A cuatro patas en Grazalema

Un paseo por uno de los pueblos blancos más hermosos de Cádiz despierta dentro de nosotros una extraordinaria intensidad de vida

Grazalema.
Grazalema.Manuel OlmedoManuel Olmedo

Uno llega a Grazalema antes de alcanzar a verla. Antes incluso de conocer su existencia, sin saberlo ni desearlo, muchos de nosotros ya hemos llegado a Grazalema. Llegamos a Grazalema en el momento en que empezamos a existir, desde nuestra primera y ansiosa bocanada de aire en la fría sala del hospital. Ya entonces estamos aspirando brotes de oxígeno que volaron desde los árboles de su serranía y, apenas conscientes de donde estamos, asustados por la nueva luz que merodea, el mundo conjura sus planes y nos envía rastros de Grazalema y sus colores. Pero hay más: cualquiera que no haya llegado a Grazalema en ese primer instante de vida, aunque luego coja el coche durante su adultez y zigzaguee la carretera en su busca, aunque toque las paredes de cal blanca con las yemas de los dedos, aunque esnife sus callejones como un adicto incurable de la belleza, si no llegó a Grazalema con ese primer instante de luz no llegará jamás.

Despertando al hombre primitivo

Es que solo podemos llegar a Grazalema cuando nos posea un estado primitivo, únicamente aquellos que mantengamos vivo en nuestro pecho el crepitar del hombre de las cavernas, que sienten puro terror hacia los truenos y se asustan ante la perspectiva del poder del ser humano sobre la naturaleza que se escucha como tambores en la selva. Solo podríamos llegar a Grazalema gruñendo guturalmente y venteando el aire que perseguimos desde que somos niños. Únicamente aquellos que miren hacia arriba y sientan un terror prácticamente incontrolable por que las estrellas (esos puntitos brillantes que, por alguna razón que se nos escapa, sabemos que están demasiado lejos de nuestro alcance) caigan de sopetón sobre nosotros, llegarán a Grazalema. Es el refugio en las montañas para los cobardes y los soñadores, los niños y los salvajes.

Cuando tu cuerpo pise Grazalema por primera vez lo comprenderás todo, y reconocerás que yo no estaba loco y que tú ya estuviste allí, hace muchos años, casi sin darte cuenta, como estuvieron antes que nosotros los primeros pobladores prehistóricos y desprovistos de razón, cuando el hombre todavía escalaba hacia el punto álgido de la cadena alimenticia y éramos como niños cobardes revestidos con las pieles del salvaje soñador, el tipo de soñador más precioso que existe.

Así se ve la sinuosa carretera que lleva a Grazalema.
Así se ve la sinuosa carretera que lleva a Grazalema. FOTO: Alfonso Masoliver

Los romanos se asentaron aquí con la llegada de las tropas de Escipión, el mismo que derrotó al general Aníbal Barca en una guerra brutal. Entonces nosotros, en conjunto con todos los hombres de la Historia, recorremos las calles de la periferia de Grazalema y nos desnudamos la piel de los salvajes para vestirnos con los refinados trajes de los asesinos. Es verdad. Cuando estamos en el mirador de uno de los pueblos blancos más fantásticos y misteriosos de Cádiz, y miramos hacia la carretera que se derrite por el valle para comprobar el larguísimo camino que hemos recorrido, entonces sentimos unas ganas inexplicables de morir y matar por todo aquello, defenderlo a mordiscos si la ocasión lo requiere. ¿Defenderlo de qué? Pero eso no importa. Defenderlo del viento si pudiéramos acceder a él y acuchillarlo, defenderlo del calor abrasador del verano si pudiésemos estirar las manos hacia él para estrangularlo.

Este no es un artículo de viajes. Este es un escrito con los sentimientos primitivos que definen a los hombres que llegan a Grazalema, desde el instante previo a escuchar por primera vez la voz temblorosa de nuestra madre.

La astucia del asesino

Ahora, cuando conseguimos romper el conjuro que mantiene nuestra vista atada al paisaje y, por fin, caminamos pueblo adentro, intoxicándonos más y más y más de la cal centenaria que sirve de estimulante para nuestro juego, nos plantamos como hipnotizados (porque pudimos resistirnos a la primera prueba pero Grazalema todavía está implícita en cada gramo de nuestro cuerpo) en la plaza de la Iglesia de Nuestra Señora de Aurora. Prácticamente podemos palpar la astucia de nuestros antepasados asesinos. Y de los antepasados asesinos de muchos otros. Piense el lector que aquí aparecieron las tropas musulmanas en el año 715, extendiendo estratégicamente manteles de seda y fuego; Rodrigo Ponce de León se rindió a su naturaleza salvaje para conquistar la villa en 1485; las tropas napoleónicas también estuvieron aquí y saquearon y asesinaron igual que hicieron los otros antes que ellos; durante la Guerra Civil se escuchó el rumor de los aviones interrumpido por el estallido de las bombas (me importa un bledo de qué bando eran porque todas las bombas destruyen igual y arrancan los mismos gritos de los inocentes), este es el culmen de la astucia del asesino.

Iglesia de Nuestra Señora de Aurora.
Iglesia de Nuestra Señora de Aurora. FOTO: Manuel Olmedo Manuel Olmedo

Todo esto podemos verlo frente a la Iglesia de Nuestra Señora de Aurora y ahora quiero que el lector se detenga un momento y que comprenda el batiburrillo de azares matemáticos que moldearon nuestros violentos y pasionales antepasados hasta que hemos aparecido aquí. Sería precioso si descubriéramos que, si no hubiésemos sido salvajes primero, niños, cobardes, asesinos refinados, hombres ambiciosos y adoradores de dioses tergiversados, hoy Grazalema no brillaría como un faro de piedra sobre la carretera. Sería increíble si comprendiésemos que existe un equilibrio en nuestro mundo de hoy conformado por los excesos del mundo de ayer. Que bastaría un solo exceso más para que Grazalema se derrumbe. Y, por definición, nosotros mismos junto a ella.

Dónde sentirse vivo en Grazalema

Pero lo mejor viene ahora. Resulta que al estar insertada en nuestro organismo, Grazalema es una de las esencias que nos mantienen vivos, cumple una función similar al oxígeno. Porque si arrebatásemos todo su sentido a Grazalema es muy probable que hoy no existiríamos muchos de nosotros. Entonces parece que visitar este pueblo y sus alrededores supone un chute de vida para cualquiera.

En las Fiestas del Carmen que se celebran aquí cada 16 de julio, por ejemplo, los habitantes de Grazalema practican el ritual taurino del toro de cuerda, donde los valientes recuperan el pelaje primitivo y se enfrentan a quinientos kilos de fuerza a cuerpo limpio, con la misma valentía que nuestros antepasados. ¿Lo ven, ven ahora como tenía razón y no deliraba? Una localidad que se enfrenta al pelo negro y el sudor y los cuernos afilados como las puntas de una estrella debería ser, por fuerza, una localidad que fluye a través de la sangre ardiente de todos los españoles.

FOTO: Manuel Olmedo Manuel Olmedo

Luego podemos visitar la Ermita de Nuestra Señora de los Ángeles y encontrarla diminuta frente a otras iglesias y catedrales, y dentro de este recinto diminuto no importa demasiado que creamos o no, eso es cosa de cada uno, siempre y cuando seamos conscientes de una forma locuaz y definitiva de que, mírala, mira esta ermita diminuta, todo lo grande que tenemos ahora comenzó con detalles como este. Sí, es cierto: antes de construir ninguna catedral se construyeron las ermitas. ¿Y existirían catedrales hoy si nuestros antepasados no hubiesen mezclado la cal con los rezos hipócritas y la sangre de sus enemigos? No lo creo. Y pensar esto me da un poco de miedo pero a la vez me maravilla porque hoy soy un hombre salvaje y primitivo que no teme a los peñascos de la Sierra de Grazalema ni a los cuentos terroríficos que cuentan sobre ella las abuelas sabias.

Podemos probar su comida también. Y comerla con las manos y asustar a nuestra suegra. Gruñir, escupir, arrancar, chupar, tragar. Lanzar un alarido extraordinario para que nos traigan otra cerveza, subirnos a la mesa, hacerla añicos, fundirnos con la esencia viva de Grazalema. Podemos hacerlo. El exquisito queso papoyo será la herramienta principal en esta liberación, acompañado de la caldereta de cordero (que nos legaron los árabes), el atún encebollado (mérito de los romanos) y las setas cagarrias (muchos personajes prehistóricos tuvieron que morir echando espumarajos por la boca antes de adivinar cuál era la seta correcta). En Grazalema descubrimos que, si el ser humano hubiera sido una criatura mansa y huidiza en los bosques, todavía estaríamos alimentándonos de hojas venenosas y carne de venado cruda.

Ahora espero que ya lo hayas comprendido. Que Grazalema existe de una forma parecida a nosotros, fruto de una coincidencia que se da una vez cada mil millones de años entre la anarquía, el orden, la ambición, la valentía y la mejora constante de este hombre primitivo que dejamos atrás entre las primeras callejas de la localidad. Y si no lo has comprendido todavía, entonces tengo razón porque nunca llegarás a Grazalema.