La isla de la Tortuga, el agujero donde los piratas se escondían de España

Cambia las películas de Disney por este artículo: fue dependiente de Francia, aliada de Inglaterra y estuvo destinada a torpedear el comercio español

Si un viajero quisiera buscar hoy la peligrosa Isla de la Tortuga, famosa en el mundo entero debido a sus menciones en las películas de Piratas del Caribe o novelas varias, temo decirle que se llevará una desilusión. No solo no encontrará restos de lo que en tiempos fue la nación de los piratas, casi ni queda un resquicio de esa época convulsa, sino que en su lugar descubrirá una agradable isla inclinada hacia un estilo de vida austero, de casas de chapa y minúsculas plantaciones, enmarcada por bonitas playas caribeñas de arena blanca como la espuma de olas.

A día de hoy, una visita a esta pequeña isla de 180 km2 y situada a pocos kilómetros al noroeste de Haití, apenas puede aportar esquirlas de emoción. Se trata más bien de un remanso de paz sagrada, zambullido en las aguas claras del Atlántico. Pero es aquí, entre mojitos y horas de playa, donde el visitante escucha un susurro suave que mana de las zonas más densas de la arboleda, el susurro grave de una voz fantasma que arde en deseos por contarnos su historia. Y algo extraño ocurre mientras la escuchamos: las casas de chapa se derrumban con brusquedad y en su lugar surgen sólidos edificios de ladrillo ocráceo; un tinte oscuro tiñe como una copa de vino derramada el color claro de la arena; los sonidos a naturaleza se ven invadidos por uno de imprecaciones y estallidos de arcabuz.

Bautismo de fuego

La voz comienza su historia murmurando un nombre: Cristóbal Colón. Fue él quién declaró este pedazo de tierra violentada como parte de la corona española, quién arribó a su costa en diciembre de 1492 y, divertido por la forma que poseía, decidió llamarla Isla de la Tortuga. Imposible de tomar desde su zona norte (conocida por sus montañas infranqueables como Costa de Hierro) y dueña de un excelente refugio marítimo al sur, supuso un enclave estupendo para criar ganado vacuno durante los primeros años de posesión española. Tan pequeña, a partir de 1502 la isla formaba parte de la gobernación de La Española, bajo el control administrativo y militar de Nicolás de Ovando.

Ovando no era ningún genio. No tardó en perder el norte de La Española y la isla de la Tortuga a manos de colonos ingleses, franceses y renegados españoles procedentes de la isla de San Cristóbal. El combate fue violento y breve. España no volvería a tener el control de Tortuga hasta un siglo y medio después, aunque antes la intentaría recuperar en diversas ocasiones con catastróficos resultados.

Los bucaneros (individuos dedicados a la caza de carne para luego ahumarla a la bucán y venderla) se asentaron cómodamente en la isla y, plantando y vendiendo tabaco a la vez que la carne a los holandeses, consiguieron su protección frente al poderío militar del Imperio español. Para enfado de España, que había dejado claro que no toleraría el libre comercio en el Caribe español e hizo todo lo posible por evitarlo durante el siguiente siglo. Ya sabemos, sin éxito. También ocurrió una conquista británica en el año 1636, victoriosa durante cuatro años breves.

El reinado de Levasseur

Los árboles de Tortuga tiemblan al pronunciar el segundo nombre, temen que su dueño reaparezca con motivo de algún pacto que fraguó con las partes más profundas de su tierra hechizada. François Levasseur. Oficial de la Armada francesa bajo el mando del teniente general Philippe de Poincy y hostigador inmisericorde de los hombres santos.

Por órdenes de su superior, Levasseur arrebató la isla a los ingleses en un duro combate que terminó el 31 de agosto de 1640, fue nombrado gobernador de la misma y rápidamente trabó amistad con bucaneros y cultivadores de tabaco, además de los filibusteros (bucaneros llevados por el mal camino que atacaban desde pequeñas embarcaciones a los galeones españoles). Apoyado por estos, proclamó una especie de República independiente en la isla y se distanció del gobierno francés. Fue en este momento, susurran los árboles de Tortuga, cuando se abrió definitivamente el dique de la leyenda pirata entre nuestras ramas.

Filibusteros y bucaneros se aliaron con Levasseur para crear la Cofradía de los Hermanos de la Costa, algo así como la Hermandad de los Piratas que se menciona de manera ficticia en Piratas del Caribe. Las normas de esta despiadada cofradía eran simples: se compartían los botines a partes iguales entre todos sus integrantes y existía cierto orden democrático a la hora de elegir sus líderes. Levasseur tomó todas las medidas posibles para hacer de la isla una imposible de tomar, construyó una fortaleza llamada La Roca para defender los puertos vulnerables de la costa sur y en su interior situó una terrible cárcel donde encerrar a sus opositores. A esta cárcel la llamó El Purgatorio y a la terrible máquina que utilizaba para torturar a sus víctimas, El Infierno.

La ambición es sana hasta cierto punto. Cegado por las riquezas que los filibusteros traían a la isla, envalentonado por su poder y sediento de más, más riquezas y mucho más poder, terminó definitivamente toda relación con Francia y comenzó a enfrentarse a la Cofradía. El tirano murió acuchillado por su propio ahijado tras un motín en la isla.

La edad dorada de la piratería

Aprovechando la muerte de Levasseur y el revuelo del motín, el capitán general de Santo Domingo, Juan Francisco Montemayor, atacó la isla y consiguió conquistarla en nada más que ocho días. Era enero de 1654 pero esta pequeña victoria fue tan heroica como breve. No habría de pasar más de un año hasta que el gobernador de Santo Domingo retiró la guarnición española de Tortuga para proteger La Española de un posible ataque inglés, enterró los 40 cañones que la defendían y se dijo “si te he visto no me acuerdo”. Seis meses después los filibusteros ingleses y franceses regresaron a la isla.

Ingleses y franceses, ambos enemigos acérrimos de España en esta época, se dijeron que esta vez lo harían mejor. Decidieron gobernar la isla en conjunto con la Cofradía de los Hermanos de la Costa, en un macabro ménage à trois colonial que, tras nombrar gobernador a un viejo cofrade, permitió atacar con mayor precisión a los buques españoles. La guinda en el pastel vino cuando los españoles acabaron con el ganado de la zona norte de La Española, en un pésimo intento por expulsar a los bucaneros, lo que llevó a que los pocos que no se habían afiliado con el gobierno de Tortuga acudiesen para prestar sus servicios. Podría decirse que fue en este momento, al completarse el abrazo de los bucaneros con la vida del pirata que es la vida mejor, cuando comenzaron los famosos años de piratería en el Caribe. Con Tortuga como base.

En un movimiento perfecto, el gobernador de Tortuga, Bertrand d´Oregon, diluyó algunas de las ideas más incómodas de la Cofradía en su isla, abrió la puerta a la entrada de colonos franceses y mitigó la influencia británica casi hasta hacerla desaparecer. Puede decirse que la isla de la Tortuga no fue tanto un territorio anárquico ocupado por piratas de todo pelaje, como nos indican las películas, sino una colonia francesa ligeramente independiente desde la que salían peligrosos buques tripulados por renegados de todo el mundo. Con un objetivo fijo en mente: desestabilizar el dominio español en las Américas.

Uno podría pensar que este fue el origen de la Legión Extranjera, aunque solo fuera como idea.

No es país para viejos

A partir de este momento, se barajan las leyendas con la realidad. Piratas de nombre infame como Henry Morgan o François el Olonés, dueños de importantes flotas de hasta 40 embarcaciones y miles de hombres, salían desde Tortuga para masacrar a los españoles. Abordaban barcos cargados de perlas y regresaban victoriosos. Monarcas del Viejo Continente les otorgaban títulos nobiliarios. Famosos marinos sucumbían bajo el sabor áspero de sus cañones. Las aguas del Caribe no eran país para viejos.

Pero no eran más que un puñado de nombres. La realidad es que la vida pirata no era para nada la mejor, por esta razón necesitaban correr a esconderse de España en su pequeña isla. Se enfrentaban a una poderosa potencia militar con territorios repartidos por todo el mundo, sustentada con veteranos de tantas batallas, si no más, que las vividas por los piratas.

La vida de los infelices terminaba por lo general a manos del acero toledano o, en todo caso, alcoholizada como la de Morgan. Ni siquiera el Olonés se libró de una muerte terrible cuando fue descuartizado por indígenas en Panamá. La dificultad de sobrevivir para los piratas y las traiciones que llevaron a cabo entre ellos mismos, unidas a las disputas entre ingleses, franceses y holandeses por controlar Tortuga, llevó a que para finales del siglo XVII no fuera más que una sombra de lo que pudo ser. Descuartizada por sus propios hombres y rematada por España. Casi deshabitada porque sus paisanos colgaban de las sogas de Santo Domingo.

Así termina la historia que nos cuentan los árboles de la isla, todavía alertas al respirar aromas parecidos a la pólvora. Saben que esta época ha pasado pero también aprendieron, por los besos del fuego, que el ser humano puede ser una criatura avariciosa e impredecible. Lo cantan los árboles, como un lamento: nunca saben cuando volveremos a atacar.