Viaje a Setenil de las Bodegas o cómo descubrir un sueño

Reconocido como uno de los pueblos más bonitos de España, su encanto particular no dejará de embelesar al visitante

Restaurantes en la calle Cuevas de Sol.
Restaurantes en la calle Cuevas de Sol. FOTO: Alfonso Masoliver

Existen determinados escenarios en nuestro país que saltan del mundo de la realidad al mundo de los sueños. Igual que ocurre con los sueños, estos escenarios parecen demasiado complejos incluso para nuestra propia imaginación, y las formas que lo componen no llegan a estar delimitadas del todo. Se confunden las paredes de las casas con las montañas y los ríos con las casas, hasta eliminarse cualquier límite posible, entonces el visitante soñador se siente capaz de cualquier cosa, de superar un problema, de recordar la belleza, de ser mejor. De conseguir un sueño.

Ocurre cuando se visita Setenil de las Bodegas, uno de los pueblos blancos más bellos y originales de Cádiz. Despistado, el visitante roza sus callejuelas con los retrovisores del coche y se pregunta, ligeramente asustado, si conduciendo las montañas de la sierra gaditana cruzó sin quererlo un portal a otro mundo. El color blanco de los edificios estampados contra las rocas le formulan estas preguntas. De un blanco ensordecedor, le rodean y se las arrullan con un susurro muy particular.

Desde hace cinco mil años

Vive el hombre en las cuevas erosionadas por el paso incansable del río Guadalporcún. Guardada con mimo en la Casa de la Damita de Setenil, se encuentra una minúscula figura de piedra que recibe el mismo nombre, con los dos ojillos abiertos mientras observa al visitante y siempre mostrando una apariencia inocente. Datada del año 3.000 a. C, es la prueba definitiva de que el mundo de los sueños comenzó a construirse en Setenil de las Bodegas antes que cualquier imperio. También es comprensible. Sin sueños nunca habría imperios.

Cada detalle de Setenil parece incrustado con un pincel.
Cada detalle de Setenil parece incrustado con un pincel. FOTO: Alfonso Masoliver

Se resguardaron en las cavidades y generación tras generación, como si fueran un único hombre con una vida interminable, esperaron pacientes a la llegada de los imperios. Las dos pequeñas calzadas romanas que pueden llevar al pueblo son la huella del Imperio romano pero es una marca demasiado difusa, carcomida por la vegetación. Habría que saltar un puñado de siglos hasta aterrizar en los años de ocupación musulmana, así nos adentraríamos en las causas que dieron nombre a la localidad. Situada en una excelente posición estratégica para la reconquista del sur peninsular, los reinos cristianos procuraron tomarla una y otra vez, una y otra vez con ferocidad inusitada, hasta asediarla siete veces con desastrosos resultados. Su nombre proviene de estas siete incursiones fallidas (Septem nihil) y los amplios viñedos rodeándola. No fue hasta 1484, con el reinado de los Reyes Católicos, cuando la localidad pasó definitivamente a manos cristianas.

Se ganó la categoría de reducto inexpugnable, y sus actos de resistencia guerrillera durante la ocupación napoleónica dan fe de ello. Así se aproxima Setenil de las Bodegas unos pasos más hacia el mundo de la fantasía. El mundo de la fantasía se esconde siempre a los ojos de la realidad, es difícil llegar hasta él y, una vez se alcanza, no lo queremos soltar.

Qué ver en Setenil de las Bodegas

Cada visita equivale a una página del sueño. Las calles Cuevas de Sol y Cuevas de Sombra son dos de las más típicas de Setenil. El motivo de sus nombres puede suponerse, la calle Cuevas de Sol recibe mayores dosis de luz al encontrarse orientada hacia el sur mientras la calle Cuevas de Sombra, cubierta por el saliente de la roca, tapa toda luz posible y aporta al visitante un frescor agradecido. Los bares en Cuevas de Sol son el mejor lugar para almorzar o cenar varios de los platos tradicionales de la región.

La roca situada sobre la calle Cuevas de Sombra hace un espectáculo impresionante.
La roca situada sobre la calle Cuevas de Sombra hace un espectáculo impresionante. FOTO: Alfonso Masoliver

Estas dos calles, de corte más actual, contrastan bruscamente con los asentamientos semitrogloditas del siglo XV en las cuevas de San Román. El color blanco de la cal desaparece para dar forma a un idioma de parquedad, la ilusión se simplifica en las casitas estampadas contra la roca. Muestran una vida adaptada hasta confundirse con el entorno, donde cualquier comodidad u ostentosidad se hacen innecesarias.

Tres ermitas marcan el paso de los años en la localidad. En primer lugar, la ermita de San Sebastián, la primera edificación cristiana tras la conquista de los Reyes Católicos. Dicen las leyendas que su emplazamiento se debe a que fue aquí donde la Reina Isabel dio a luz un hijo prematuro que falleció a las pocas horas, al que puso de nombre Sebastián. La ermita de Nuestra Señora del Carmen, vestida de blanco, guarda en su interior un retablo dedicado a la patrona de la villa, en honor a la tradición marinera de los indianos que salían de Setenil hacia América en busca de fortuna. Termina el trío la ermita de San Benito, escondida entre los laberintos, agazapada tras las rocas, guardando con celo encantador la talla del Padre Jesús Nazareno.

Hay más por ver, partiendo desde la Casa Consistorial donde se encuentra la oficina de turismo. Datada del siglo XVI, un vistazo hacia arriba permite descubrir su artesonado múdejar y desbrozar un pellizco más de hermosura, una floritura con que los autores de Setenil quisieron adornar su fantasía particular. Pero hará falta dejarse llevar. Perderse por el entramado de calles estrechas, gastar suela como si nos sobrasen los zapatos, degustar aquí un dulce setenileño y allá una copa de vino resguardados del calor, donde la piedra nos bendecirá con su frescor relajado para facilitarnos la aventura. Entre dulces y copas nos convertimos, sin apenas resistirnos, en criaturas de su sueño.