Mitos y verdades sobre las catacumbas cristianas en Roma

La veneración de los santos enterrados en ellas, unida a las cruentas persecuciones de los emperadores, han creado una leyenda confusa que oculta su hermosa utilidad real

Es de sobra conocida la persecución que se dio a los primeros cristianos en el Imperio romano, una persecución que bien pudo rozar el genocidio por las causas más dispares. Este primer y sangriento capítulo en la historia de la cristiandad ha servido como sólida base para asentar sus cimientos en Roma y, más tarde, en el mundo entero. Puede rescatarse tanta literatura relacionada con el Holocausto judío como con los espectáculos de fieras en el Coliseo; las catacumbas que todavía hoy pueden visitarse en Roma hacen de representación física para simbolizar a los primeros mártires, hasta el punto de que se han cometido ciertas desavenencias históricas en cuanto a su uso se refiere. Olvídalas. Ni se celebraban las primeras misas en las catacumbas ni servían de puntos de encuentro para reuniones secretas.

Los conflictos entre Roma y los primeros cristianos

Antes de zambullirnos en el mundo oculto de las catacumbas, hará falta saber qué significaba pertenecer a una religión minoritaria en la Antigua Roma, hasta qué punto eran estas perseguidas. El testimonio histórico que su imperio nos ha dejado reconoce que se llevaron a cabo violentas persecuciones contra los cristianos, por las causas más dispares, pero también es cierto que existía la libertad religiosa en Roma. Doctrinas venidas de Oriente Medio como pudo ser el mitraísmo fueron ampliamente aceptadas por la población local, traídas hasta la capital por legionarios de frontera, y todavía pueden encontrarse rastros de influencia egipcia, en especial de la diosa Isis, en algunos templos derruidos.

Tiene sentido. La religión romana no era más que una copia casi exacta de la griega, los dioses apenas cambiaban su nombre para mantener los mismos poderes. No eran sino detalles, como el aumento de la importancia de los sacerdotes en Roma, escasos dioses locales o la existencia de los manes (divinidades familiares) quienes marcaban alguna diferencia. Es de imaginar que sonaría un tanto hipócrita que una religión copiada a otra castigue a religiones extrañas, sería curioso, cuanto menos. Pero esta tolerancia aparente no existía con los primeros cristianos.

No se trataba de que todos los emperadores que persiguieron a los seguidores de Cristo recelasen de esta nueva religión, ni mucho menos, este tipo de sensaciones correspondían más bien a los pensamientos simples de la plebe. Mientras que el populacho aplaudía las masacres al considerar a los cristianos seguidores de un criminal crucificado y, por tanto, instigadores de revueltas y maldades dentro de los confines del Imperio, o caníbales por sus ritos eucarísticos, las razones que llevaron a actuar a los emperadores resultaron más elaboradas. Ya fuera Nerón para recuperar su popularidad tras el terrible incendio que asoló a la ciudad de Roma, o Claudio para frenar las peleas entre judíos y cristianos, o la dinastía Severa para expropiar los bienes de los desdichados, o los Antoninos por la negativa de los cristianos a acatar la autoridad divina del César.

Los cristianos significaban una grave molestia para la cuidada sociedad romana desde el momento en que no admitían la existencia ningún Dios más allá del suyo, desdeñando la existencia de Júpiter o la divinidad del César. A diferencia de otras religiones que aceptaban la existencia de dioses ajenos y suponían que ocurría algún tipo de enfrentamiento celestial entre ellos para hacerse con el control de los hombres. Por otro lado, la ideología cristiana situaba a todos los seres humanos a la misma altura, sin degradaciones sociales de ningún tipo: una idea incómoda en grado sumo cuando al hablar de Roma nos referimos a una sociedad fundamentalmente esclavista.

El origen de las catacumbas

Primer fallo habitual a la hora de observar las catacumbas cristianas, pensar que se utilizaban para enterrar a sus difuntos de forma clandestina. La proximidad de estas al trazado urbano de la Roma imperial, así como la ingente cantidad de tierra que debían de extraer para construirlas, hace patente desde este primer vistazo que no era posible excavar ninguna catacumba sin que lo supiesen, como mínimo, todo el vecindario y unos cuantos más. Esto quiere decir que ni eran secretas ni se excavaban a escondidas de sus perseguidores.

Lo qué sí se supone más acertado sería considerar, en primer lugar, las costumbres romanas de enterrar a los difuntos en necrópolis (cementerios) situados en los extramuros de las urbes, siguiendo su tradición de separar las ciudades de los vivos y de los muertos. Los primeros mártires cristianos fueron enterrados en estas necrópolis, como ocurrió con San Pedro y San Pablo, pero un factor determinante terminaría por empujar a los cristianos a cavar las catacumbas. Este sería que muchos romanos incineraban a sus difuntos, nunca llegaron a colapsar las necrópolis, mientras que los cristianos seguían la tradición judía a la hora de conservar los cuerpos de sus muertos, al igual que se hace hoy. Esperan el día en que cuerpo y alma se reúnan tras el Juicio Final, eliminando definitivamente la dolorosa separación entre lo físico y lo espiritual que comenzó con el pecado original.

Este colapso de cuerpos cristianos en las necrópolis que no estaban preparadas para semejante aforo, llevó a buscar una nueva solución para evitar la acumulación de cadáveres. Fue en el siglo II cuando comenzaron a cavarse las primeras catacumbas para albergar los cuerpos cristianos, ayudándose de que el subsuelo romano lo componía una piedra porosa y de fácil extracción. En cuanto a su etimología, la denominación latina que se dio a los escombros extraídos, ad catacumbas, de las cavidades, nombró a las catacumbas. En sus comienzos no eran más que estructuras estrechas, no demasiado profundas, pero con el paso de los años (y de los fallecidos) terminaron por llegar a los 12 niveles y a componer una extensa red subterránea de hasta 600 kilómetros.

Las ceremonias en las catacumbas

Es en este momento cuando mito y realidad se confunden con mayor facilidad. Las representaciones religiosas que se descubrieron en las catacumbas romanas, ya fueran peces o símbolos del alfa y del omega o cruces o espigas, llevaron en un principio a suponer que los primeros cristianos las utilizaron a modo de rudimentarias iglesias para llevar a cabo sus ritos. Además de puntos de encuentro para sus reuniones secretas, alejadas de los oídos traicioneros, en un tiempo en que ser cristiano bien podía suponer terminar como disfrute de la plebe y de las fauces de las bestias.

Esto no es del todo verídico, al menos si procuramos ser fieles a la realidad en su máximo grado posible. Sí es cierto que incontables mártires encontraron su última morada en las catacumbas, y los primeros cristianos reverenciaban los restos de los asesinados por su fe. Como debe ocurrir con cualquier enterramiento religioso, en el momento en que se depositaba un cuerpo en el recinto se realizaba una ceremonia, además del dies natalis, la celebración que conmemoraba la muerte del mártir como verdadero nacimiento en su paso hacia la vida eterna. Pero aparte de estos rituales, evidentes por otro lado, no había más.

Las misas se celebraban por lo habitual en casas privadas de creyentes, y con el paso de los años y la legalización del cristianismo surgieron las primeras iglesias. También se debe tener en cuenta que los cristianos no fueron perseguidos durante trescientos años sin pausa alguna, sino que los periodos de persecución y relativa libertad religiosa tendían a alternarse, de manera que el permiso para realizar ceremonias de cualquier tipo, enterramientos o no, se daba en numerosas épocas del Imperio. Las catacumbas solo eran utilizadas para enterrar a sus muertos y venerar las figuras de los santos. Nunca para celebrar reuniones secretas. Es de suponer, ahora que sabemos que la existencia de las catacumbas no era ningún secreto, que de querer buscar a los cristianos el primer lugar en que mirarían los paganos era precisamente en estas cavidades subterráneas.

Pese a todo es hermoso visitar alguna de las catacumbas que pueblan el subsuelo de la bella Roma, especialmente conmovedor para cualquier cristiano. Se puede apreciar en ellas la devoción por los primeros mártires, la valentía de quienes acudían a enterrarlos y la pasión con que grababan sus símbolos en las paredes. El aire que se respira, viciado por la humedad, se ve reforzado con este aliento espiritual que guardan como una resaca de piedad sempiterna. Lugares de culto o no, acertados o equivocados en su doctrina, constituyen un símbolo de los primeros años santos de la religión cristiana, fiel a los preceptos de Jesucristo: las paredes fueron talladas con humildad y todo hombre y mujer, esclavo, plebeyo o patricio, se rebajaban a una condición puramente humana al bajar las escaleras que marcan su frontera con el mundo de los vivos.