semanas después, se baña en vinagre y se le viste con sus ropas de domingo, antes de ser colocados de pie en uno de los nichos. Aquí está la clave del proceso, en este secado. Los cuerpos escondidos en las catacumbas no se pudren como lo harían al sol, sino que se secan lentamente, estirando la piel hasta darle una apariencia parecida a la del cartón. El baño en vinagre los mantiene durante los siglos siguientes.

Quiero pensar que esta práctica siciliana no es tétrica, tampoco escalofriante. Se aprecia un evidente cariño por los seres queridos que se fueron, en este intento por mantener su forma física. Se deben requerir ciertos niveles de dulzura para embalsamar los cuerpos correctamente, para luego abotonar las camisas que vestirán durante la eternidad. Aunque se desconoce el momento exacto en que se comenzaron estas momificaciones, se sospecha que están íntimamente ligadas a los primeros cristianos de la isla - pese a que en la actualidad existan partes de la Iglesia que no las ven con buenos ojos -. El proceso de secado no siempre traía los resultados previstos y la explicación que le dieron fue que era Dios quien elegía qué cuerpos se mantendrían y cuales no, de una forma parecida a los santos incorruptos que se adoraban en ciertas iglesias. Estas creencias acerca de la voluntad de Dios se apartaron cuando el proceso de conservación pasó a manos de la ciencia, y al método tradicional se le añadió el uso de químicos inyectables en los cuerpos. Este es el método que el experto embalsamador, Alfredo Salafia, utilizó en la pequeña Rosalia por petición de su padre.

Las momias como objeto de estudio médico

Es posible visitar las catacumbas y aunque está prohibido tomar fotografías, los propios monjes las venden en su pequeña tienda. Entra en juego un nuevo aspecto de las costumbres sicilianas, menos piadoso, que es el de atracción turística. Al lector le corresponderá calificar su nivel de moralidad.

Sin embargo, médicos y científicos de la actualidad han encontrado un nuevo uso para las momias de las catacumbas de Palermo. Su excelente estado de conservación permite estudiar en ellas las enfermedades que causaron sus fallecimientos, además de los tipos de alimentación que llevaban en vida. El estudio de estas enfermedades, cólera, tuberculosis, gota, abre rastros de luz en el estudio de su evolución, facilitando su erradicación en nuestros días.

La cultura de Sicilia es una cargada de delicioso misterio y naturalidad por lo que a nosotros se nos antoja terrorífico, y aspectos como este la convierten en una de las más mágicas de Europa. Aunque una visita a las catacumbas y sus momias no es plato para todos los gustos, sí conviene saber que están allí, esperando en silencio, y desbrozar con las herramientas de la curiosidad una rama más del complejo árbol siciliano.