El caballo de Santiago no era blanco ni se cayó en un charco

Haría falta acudir al Castillo de Clavijo, en La Rioja, para conocer la respuesta al intrincado acertijo

Santiago montando su caballo, en la batalla de Clavijo.
Santiago montando su caballo, en la batalla de Clavijo.Archivo Editorial

Hemos dilucidado la respuesta. El caballo de Santiago no era blanco, ni marrón o negro porque se cayera en un charco, como pretenden hacernos pensar algunos. El caballo blanco de Santiago era de color alazán. Y a esta cuestión no hay quién la discuta.

Para encontrar la solución al retorcido acertijo, ha hecho falta acudir al lugar en que nació la leyenda del astuto corcel, en los montes altos de La Rioja, donde mitos e historias confluyen en una de las mayores gestas militares de los primeros años de la Reconquista. Es el Castillo de Clavijo. Sus ruinas tragan amplias bocanadas de viento desde lo alto de su peñasco, dominando el valle del Ebro con mano de piedra.

Desde su posición privilegiada pueden verse La Rioja, Navarra, Álava y las montañas de Soria y Burgos, como fieles sacerdotes adorando el castillo. Construido a principios del siglo IX por tropas musulmanas para frenar el avance cristiano en el norte peninsular, esta regia fortaleza, todavía atenta, supone un espectáculo para la vista y los amantes de la estrategia medieval. El peñasco sobre el que fue construido hace de muralla natural por su lado occidental, ni el más valiente caballero habría sido capaz de treparlo, y un muro de argamasa y piedra centenaria protegen su lado oriental.

La desbandada musulmán

Hace pocos días leí una entrevista realizada a Mary Beard, en la que la famosa historiadora británica afirmaba que gran parte de la cultura española viene dada, inevitablemente, por la ocupación musulmana. No es oro todo lo que reluce, ni todas nuestras bellezas producto del Imperio romano. Un ejemplo sencillo viene dado tras echar un breve vistazo a los castillos de nuestro país, que fueron construidos en su mayoría por las tropas del islam - las fortalezas de Calatorao, Calatañazor, Olite y Mérida son claros ejemplos - antes de ser expulsadas por el hierro cristiano de vuelta a la arena del desierto. El arco mudéjar que marca la entrada del Castillo de Clavijo es la señal innegable de esta base musulmana. Pero lejos de renegar de ella, es preciso profundizar todavía más en sus orígenes. ¿Por qué fueron expulsados los musulmanes de este enclave? ¿Cómo fue posible, si a simple vista parece una fortaleza infranqueable?

Vista del Castillo de Clavijo desde el Campo de la Matanza. FOTO: 12019 pixabay

El conflicto encontró su excusa cuando Ramiro I de Asturias decidió terminar con el vergonzoso Tributo de las Cien Doncellas, según el cual se debían entregar cien mujeres vírgenes al emir de Córdoba, cincuenta nobles y otras tantas plebeyas, para garantizar que no atacase sus territorios.

Leyenda y realidad confluyen en el conocido como Campo de la Matanza, donde los historiadores discuten acerca de la veracidad de esta batalla, algunos le otorgan la categoría de legendaria y otros, más románticos, afirman con rigor que la batalla ocurrió realmente. Y quién no querría ser romántico al divisar el castillo por primera vez, enmarcado por las montañas y dominando el horizonte. Sí, por qué no. Este es un castillo que no domina valles, ríos o ciudades, domina el horizonte azul de La Rioja, esa fina línea que marca el mito y la realidad con una precisión embriagadora. Es en este punto donde ambas se encuentran.

La batalla de Clavijo

Se levanta el sol durante una mañana de primavera del año 844. Los ejércitos cristianos, acampados en el terreno a los pies del castillo, buscan y rebuscan la manera más apropiada de hacerse con la poderosa fortaleza. Héroes legendarios afilan sus espadas. Cobardes de ambos bandos buscan con ojos nerviosos sus vías de escape. Y con el primer abrazo dorado del sol, suena la alarma en el campamento cristiano, gimen los cuernos con la brusquedad del temor previo al combate. Es el enemigo. Durante la noche les han rodeado y ya están las cimitarras desenvainadas de sus fundas, frías con el viento virgen de la mañana, hambrientas de cuerpos asturianos por despiezar.

Pero Ramiro I no tiene miedo. Esa misma noche soñó con la aparición del apóstol Santiago para guiarles en la sangrienta batalla, y está convencido de que no importa el número de enemigos que les hagan frente, ni el filo de las espadas apuntando a sus armaduras con su ansia habitual. Santiago y cierra España, que vociferan algunos. Santiago y cierra Asturias, que debió gritar el legendario rey Ramiro.

Así se ve a día de hoy el famoso Campo de la Matanza, lugar donde se celebró la legendaria batalla. FOTO: Alfonso Masoliver

Cuando las tropas cristianas se lanzaron a la carga suicida, convencidos de que aquella mañana sería una de muerte y no de gloria, los sueños del monarca se hicieron realidad, así funcionan las leyendas, y rodeado por una luz cegadora apareció el apóstol Santiago pertrechado para el combate, con la espada de oro apuntando al frente y cabalgando un robusto corcel blanco. Fue en esta batalla donde comenzó su sobrenombre, Santiago “Matamoros”. Y el caballo blanco comenzó el acertijo, que es a su vez un enigma dentro de otro. ¿Apareció en el campo? El adjetivo “blanco” del caballo viene dado por su toque mitológico, de esto no cabe duda, igual que Pegaso era blanco, y Babieca del Cid o los corceles de Napoleón. Pero puestos a dudar, ¿de qué color sería en realidad?

El caballo de Santiago

Es alazán como la piedra arcillosa que rodea los muros de Clavijo. El polvo que sus patas levantaron hasta tapar el sol se impregnó en su pelaje divino, tiñéndolo de un tono pardo y confundiéndolo con la sangre musulmana que estalló bajo sus cascos.

Es una leyenda, será lo más seguro. Aunque la fe de cada uno dictará su veracidad. Pero de ser real, de haber ocurrido el glorioso momento en que las tropas cristianas encontraron una mano firme que les guiara, este caballo de piernas musculosas y crin aterciopelada no era blanco, ni negro, ni marrón, ni verde. Al terminar la batalla, en el momento exacto en que volvió a desaparecer de vuelta al reino de los cielos, estoy seguro de que se confundía con los peñascos que lo rodeaban.

La cruz de Santiago corona el extremo del Castillo de Clavijo, como recordatorio de la famosa victoria que entregó al reino de Asturias sus primeros territorios al sur del río Ebro. FOTO: Alfonso Masoliver

La victoria cristiana fue demoledora y el ejército musulmán sufrió una dolorosa derrota. Por los campos que hoy se extienden amarillos por las cosechas de trigo, a los pies del castillo, la tierra se tiñó de un rojo bermellón, y las sagas comenzaron a nombrarlo como el Campo de la Matanza.

La primera crónica que cita esta aparición legendaria data de 1243, de la pluma de Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo. Dicen los textos atribuidos al religioso que, «a este tiempo se apareció Santiago sobre un fuerte y hermoso caballo blanco. A su vista se animaron briosos los cristianos y se amedrentaron tanto los infieles que, cobardes, volvieron las espaldas, huyendo desordenados, dejando el campo lleno de cadáveres moros y corriendo arroyos de su sangre que, se dice, llegaron hasta el río Ebro, que dista de aquel sitio dos leguas».

Como tantas otras de la época, sirvió de base para otorgar a la Reconquista la categoría de guerra santa y su fiabilidad es dudosa pero, si ocurrió el milagro y los escépticos estamos equivocados, existe una respuesta clara a la pregunta: el caballo blanco de Santiago era alazán porque se apareció en los campos de Clavijo.