Tomelloso, el mayor viñedo del mundo

Seis municipios y medio millón de hectáreas dedicadas al cultivo de la vid componen la Ruta del Vino de la Mancha, uno de los grandes destinos enoturísticos de nuestro país

Tomelloso, con sus 40.000 habitantes, es la tercera ciudad en importancia demográfica de la comunidad autónoma castellano-manchega, si exceptuamos las cinco capitales de provincia. Está situada en el mismo centro de esa llanura absoluta conocida como La Mancha, que se alza, entre los 600 o 700 metros de altitud, como la planicie más extensa y perfecta de toda la Península Ibérica; un auténtico «mar petrificado y lleno de cielo», tal como la describiera Miguel de Unamuno.

En medio de esta llanura manchega, todo el campo tiende hacia el infinito, sin una sola elevación, sin la más mínima ondulación y las tierras de labor están ocupadas, en su gran mayoría, por viñedos: medio millón de hectáreas dedicadas (bajo el control del Consejo Regulador D.O. La Mancha) al cultivo de la vid, lo que viene a significar un 50% de la superficie de viñedos de toda España. Basta decir que la cooperativa Virgen de las Viñas, de Tomelloso (la mayor de Europa y la segunda a nivel mundial), recogió la pasada temporada más de 300 millones de kilos de uva, cantidad que viene a triplicar el total recogido en algunas denominaciones de origen de España. No es de extrañar que, con semejantes datos, esta zona se haya otorgado el título oficioso de «mayor viñedo del mundo», y a ver quién viene a discutírselo.

Chimeneas, gigantes de ladrillo

Como resultado de esta increíble producción vitivinícola, a mediados del siglo XIX surge la necesidad de dar una salida rentable al enorme excedente de uva que no se llegaba a transformar en vino. Como solución, comienzan a florecer en Tomelloso gran número de destilerías que se encargarían de utilizar esa uva sobrante para producir alcohol vínico. Las destilerías tendrían su «belle époque» en los años 50 del siglo pasado, cuando en Tomelloso se llegaron a contar hasta 60 de estas fábricas y 100 chimeneas situadas junto a las torres de destilación. Estos gigantes de ladrillo justificaban su gran tamaño (alguna llegó a superar los 45 metros) porque, de esta forma, ejercían la aspiración del humo de las calderas de carbón sin necesidad de ventiladores o cualquier otra ayuda mecánica; además, elevaban el humo a una altura suficiente para que no volviera a descender y ennegreciera al suelo.

Con la llegada de nuevos combustibles menos contaminantes, las chimeneas fueron cayendo en desuso y la mayoría fueron destruidas. Por suerte, 40 han sobrevivido y todavía siguen en pie en muy buen estado de conservación, ya que están protegidas por disposición municipal como parte fundamental del patrimonio cultural de Tomelloso, constituyendo uno de los ejemplos de conjunto industrial más importantes del país. Entre todas destaca, como una obra maestra de la ingeniería, la chimenea de la bodega Antonio Fábregas, construida en 1964 con forma helicoidal. Antonio Jareño, su constructor, ante el encargo del propietario de construir «la mejor de todas», decidió hacer una «retorcida».

Los bombos, el paisaje urbano de Tomelloso

Y si las chimeneas son parte fundamental del paisaje urbano de Tomelloso, los bombos son la aportación más singular y genial del hombre a su entorno rural. Estas construcciones, hechas a base de lajas de piedra, están fuertemente ligadas a un tiempo pasado donde el trabajo en el campo suponía un duro esfuerzo y el hombre necesitaba un refugio donde cobijarse de las inclemencias del tiempo al tener que pasar muchos días alejados de sus casas.

Fueron construidos (durante los siglos XVIII y XIX) por campesinos sin apenas conocimientos en albañilería (ni, por supuesto, de arquitectura) colocando piedra sobre piedra, sin usar ningún tipo de andamiaje, plomadas ni argamasa, siguiendo la técnica conocida como «piedra seca». Su planta suele ser circular, con ciertas reminiscencias de los castros celtas, y su altura ronda entre los 1,40 y dos metros. La parte más fascinante de esta obra se realizaba colocando, con muchísima habilidad, varias capas de piedras voladas en hileras circulares que daban forma a la cubierta como falsas bóvedas semiesféricas.

Con el tiempo, los bombos se han convertido en seña propia de identidad para Tomelloso; un bello ejemplo de cuando la obra del hombre se convierte en parte del paisaje. Quizás, los bombos sean esa «anécdota paisajística» (a la que se refería Francisco García Pavón) necesaria para romper la monótona y uniforme sensación del paisaje manchego.

Merece mucho la pena una visita al Museo del Carro y los Aperos de Labranza, a las afueras de la ciudad, donde, aparte de descubrir los elementos relacionados con el trabajo en el campo también se puede contemplar uno de sus bombos más espectaculares, construido a base de más de dos millones de lajas de piedra.

Red de cuevas

Otra de las grandes sorpresas que nos aguarda en Tomelloso está en el subsuelo: una red de cuevas horadadas desde hace siglos destinadas, como no podría ser de otra forma, a elaborar y criar el vino bajo unas condiciones excepcionales de luz, humedad y temperatura. De las más de 2.200 cuevas que hubo en la ciudad, todavía perduran unas 600 de las cuales 50 pueden ser visitadas; algunas, incluso conservan las tinajas de barro y útiles de labranza.

Para los amantes del arte (que no todo es vino en Tomelloso), es ineludible la visita al Museo Antonio López Torres (tío y maestro de Antonio López García), donde se pueden contemplar una colección permanente de 65 óleos y 41 dibujos cedidos por el artista al pueblo donde nació.

Ficha práctica

¿Qué hacer?:

La empresa SelfieTour (www.selfietour.es) organiza visitas a bodegas pertenecientes a la Ruta del Vino de La Mancha, rutas gastronómicas y culturales.

¿Dónde comer?:

«La Antigua», una antigua casa castellana convertida en restaurante donde degustar los platos típicos de la cocina manchega: gachas, pisto, migas de pastor, atascaburras o los «duelos y quebrantos».

Más información:

En la página web www.turismocastillalamancha.es