El primer viaje al Amazonas sale gratis para todos

No hace falta salir de la Plaza Mayor de Trujillo a la hora de acompañar a los primeros navegantes europeos del enorme río

Tatiana NevoEFE

Pocas cosas resultan más satisfactorias que encontrarnos con un viaje dentro de nuestro viaje. Un viaje dentro de otro viaje suena casi fantástico, es maravilloso, y nos hace sentir doblemente aventureros. Por eso temblamos casi de emoción cuando, al visitar la ciudad de Trujillo, en Cáceres, encontramos en una esquina de la Oficina de Turismo la Relación de Gaspar de Carvajal, según la edición y notas de José Toribio Medina, ahora reeditada gracias a la grandísima tarea de Ignacio Rubio y el Ayuntamiento de Trujillo. Con el librito palpitando en nuestras manos, nos sentamos en la Plaza Mayor de la ciudad cacereña, a la sombra de la estatua ecuestre de Francisco Pizarro. Es un viaje dentro de otro viaje. Y tiene algo de encanto, pero también de brujería, que hayamos accedido a la crónica que narra la primera vez que un grupo de europeos destartalados (Francisco de Orellana y cincuenta y siete valientes, incluyendo el fraile narrador) navegaron por primera vez el río Amazonas. Y encima nos sale gratis.

Indígenas amigos

La aventura comenzó cuando Gonzalo Pizarro (hermano del archiconocido Francisco Pizarro) perdió en su búsqueda del país de la canela a la mayoría de sus soldados españoles y casi todos los víveres. El año es 1541. Su mano derecha, Francisco de Orellana, se ofreció entonces a buscar con un puñado de hombres algún poblado de los que vivían a orillas del río Napo, para así conseguir alimento y traerla de vuelta a Pizarro. «Lo cual salió al contrario de como todos pensamos, porque no fallamos comida en doscientas leguas». Aquí empiezan las anotaciones de Fray Gaspar. Recorrieron doscientas leguas, el equivalente a 960 kilómetros, sin encontrar un mísero bocado que echarse al gaznate. Imaginamos sin dificultad su miedo, su inquietud, cuando el fraile escribe: «.., con el parecer del Capitán, dije yo una misa, como se dice en la mar, encomendando a Nuestro Señor nuestras personas y vidas, suplicándole, como indigno, nos sacase de tan manifiesto trabajo y perdición, porque ya se nos traslucía, porque aunque quisiésemos volver agua arriba no era posible por la gran corriente».

El río Amazonas, en un tramo a su paso por Brasil

Sin comida, sin fuerzas para remontar la furiosa corriente del río Napo y dar noticia a Pizarro del fracaso de su misión, los desafortunados aventureros no tuvieron otra opción que proseguir río abajo, navegando esas aguas desconocidas con la esperanza de alcanzar pronto su desembocadura en el mar. Pero les quedaba un trecho mucho más largo de lo que pudieron imaginar. Solo fue una suerte que pocos días después encontraron un pueblo amerindio que los recibió de buena gana y «luego el Cacique mandó que trajesen comida sus indios, y con muy gran brevedad trajeron abundante lo que fue necesario así de carnes, perdices, pavas y pescados de muchas maneras». Después de que Orellana reuniera a los señores de los pueblos vecinos, tomó posesión de aquellas tierras en nombre de Su Majestad, y los indígenas les hablaron de «otro señor que estaba apartado del río, metido en la tierra adentro, el cual decía poseer muy gran riqueza en oro». Pero nuestros amigos estaban demasiado cansados para perseguir leyendas y riquezas, y no buscaron esa tierra que les llamaba. Solo deseaban regresar a casa con vida.

Después de recorrer otros pueblos donde fueron bien recibidos y les dieron «mucha comidas de tortugas y papagayos en abundancia», fray Gaspar nos habla de sus intentos de evangelización, «dándoles a entender cómo éramos cristianos y adorábamos a un solo Dios, el cual era Criador de todas las cosas criadas, y que no éramos como ellos que andaban errados adorando en piedras y bultos hechos». Nos habla también de la construcción de un nuevo bergantín para navegar el río, y se queja de que «había tantos mosquitos en este pueblo que no nos podíamos valer de día ni de noche».

Indígenas enemigos

Más o menos por aquí comienza a encrudecerse el relato. A medida que los españoles descendían las aguas, las tribus indígenas eran cada vez más hostiles, más desconfiadas con los extraños, y cuando fray Gaspar nos habla de unos locales que «traían muy gran grita, tocando muchos tambores y trompetas de palo, amenazándonos con que nos habían de comer», podemos reconocer que los días de paz de la expedición llegaron a su fin. Los combates desde el bergantín se suceden de forma casi constante durante el resto del recorrido. En ocasiones ocurre que los españoles, desesperados por conseguir alimento, procuran entablar amistad con los pueblos de la orilla. Pero al ser recibidos con todo tipo de hostilidades, no ven otra solución que la fuerza para sobrevivir. Por la fuerza de la pólvora se hacen con el control de pequeños asentamientos, roban la comida y regresan al bergantín.

Fotografía del 22 de abril de 2021 de indígenas Matis de Brasil durante una jornada de cacería en Atalaya do Norte (Brasil). FOTO: Tatiana Nevo EFE

Se suceden los actos de heroicidad desesperada: «hubo un hombre que con una daga se metió en medio de los enemigos y peleó tan bien que todos nos espantamos, y salió con un muslo atravesado. Este se llamaba Blas de Medina». Los españoles no buscan territorios para conquistar, únicamente rezan por salir de este infierno verde y húmedo: «ni tampoco él (el Capitán) ni sus compañeros iban a conquistar la tierra ni su intención lo era, sino, pues Dios les había traído por ese río abajo, descubrir la tierra para que en su tiempo y cuando la voluntad de Dios Nuestro Señor y Su Majestad fuese la enviase a conquistar». Y combaten contra la magia tenebrosa de la tierra: «andaban entre estas canoas y gente de guerra cuatro o cinco hechiceros, todos encalados y las bocas llenas de ceniza, que echaban al aire, en las manos unos guisopos, con los cuales andaban echando agua al río a la manera de hechizos». Escuchan hablar sobre riquezas inimaginables pero las apartan de sus mentes, solo querían salir del infierno verde y húmedo: «nuestra intención no era sino de buscar de comer y procurar cómo salvásemos las vidas».

En ocasiones, sus incursiones tierra adentro resultaron en victoria, como ocurrió en la víspera de la Santísima Trinidad. Cuando «el Capitán mandó tomar puerto en un pueblo donde los indios se pusieron a la defensa; pero, a pesar de ellos, los echamos de sus casas, y aquí nos proveímos de comida y aún se fallaron algunas gallinas». Otras veces tuvieron que huir rápidamente ante la furia de los indígenas, mientras ellos les llamaban desde sus canoas «dándonos grita, diciendo que por qué huíamos, que allí nos estaban aguardando».

Las Amazonas

A lo largo del viaje se describe cómo la azarosa expedición desemboca en ríos cada vez mayores. Lejos queda el río Napo y después el río Negro, cuando algunos indígenas que los persiguen les avisan desde las balsas que «anduviésemos y que allí abajo nos aguardaban, y que ellos nos habían de tomar a todos y llevarnos a las Amazonas». Son ya más de 4.000 kilómetros que los desdichados han recorrido, la mayoría de ellos combatiendo sin descanso, hostigados por locales belicosos. La amenaza de esas “amazonas” debió calar hondo en sus huesos descarnados. Apenas puedo imaginar cómo se verían aquellas escaramuzas donde sus enemigos «andaban peleando y otros bailando». Ya hace tiempo que desaparecí de la Plaza Mayor de Trujillo. Ahora estoy junto a un malherido fray Gaspar cuando escribe, sucio de sangre y de sudor, «que me dieron con una flecha en la ijada que me llegó a lo hueco, y si no fuera por los hábitos allí me quedara».

Grabado del siglo XVII de los acéfalos y las amazonas. FOTO: Autor desconocido

Tras leguas y leguas de camino, llega por fin el temido encuentro con las amazonas. Así las describe el religioso durante una gran batalla que llega a calificar de maravillosa (¡valiente muchacho!) por el ímpetu de los españoles: «estas mujeres son muy altas y blancas, y tienen muy largo el cabello y entrenzado y revuelto en la cabeza, y andan desnudas y en cueros tapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios». Más adelante descubrirán que las mujeres viven siete jornadas tierra adentro, que se mantienen solas, que secuestran a los hombres de los poblados cercanos cuando desean reproducirse y que, si tienen hijos varones, los matan y envían a sus padres; si son niñas, las crían ellas mismas en el arte de la guerra.

Los combates contra los indígenas del Amazonas se suceden casi hasta la salida del río. Y sorprende encontrar entre las anotaciones de fray Carvajal este destello de admiración por los mismos pueblos que los persiguieron durante meses: «toda la gente que hay en este río que hemos pasado, es gente de mucha razón y hombres ingeniosos, según vimos y parecía por todas las obras que hacen, así de bulto como dibujos y pinturas de todas las colores, muy vivísimas, que es cosa maravillosa de ver».

Final de la aventura

Busto de Orellana en Trujillo. FOTO: Dominio Público (nombre del dueño)

El 26 de agosto, día de San Luis, consiguen hacerse a la mar y comenzar el camino de vuelta a la ciudad de Nueva Cádiz, adonde arribaron el 11 de septiembre de 1542. Francisco de Orellana partió de inmediato a España para dar cuenta al Emperador de lo sucedido y suplicarle nuevos hombres y barcos con que remontar el descomunal río. Pero, sorpresa. Las malas noticias no acaban para nuestro héroe. A su llegada descubre que Gonzalo Pizarro le ha acusado de traición y un montón de palabras feas por no haber regresado con la comida como prometió. Resulta que el gobernador de Perú tuvo que regresar a Quito en una desagradable marcha, donde tuvieron que zamparse a todos sus perros y caballos para sobrevivir. Tras una serie de juicios y deliberaciones varias, Francisco de Orellana fue declarado inocente de todos los cargos y Carlos I le concedió con mucho gusto los recursos que deseaba. Solo fue una lástima que falleciera en 1546, víctima de alguna enfermedad mientras buscaba el canal principal del Amazonas, esta vez desde las costas del Caribe. Tenía 35 años.

La narración de fray Gaspar de Carvajal se considera hoy un escrito que cabalga en ocasiones a lomos de la fantasía, aderezada con los fines propagandísticos de la época. Aunque no por ello deja de ser una narración extraordinaria acerca de los desmanes que sufrieron los primeros navegantes europeos del río Orellana, posteriormente llamado río Amazonas en honor a las fabulosas mujeres guerreras que les salieron al paso. Solo queda volver a Trujillo y su viento seco y frío, recordando las últimas palabras de este texto valiosísimo. «Y es verdad todo lo que yo he escrito y contado, y porque la prodigalidad engendra fastidio, así, superficial y sumariamente, he relatado lo que pasado por el Capitán Francisco de Orellana y por los hidalgos de su compañía y compañeros que salimos con él del real de Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco Pizarro, Marqués y Gobernador del Perú. Dios sea loado. Amén». Y no puedo evitar pensarlo. Aquellos españolitos harapientos del siglo XVI, analfabetos y poseídos por el demonio de la gloria, liderados por un hombre que prefería explorar el mundo antes que conquistarlo, tenían los coj***s mejor puestos que el caballo de Espartero, sin duda alguna. Por mucho que pese a algunos.