El natural de Lepe que fue rey de Inglaterra por un día

La historia de Juan de Lepe, poco conocida por la narrativa popular, demuestra que los del pueblo onubense no tienen un pelo de tontos

Enrique VII de Inglaterra.
Enrique VII de Inglaterra.Michel Sittow

Paseando por el municipio de Lepe, un forastero no puede evitar recordar los populares chistes que circulan sobre el conocido pueblo onubense. Todavía piensa en ellos y riéndose entre dientes, los murmura para sí. “¿Saben ese que dice que por qué los de Lepe se tiran a un pozo? Porque en el fondo no son tan tontos”. Y el forastero, en el momento exacto en que termina de decirse el chascarrillo, convertido súbitamente en una víctima del azar rebuscado, se encuentra con el nombre de una calle que afirma que, efectivamente, los de Lepe no son tontos en el fondo. El nombre de la calle es Juan de Lepe y su historia demuestra que los de Lepe no son tontos en absoluto.

Confidente de Enrique VII

La historia de Juan de Lepe, nacido a mediados del siglo XV, podemos conocerla a través de los testimonios escritos por diversos cronistas españoles, sazonados con pequeñas pruebas físicas que todavía hoy pueden encontrarse. Desde el final hasta el principio, dando la vuelta a la interesante vida del lepero, podemos encontrar en los escritos de 1583 del padre Gonzaga, general de la orden franciscana, la siguiente referencia a la lápida de Juan de Lepe en el convento de Nuestra Señora de la Bella (hoy desaparecido):

En la Iglesia de este convento (Nuestra Señora de la Bella) aún se ve el sepulcro de cierto Juan de Lepe, nacido de baja estirpe del dicho pueblo de Lepe, el cual como fuese favorito de Enrique VII rey de Inglaterra con él comiese muchas veces y aun jugase, sucedió que cierto día ganó al rey las rentas y la jurisdicción de todo el reino por un día natural, de donde fue llamado por los ingleses el pequeño rey. Finalmente, bien provisto de riquezas y con permiso del Rey volvió a su patria nativa y allí después vivió algunos años rodeado de todos los bienes y elegido su sepultura en esta iglesia, murió. Sus amigos y parientes grabaron esta historia en lugar de epitafio, la cual quise yo, aunque no parece a propósito de esta Historia, dejarla como recuerdo de este lugar”.

Se reconoce así la existencia de un hombre andaluz, aventurero y arriesgado, que a finales del siglo XV navegó hacia Inglaterra y, quizá por su simpatía natural, pudiera ser que por su peculiar astucia, no tardó en granjearse pese a su bajo estatus social la amistad del rey Enrique VII de Inglaterra.

La timba de la corona

Ya fuera como confidente, bufón o cortesano, Juan de Lepe consiguió participar en la rutina de la corte del rey británico, el cual era conocido por pasar largas horas en palacio y jugando a los naipes, además de ser considerado por quienes le rodearon como un rey un tanto tacaño. El monarca nunca apostaba con nada más que monedas, o eso se dice, pero ocurrió un día que la partida de cartas se puso tensa y Enrique VII apostó con Juan de Lepe todas las rentas que su reino daría al día siguiente. Siguiendo la mano, la apuesta subió todavía más - se ignora qué pudo ofrecer el lepero a cambio - y terminó por poner sobre la mesa su corona. Aseguró ante los presentes que de ganar Juan de Lepe la partida, este gobernaría Inglaterra durante un día.

El español ganó la partida, ágil de manos como debió ser y con la suerte en sus espaldas. Y si bien es cierto que nadie pensó que el monarca cumpliría su promesa, debido a su fama de tacaño, cundió el asombro cuando concedió la corona al lepero durante 24 horas. Así fue como un hombre de Lepe, listo como pocos, consiguió ser rey de Inglaterra por un día cuando monarcas de todo Europa dedicarían siglos de guerras y litros de oro para procurarse el ansiado trono sin conseguirlo jamás - a excepción de Felipe II, cuyo primer matrimonio fue con María I de Inglaterra y ejerció durante cuatro años como rey consorte-.

Tras la muerte de Enrique VII, años después de la divertida escena, Juan de Lepe regresó colmado de riquezas a su localidad natal, donde donó generosas cantidades de dinero al desaparecido convento franciscano de Nuestra Señora de la Bella. El último recuerdo de su interesante historia todavía puede verse en Lepe, más allá de la calle que lleva su nombre. El lepero trajo consigo una de las coronas del monarca inglés y la donó a la Virgen de la Bella, una bonita corona de plata grabada con esmaltes, una corona que todavía se conserva en el ajuar de la Hermandad de la Bella y que, según afirman sus propios integrantes “se trata de la corona más antigua que tiene la hermandad”.

Sea realidad tergiversada o fantasía realizada, en cualquier caso sí se reconoce la existencia de un Juan de Lepe que viajó a Inglaterra, fraguó una fuerte amistad con Enrique VII y ganó la corona durante un día. En 1509 regresó a su bonito pueblo donde, ya se ha dicho, no tienen un pelo de tontos.