África

Kafountine: el destino ideal si quieres escapar del paraíso

Un batacazo de agradable realidad nos aguarda en una de las localidades más al sur de la costa senegalesa

Barcazas de pescadores en la playa de Kafountine, Senegal.
Barcazas de pescadores en la playa de Kafountine, Senegal. FOTO: Alfonso Masoliver

Kafountine es un pueblo de una significancia relativa en la costa sur de Senegal, está coloreado con los tejados de chapa y la arena que escupe el océano. Sus habitantes parece que flotan de alguna manera, incluso las señoronas más pesadas, cuando caminan por la larga avenida principal de Kafountine (esta avenida tiene un nombre pero todavía no lo ha descubierto nadie, caramba, ni siquiera los locales) lo hacen con una elasticidad y una sincronización en sus movimientos que un tipo como yo, un español torpe de pura cepa, no puede más que admirarles con los ojos abiertos. Los más viejos también consiguen que las manos les vuelen y formen relámpagos plateados cuando arreglan las redes cada atardecer, siempre lo hacen al atardecer, antes de salir a pescar.

Una buena porción de tierra

Pero en Kafountine a veces ocurren crímenes. Este marido celoso o aquella pelea de borrachos terminan a veces con heridos, a veces incluso muertos, igualito que en Madrid. No es nada alarmante, no es Caracas, pero seguro que alguno habrá siempre con pensamientos malvados, como en cualquier otro lugar. Quiero decir que Kafountine no es el paraíso, ah, no, nada de eso. Este no es un artículo de viajes de los que quieren meterte el séptimo “paraíso” de lo que va de verano por el ombligo, rellenando el último agujero. Kafountine no es el paraíso, tiene que quedar claro. Aquí cada pocas semanas el mar se encabrita y vuelca una barca y ya nunca vuelves a ver a los pescadores que iban en ella, ni siquiera encuentras sus cuerpos. Incluso hay una guerrilla por la zona (se llama MDF) que opera desde hace cuarenta años y que ya no tiene dinero para balas.

Puesta de sol en Kafountine.
Puesta de sol en Kafountine. FOTO: Marta Driessen

Aunque tampoco es el infierno. Es un término medio. Creo que podemos decir que Kafountine no es el paraíso ni el infierno, sino más bien al contrario, o los dos a la vez, es un punto intermedio entre las olas que se mueven con un vicio particular o los insectos y los pececillos y la vida supurando cada rendija de esa tierra. Es una porción de tierra. De muy buena calidad. Una vez al año los varones jóvenes del pueblo se arman con palos y apalean a cualquiera que se cruce en su camino por la calle, es formidable, y lo sé porque yo estuve ese día y tuve que refugiarme con Marta en la casa de una amable señora (por cierto, nos dio de desayunar unas patatas con especias muy sabrosas) que nos explicó de qué iba el juego.

Los castrados

“Aquí tenemos una tradición que consiste en que los jóvenes salen armados una vez al año y pegan una paliza a cualquiera que aparezca, así, pum, palazo” dijo algo parecido, y luego: “es porque hace muchos años, los jóvenes de la tribu se rebelaron contra sus padres y les castraron, ¡toma ya!, sí, sí, que les castraron para ganarse su respeto y desde entonces se celebra esta fiesta”. Dijo más cosas (que los turistas habían dejado de venir por miedo al MDF, que los chinos compraban su madera, que tenía una sobrina enferma…) pero sobre su brutal tradición concluyó diciendo que esa mañana, hasta las doce de la tarde, cualquiera que pisara la calle podía ser apaleado por los jóvenes.

¿A ti te apalearían? “No, aunque yo tampoco los tiento”, contestó refugiada en su cocina. Después procedí a hablarle sobre la Fiesta de los Escobazos en Jarandilla de la Vera y nos reímos mucho ella, Marta y yo y su sobrina, que andaba por ahí como dormida. Allí escondiéndonos del mismo miedo creamos un vínculo muy bonito que los europeos no conseguimos siempre en ese continente. Las patatas estaban riquísimas.

Interior del hogar donde nos refugiamos de los adolescentes.
Interior del hogar donde nos refugiamos de los adolescentes. FOTO: Alfonso Masoliver

Lo mejor de Kafountine:

La playa. Amigo mío imagínate una playa de veinte kilómetros de largo donde solo están ocupados por otras personas los diez últimos (en este caso son embarcaciones enormes de pescadores de la zona pero en otros países, sombrillas y toallas). Son diez kilómetros de arena y arena y arena y sol y luz y calor y playa solo para ti. Imagínate una cerveza dentro de la cubitera. El mar ya no acabará hasta llegar a Guatemala, puedes estar tranquilo. Y respirar un aire solo tuyo. Diez kilómetros de largo y veinte de alto que solo compartes con los pececillos de las olas y algún que otro cangrejo tímido. De vuelta en el pueblo encontrarás un gran número de restaurantes para casi todos los gustos, este es otro punto a favor para venir; tienen buena comida, deliciosa, incluso hay un restaurante de paellas que regenta con mucha gracia un catalán expatriado. Una cenita romántica en Kafountine con nuestro compañero de aventuras es un planazo.

Alojamiento imprescindible con terraza y anécdota incluida

El mejor sitio para dormir en Kafountine, y solo en este Airbnb se completará la aventura, es Campement Napanap. La dueña es una amable sueca que ronda los sesenta y tantos años que se casó con un local de allí, un hombretón la mar de simpático y que ya bien pasaba los cincuenta. Conozco lo que se dice acerca de las parejas entre europeas y africanos y yo también lo digo pero entre Freyia y Mohamed había amor de verdad. Del de las películas. Y Mohamed es el Robert Redford de la vida real.

La divertida decoración en los jardines de Campament Napanap es uno de sus mejores atractivos.
La divertida decoración en los jardines de Campament Napanap es uno de sus mejores atractivos. FOTO: Alfonso Masoliver

Una amiga de Freyia que había venido de visita, sin embargo, no perdía el tiempo. De la quinta de Freyia, la señora se dejaba ver en la puerta de su habitación y a veces incluso dentro de su habitación con la puerta abierta, fumando porros con Ahmed (un guapo senegalés de veinte años) o escuchando sonidos de ballena que salían de unos altavoces que le prestó Freyia. Ella nos decía a Marta y a mí que estaba en Senegal pasándolo bien, sí, “viviendo la vida de una puta vez”, contenta por haber conocido a un mocetón como Ahmed, nos recomendaba los CD con los sonidos de ballena y fumaba porros sin parar, como una universitaria.

Por esto y más cosas visitar Kafountine es tremendamente divertido: entramos en una zona con guerrilleros, disfrutamos de una playa solo para nosotros, huimos de sus tradiciones, algunas personas hacen cosas malas y otras hacen cosas buenas, los pescadores pescan, las olas parecen siempre las mismas. Es Kafountine: un pedazo de tierra. Entre bendecida y condenada, mitad beata y la otra mitad demoníaca, es un equilibrio protegido por los tejados de chapa y el calor. Un monstruito precioso.